Aviso para haters: el fondo de la fotografía no es el salón de la casa de Olmos, en Carabanchel. Es la librería Arranca Thelma, en La Latina, donde al arriba firmante le gusta grabar sus entrevistas. Es importante la aclaración. Olmos abomina de lo cuqui y el local en cuestión, sin serlo, podría pasar como tal. O a lo mejor no es tan importante la aclaración. A lo mejor sobra. Sobre todo, tratándose de Alberto, escritor y periodista al que -véase el titular- le da exactamente igual lo que de él piense la gente.  

-Gracias por tu tiempo, que sé lo ocupado que andas.

-Bueno, todo el mundo dice siempre que está muy ocupado, claro. Yo no lo digo porque tenga mucho trabajo, sino por el trabajo que me dan los niños. Me río a veces pensando que soy ama de casa de día y escritor de noche. La versión punk sería: ama de casa de día e hijo de puta de noche.

¿Has dicho “hijo de puta de noche”?

-Vamos, como a veces escribo artículos donde tengo que entrar en polémicas, pues siento esa metamorfosis muy de Jekyll & Hyde de cuidar de un bebé durante horas y luego por la noche pegarme con alguien. Es a partir de las 12 cuando puedo de verdad escribir, y hasta leer.

-De vez en cuando los niños se cuelan en tus textos.

-En los artículos en ocasiones escribo sobre cómo es tener hijos, sí.

-Te leo una frase tuya: “Me repugna la imagen que, desde la izquierda, la derecha, el feminismo y el capitalismo, se transmite de los niños”.

-¿Eso es mío? Bueno, los niños hoy están muy manoseados por los medios, desde los talents shows a ese discurso anti-hijos. Hay un hilo muy curioso en Twitter que va recogiendo las noticias de El País sobre cómo tener hijos es peor que ser adicto al crack.

-El hilo es de Rafa Núñez Huesca.

-Los titulares son en plan: “Mejor solteros que casados”, “El segundo hijo te hará la vida imposible”, “No tengas hijos y serás feliz”…

-Noticias, cabe insistir, de un medio progresista.

-Como si tener hijos fuera de derechas, sí. O formar una familia. Ni una cosa ni la otra es de derechas. Tampoco de izquierdas. El agua potable tampoco creo que sea de derechas o de izquierdas, a día de hoy.

Alberto Olmos. (Foto: Fernando Díaz Villanueva)

-¿Y los bares de barrio? ¿Son de izquierdas o de derechas? Lo digo por un artículo tuyo: “Mi vida en los bares de los fachas: por qué Usera ha votado a Vox”.

-Bueno, es uno de los debates de nuestro tiempo, si la izquierda identitaria sigue siendo izquierda o si la gente de izquierdas de toda la vida puede votar ya a alguien. Los barrios, con sus bares y sus gentes, obviamente no parecen contar mucho para los partidos como Podemos. De hecho, se nota un gran desprecio por todo lo popular y, en fin, cutre.

-En un tuit hace poco, Irene Montero pintó los barrios obreros como el último refugio de los homófobos.

-Yo no es que quiera representar el barrio donde vivo, que es Carabanchel, pero obviamente comentarios como este caen muy mal allí.

-¿Y lo de las pizzas de Ayuso?

-Es un tema sobre el que quise escribir un artículo, pero no me salió. El asunto es que la izquierda moderna basa toda su superioridad moral en proponer ideales, y de ahí para abajo somos todos fachas. El ideal es que los niños sin recursos coman la mejor comida posible, sí.

-¿Y la realidad?

-La realidad es que esos niños tenían que comer algo mañana mismo, no había tiempo para comprar y repartir toneladas de quinoa en bicicleta mientras James Rodhes tocaba el piano. Es así todo: Telepizza, qué horror, refrescos, mal, donuts, muy mal. Y al final le subes los impuestos a la familia gitana que va delante de mí en el Dia y lleva el carrito lleno de coca-colas. ¿Eso es progre?

-¿Lo es que Pablo e Irene hayan dejado de ser gente?

-Fueron gente a la manera en la que otros son camareros, es decir, mientras no les salía otra cosa. Ahora son propietarios de una empresa familiar -Podemos- que gestionan ellos dos. Contratan a los amigos, echan a los que les caen mal, se suben el sueldo, hacen lo que les da la gana, sin el más mínimo escrúpulo. Lo leí hace tiempo en Twitter al periodista Juanma del Álamo, y al final ha sido verdad, por desgracia: a Podemos le basta con sacar dos diputados por Madrid, uno para Irene y otro para Pablo.

