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Director del periódico digital Il Primato Nazionale, colaborador en varios medios nacionales italianos, militante del movimiento asociativo Casa Pound, filósofo y prolífico autor: Adriano Scianca no da puntada sin hilo.

Europa vs. Occidente es su último libro, publicado en italiano por la editorial Altaforte a finales del pasado 2023 (y actualmente en proceso de traducción al español bajo el sello editorial Fides). El subtítulo («Fuera del laberinto de espejos: cómo no ser occidentales») es toda una declaración de intenciones de una obra que se adentra en la definición de algunos conceptos que a menudo son víctimas del reduccionismo político más superficial: Occidente, Europa, geopolítica, multipolarismo… Scianca bucea en el arraigo y proyección de una ensalada de vocablos que pocos aciertan a utilizar con propiedad.

Se trata de un opúsculo clarificador y valiente que devuelve a Europa a un papel central y, como acostumbra el autor, no se limita a compartir su análisis de la realidad y va un paso más allá, colocando al lector en la línea de salida para llevar el pensamiento a la acción.

En esta entrevista, nos abrimos a reflexionar junto a Adriano Scianca, buscando una guía para trazar el perímetro entre ambos conceptos y, sobre todo, tratando de encontrar nuestro lugar en el mundo actual… y en el que está por crear.

Empecemos por el principio. El diccionario español define ‘Occidente’ como el conjunto de países de varios continentes, cuyas lenguas y culturas tienen su origen principal en Europa. Igualmente, los principales diccionarios italianos, ingleses, franceses… identifican Europa y Occidente como conceptos estrechamente relacionados. Sin embargo, en el título de este ensayo, partes de una clara contraposición entre ambos términos. ¿Cuánta Europa hay en Occidente y cuánto Occidente hay en Europa?

Es innegable que Europa es el origen de Occidente. Occidente nace de Europa como su némesis, como un intento de arrastrar a una parte de la humanidad europea por un camino diferente, inspirado en el Antiguo Testamento. Por eso, en mi libro digo que Occidente es la Anti-Europa, pero, precisamente por eso, Occidente sigue teniendo algo que ver con Europa. Por lo tanto, aquellos europeos que se identifican con Occidente se equivocan; igual que se equivocan aquellos que creen que Occidente no les concierne. Un europeo nunca podrá ser antioccidental en el mismo sentido en que puede serlo un iraquí o un congoleño, que ven a Occidente como una entidad ajena. Nosotros, en cambio, para ser antioccidentales, debemos adentrarnos en una intensa confrontación con nuestra historia. Soy consciente de que puede parecer un razonamiento complejo, pero nuestro futuro se decide en este difícil equilibrio.

Para muchos, Occidente es sinónimo de bienestar, tecnología y progreso. ¿Poner en tela de juicio Occidente significa prescindir del lavavajillas?

Es uno de los grandes retos que tenemos por delante: quebrar la ecuación Occidente = modernidad = técnica = libertad = bienestar. De hecho, esta ecuación se da por cierta tanto entre los occidentalistas (que nos advierten que, al dar la espalda a América, seremos presos de la barbarie), como entre ciertos antioccidentalistas (que idealizan modelos antimodernos y demonizan la técnica). Nuestra respuesta debe ser que otra modernidad es posible, que un enfoque diferente hacia la técnica es deseable, que puede existir libertad incluso fuera del marco liberal, y que más allá de Occidente también hay algo más que modelos pauperistas, oscurantistas, represivos o reaccionarios.

Para escapar del inmovilismo y del moralismo que se escandaliza ante la voluntad estadounidense de seguir haciendo historia, afirmas que la superación de Occidente solo ocurrirá hacia adelante. ¿A dónde nos lleva este paso adelante?

En realidad, todos los movimientos históricos se producen solo hacia adelante. Es decir: creando nuevos modelos, nuevas formas culturales, sin esperar volver atrás. La Europa que queremos será post-occidental, contendrá algunos elementos del mundo que hoy se califica como occidental, mientras que otros elementos cambiarán radicalmente.

Entonces, ¿cómo se llega hasta esa Europa post-occidental?

Creo que incluso entre los líderes europeos actuales existe en este momento la voluntad de emanciparse de los EE. UU. Lo que falta es valentía. Debemos apoyar todos estos intentos (criticando su excesiva tibieza cuando sea necesario) y, en general, construir un pensamiento europeísta que sea concreto y constructivo, superando las ilusiones occidentalistas, soberanistas y tercermundistas.

Hablemos del tan teorizado «mundo multipolar»: ¿una alternativa real para la emancipación europea?

El multipolarismo es una fórmula acertada, pero se trata de propaganda (legítima), no de una descripción analítica de lo que está ocurriendo en el mundo. Hoy en día, en el modelo vigente, todos colaboran con todos. Un ejemplo típico es el de la India: forma parte de los BRICS, pero también del QUAD (la alianza estratégica informal entre Australia, Japón, India y Estados Unidos). Es una economía en ascenso, por lo que está pujando por reformar los tradicionales equilibrios geopolíticos liderados por Estados Unidos, pero tiene serias disputas con China. Utiliza una retórica del Tercer Mundo, pero mantiene fuertes lazos con Israel. ¿Cómo es posible enmarcar todo esto en una visión maniquea de unipolarismo versus multipolarismo? Y de todas formas, en cualquier caso, para mí el único multipolarismo potencialmente interesante sería aquel que llevara a la afirmación de mi polo de civilización: Europa. Que Estados Unidos pierda sus «10, 100, 1000 Vietnams», como decía Che Guevara, me interesa muy poco si eso no va acompañado del fortalecimiento de Europa.

 Si asumimos que una Europa no occidental debe encontrar su lugar como un «polo» autónomo, ¿cuál es el papel de la Unión Europea que conocemos hoy?

No hay que negar la Unión Europea, hay que «atravesarla», superarla desde dentro, revolucionarla. Siempre pongo un ejemplo extraído de la historia nacional italiana que se puede comprender fácilmente también en el extranjero: en Italia, el Risorgimento, es decir, la epopeya heroica que nos llevó a ser una nación unida, fue una lucha de idealistas y revolucionarios, como Mazzini y los voluntarios de Garibaldi. Sin embargo, cuando se consiguió una nación unida, el nuevo Estado decepcionó a muchos de los que habían participado en su construcción porque traicionaba muchas de las expectativas de revolución política y social. Sin embargo, en ese momento nadie pidió el regreso a los pequeños estados preunificados para intentar una unificación de otra manera, para intentarlo de nuevo desde cero y esperar que el resultado fuese mejor. La Italia unificada ya era una realidad, no tenía sentido retroceder. Había que ser revolucionarios dentro de esa estructura. En esta línea, la Unión Europea es un embrión imperfecto de la unidad continental. Nosotros debemos actuar dentro de ese marco. La Unión Europea es un terreno de juego, no es el equipo contrario. Ponerse a luchar contra la UE sería suicida. Precisamente por esto Alain de Benoist criticaba a los soberanistas anti-UE y Jean Thiriart era favorable al euro.

En esta Europa por construir, ¿queda espacio para los Estados-Nación?

Es evidente que si aumenta la estructura de una Europa potencia, serán más los poderes de los Estados-Nación que se transfieran a esta nueva estructura. De hecho, es contradictorio reprochar a la UE que sea apolítica, impotente, débil, lenta, burocratizada… y luego tener miedo de su transformación en una estructura plenamente política, poderosa, fuerte, ágil y dinámica. Sin embargo, personalmente siempre he evitado aventurarme en especulaciones sobre la estructura política y jurídica de la futura Europa (Estado unitario, federación de Estados, etc.). Europa se conformará como se pueda, la historia lo decidirá. Crear un modelo perfecto sobre el papel no tiene mucho sentido. Lo importante es tener fe en que ocurrirá y comprometerse concretamente para conseguirlo.

El Occidente liderado por Estados Unidos sigue siendo protagonista de un mundo eminentemente unipolar, aunque en decadencia, como diría Spengler. Siendo Europa el origen de este Occidente, ¿hay margen para una recuperación de la potencia europea más allá del ocaso de Occidente?

No solo hay espacio para que resurja el poder europeo más allá del ocaso de Occidente, sino que me atrevería a decir que solo a través de una época renovada de poder europeo se pondrá fin al dominio occidental. América y Rusia, Occidente y Eurasia se reflejan mutuamente, protagonizan una retórica gruñona que no conduce a ninguna parte, se necesitan el uno al otro. Solo Europa representa una alternativa política, espiritual y existencial.

En la era de la inmediatez y la simplificación, insistes en perseguir esa tercera vía que lleva de vuelta a la idea de ‘Europa potencia’, tanto a nivel conceptual como práctico, para buscar una alternativa europea a la dicotomía entre el imperialismo estadounidense y los intereses de terceros. ¿Cómo pueden los lectores de Centinela seguir hilando alternativas y no desorientarse en el laberinto de los espejos?

Como militantes, sin acceso a las posiciones de poder, podemos hacer algunas cosas: cultivar relaciones estables y fructíferas con otros militantes y otras estructuras europeas, insistir en poner orden y claridad ideológica para combatir las derivas que proliferan en nuestro mundo, alimentar un nuevo imaginario europeo que no vuelva al medievo y sea futurista y actual, y poner en circulación propuestas concretas que puedan ser acogidas por diversos partidos políticos. Parece poco, pero ya sería mucho.