-¿Crees que la suma de votos en las próximas elecciones les alcanzará para tanto?

-Claro, claro. Hay un votante natural de lo que sea que esté a la izquierda del PSOE y salga por la tele. Da igual lo que hagan. Tengo la teoría que Pablo Iglesias, de hecho, va a acabar en un consejo de administración, y no pasará nada por ello. Podemos mereció la pena mientras su macarrismo estaba compensado por gente lista, bien que un poco snob. Ahora sólo es de los matones. Estos echaron a patadas a los snobs.

-¿Ponemos nombres propios?

-Bueno, todo el mundo sabe de quién hablo: Luis Alegre, Germán Cano, Jorge Lago, Carolina Bescansa… Era otro nivel, gente culta, dialogante, que no dedicaba su vida a perseguir a periodistas, por ejemplo. Hoy no queda ninguno. Podemos es como un grupo de macarras y un montón de gente a la que tienen sojuzgada porque les dan un sueldo para comer y poder pagar la hipoteca. No hay más.

-¿Dónde clasificamos a un Ramón Espinar?

-Es un caso fascinante, la verdad. A Espinar yo le tenía bastante manía, cuando salía con su sillita en el Congreso, y luego lo de la casa esa que compró de joven y, en fin, crear Juventud sin Futuro teniendo el futuro bastante asegurado. Pero fue dejar Podemos y me enamoró. Ahora todo lo que dice me parece sensato, valiente, admirable.

-Hay quien tacha a Espinar de rencoroso.

-Hombre, si simplemente dijera burradas contra Podemos, pues podría ser. Pero si dice que La Última Hora no es una gran idea o que apuñalar por la espalda a mujeres embarazadas (vamos, lo de Montero con Teresa Rodríguez) es una vergüenza, pues no puedes más que aplaudirlo. También dijo que abandonar los tres salarios mínimos era poco serio. Es que son cosas de sentido común, amigo.

-“La política no para”, dijo Irene Montero para justificar lo de Teresa Rodríguez.

-A mí lo que me pasa con la política ahora es que la veo como teatro, y ya pienso mal de todos. Por ejemplo, ¿qué hizo Irene Montero inmediatamente después de cagarla tan increíblemente? Llorar en público. Me sabe mal, pero ya eso mismo lo veo como una estrategia: ¿qué puedo hacer para cambiar la conversación y dulcificar mi imagen? Pues llorar por las mujeres.

-¿Lágrimas de cocodrilo?

-Yo qué sé. Ya te digo que no puedo evitar ver todo lo que hacen en Podemos, y por supuesto en cualquier partido, como construcción de relato. Nada es verdadero. Fíjate que últimamente me he acordado de un dato de hace años, cuando en Vistalegre Irene Montero sacó más votos que el propio Iglesias. Y ahora hay sospechas de que esas votaciones estaban manipuladas. Entonces pienso: ah, como se acusaba a Montero de medrar por ser la mujer de, qué mejor para rebatirlo que haciendo que ella tenga más votos que Iglesias…

-¿Cuándo empezaste a sospechar de la política?

-No he tenido conciencia de tanta falsedad hasta Podemos. Y no porque manipulen la realidad más que otros, sino porque trajeron la meta-política. Me acuerdo de un debate en la tele, hará cinco o seis años, en el que Errejón le decía a uno del PP: no repitas el argumentario. Y yo pensaba: o sea, que los partidos tienen argumentarios. No tenía ni idea. Lo digo en serio. Podemos ayudó a mostrar la gran relojería de ficciones que hay detrás de lo que la gente normal cree natural. La gente normal no sabe, digan lo que digan, que los políticos no improvisan nunca.

-¿Es como una serie de televisión?

Baron Noir, sin ir más lejos. Ahí están las filtraciones a la prensa, las manipulaciones de la opinión pública, la visión infantilizada de los votantes, los chantajes al adversario, las amenazas… Son gángsteres, en fin. Y luego ellos mismos te citan Borgen, una serie donde los políticos parecen teletubbies. Es de broma.

-Gánsteres suena fuerte.

-Siendo la política lo que es, me fascina que alguien quiera dedicarse a ella. Se dice que en política los mejores son los que lo dejan. Solo sobreviven los conspiradores y la gente sin ningún escrúpulo, tipo Irene Montero.

-Reconoce, Alberto, que te fascina Irene Montero.

-Me fascina, sí. Escribiría una columna sobre ella cada semana. Me fascina su falta de escrúpulos y, sobre todo, su desfachatez. Puede proponer problemas inexistentes con una épica impresionante, problemas que ella nos va a hacer el favor de solucionar enseguida, además. En resumen, yo creo que no ha hecho absolutamente nada. Nos trae la libertad sexual, por ejemplo. Ya ves tú.

-No creo que la desfachatez sea privativa de Montero.

-No, no, claro. La política en España es hoy una lección de desfachatez: ¿quién puede ser ministro? Cualquiera de cualquier cosa mientras le dé lo mismo saber que hay miles de personas más válidas que él. Eso es desfachatez.

-¿También tú la practicas?

-Yo siempre he pensado que había gente mejor que yo en todo, pero, como te digo, viendo el descaro del poder últimamente me he venido arriba y me veo como ministro de Cultura sin mayor complicación. Por lo menos yo llevo toda la vida leyendo.

-¿Y director de Babelia? ¿Te ves?

-Sin ningún problema. El mito de Babelia es que la gente cree que es como un sanedrín de sabios infalible, un poco como el Nobel. No, es gente como tú y como yo; y si yo fuera su responsable, pues obviamente muchos de los que se pasean por sus páginas no saldrían y muchos que no salen nunca ocuparían la portada. La cultura, oficialmente, no es más que eso.

-Otra ventaja añadida para ti si fueras director de Babelia: dejarían de tratarte como te tratan, o sea, mal. 

-Desde 2014 o por ahí llevan haciendo el ridículo conmigo. Está esa reseña sobre mi novela Alabanza donde un zumbado dedicaba la mitad del texto a decir que yo era un trepa. Literal. Yo, ¿sabes?, que soy tan tímido que nunca mando libros míos porque me da vergüenza, que no voy a las presentaciones, que no conozco, después de 25 años escribiendo libros, a un solo crítico literario en persona… Luego me han sacado otra reseña donde hablan de dos libros míos, el de artículos e Irene y el aire. ¿Qué criterio, eh, reseñar juntos un libro de artículos y una novela nueva? Ese es el nivel.

-¿Trepa tú? Sé de primera mano que casi hay que sacarte de casa a punta de pistola ya sólo para hacerte una entrevista.

-Pues va este pobre hombre, Solano o algo, y dice que soy “muy afanoso en la autopromoción”. Es acojonante. Lo curioso es que nunca verás una reseña donde se comente de otro autor si sale mucho o no, o si hace amistades interesadas. Sólo se comenta del que nunca lo ha hecho. Es siniestro, si lo piensas.

-Entiende que hay que golpear donde más duele. No van a decir de ti lo que ya sabes, que eres un tipo huraño. 

-O que soy calvo. Eso me daría igual. ¿Pero que te acusen de algo que, encima, desprecias? Es increíble.

-Ataques así solo se explican por enemistad personal o por prejuicio ideológico.

-Se juntan las dos cosas. Lo que descubres del mundo cultural no es que haya que ser de izquierdas, sino de nuestra izquierda. Al final son sólo pandillas que tratan de conseguir el éxito, y por eso, y por otras cosas, sucede que todos los que triunfan son amigos entre ellos.

-Amiguismos a un lado, ¿aplicar las categorías derecha/izquierda a la literatura no empequeñece esta?

-Hemos acabado haciendo de la cultura una nota a pie de página de los programas electorales, en efecto. Isaac Rosa es para lectores de izquierdas, Juan Manuel de Prada, para los de derechas. Es la derrota total de nuestro arte.

-¿Y Alberto Olmos es un escritor de derechas o de izquierdas?

-En este momento, no diría que soy ni de izquierdas ni de derechas; simplemente, no soporto a casi nadie.

-Bien por el “casi”.

-Pero me gusta tener en mente a autores y periodistas que me hacen sentir menos solo. Como Félix Ovejero, Elvira Navarro, Álvaro Colomer, Daniel Gascón, David Mejía, Aloma Rodríguez, Víctor Lenore, Soto Ivars, Andrés Trapiello… Todas estas personas que cito y algunas otras de las que seguro me olvido son importantes para mí. En el sentido de que son gente en la que se puede confiar por su sensatez. Hablas con ellos o lees lo que escriben sobre algunos temas y piensas: vale, no estoy loco.

-¿Qué temas, por ejemplo?

-Greta Thunberg o la alerta antifascista que decretó Podemos, por decirte dos. Greta Thunberg es un talent show del activismo a nivel planetario, que sus padres han ganado, con la lógica consecuencia de explotación infantil, claro.

-¿Y la alerta antifascista?

-Los de Vox no pueden ser santos de mi devoción, como es lógico, pero el fascismo es cosa seria y, sobre todo, da miedo. Vox te da miedo si eres un niño al que Pablo Iglesias le cuenta cuentos de terror desde su Twitter. Entendería que se hablara de alerta o alarma en los noventa, cuando no había semana que los skins no patearan en el metro a inmigrantes, gays o cualquiera que les cayera mal. Eso sí acojonaba. Para mí, en resumen, luchar contra algo es jugarse la vida, el sueldo, la tranquilidad. Yo mismo diciendo lo que digo me juego más cosas que cualquiera que simplemente se pone el triangulito rojo porque se lo ha mandado Iglesias.

Alberto Olmos. (Foto: Fernando Díaz Villanueva)

-¿Por qué?

-Porque el planteamiento -da ya pereza contarlo- es todo o nada, blanco o negro. A la mínima eres facha, machista o negacionista. El otro día pensaba que es curioso que haya treinta y pico identidades sexuales y sólo dos orientaciones políticas. Es brutal.

-¿Te preocupa que te llamen facha o machista?

-Hace diez años, me habría escandalizado, hasta el punto de ir a buscar a quien lo hubiese dicho para explicarle que no. Ahora me trae sin cuidado. Son botones de pánico de aquellos que se pasan el día diciendo gilipolleces y luego no saben cómo argumentarlas, a nada que les pones un pero. Aquí la auténtica pelea es no renunciar a tu razón ni a tus responsabilidades intelectuales por lo que un imbécil vaya a decir de ti. Entonces sí que estaríamos jodidos.

-¿Cómo se desarrolla esa pelea?

-Muy fácil: agredir a la gente está mal. Los escraches y acosos a gente con sus hijos delante están mal. No puedes impedir que alguien hable en una universidad. No puedes hostigar a la gente. Son cosas tan básicas que tener que defenderlas, y saber que incluso generas antipatía defendiéndolas, resulta desolador. Pero ésa es la pelea exacta donde no se puede dar ni un paso atrás.

-¿Y si te atizan con la cultura de la cancelación?

-Eso no tiene ninguna importancia. Como que quitaran a Cela de todas las calles y estatuas por machista o fascista. Ciertos libros y películas se van a seguir leyendo y viendo siempre. A mí, desde luego, lo que los manuales establezcan como canónico me trae sin cuidado. Además, se pasa mucho mejor en el infierno que en el cielo.

-Los manuales y, supongo, las listas de los más vendidos también.

-Me siento como un experimento cultural, en este sentido. Voy tan por libre que estoy estableciendo mi propio canon. No me entero de casi nada de lo que supuestamente sí está gustando oficialmente. A veces me llevo sorpresas, por otro lado.

-Dime una.

Feria, de Ana Iris Simón, libro cuyo manuscrito leí en canutillo, porque me lo mandó la editora, Eva Serrano. Antes de que se publicara, yo ya sabía que estaba muy bien, pero luego resulta que le ha gustado a mucha gente.

-La primera entrevista a la autora se la hiciste tú.

-A finales de octubre, en Zenda. Ir por tu lado y, en ocasiones, coincidir con la mayoría me alegra mucho. A veces parece que discrepas de un éxito por envidia, pero no tiene nada que ver: discrepas de un éxito porque te desanima. Toda la vida pensando qué es la literatura y al final la literatura era este o aquel libro de mierda.

-¿Leíste la reseña de Soto Ivars sobre Feria? ¡Qué polvareda levantó! 

-Me parece importante eso que hace Soto Ivars de tratar de vez en cuando un tema incómodo. Lo de Feria fue poca cosa. La gente que no se entera de nada piensa que es por provocar o para ser más leído. Y no, es porque Soto Ivars, como yo y otros muchos, no puede soportar que algo no sea dicho, comentado. Es, en fin, el drama de la verdad en nuestro tiempo. La cosa no es tenerla, sino tratar de alcanzarla honradamente. Ahí el problema es que la verdad a veces no es la que tú quisieras.

-Termino como empecé, dándote las gracias por tu tiempo, y felicitándome por haber logrado, siquiera por unas horas, lo que parecía imposible: sacarte de Carabanchel. 

-Me gusta esta fama huraña que me vais haciendo. Un amigo mío lo expresó muy bien: eres más interesante quedándote en casa. Además, me gusta mucho Carabanchel -como me gustaba Usera-. Una ventaja de vivir allí es que nunca te vas a encontrar con un escritor.

-Ni con un amigo con el que poder conversar.

-Por eso acepto de vez en cuando una entrevista, para hablar con alguien.