Preparaos: Avatar va a volver (a lo grande) en breve. James Cameron ha anunciado que la segunda y la tercera parte de la película ya han sido íntegramente rodadas. Ahora mismo está trabajando en el casting para la cuarta y la quinta. Para ir calentando motores, acaba de publicarse el tráiler del videojuego ‘Avatar: Frontiers of Pandora’.

Fuente: eCartelera

Id tomando posiciones. Igual que ocurrió con el estreno de la película original, podemos esperar una ofensiva total de la progresía en el frente cultural. Avatar fue aplaudida por ecologistas, indigenistas, animalistas, antimilitaristas, anticapitalistas, americanos de la izquierda heterodoxa, antiamericanos, panteístas y new-agers. Hicieron bien. Tenían motivos para ello porque la película tiene giros coherentes con su pequeña visión del mundo.

No obstante, la película más taquillera de la historia acaba siendo un alegato a favor del modo de vida tradicional. No, no me he dado ningún golpe en la cabeza ni fumado nada raro. Avatar fue concebida como una fábula ecologista. Y aquí la cosa se pone divertida. El verdadero ecologismo, defendido con honestidad intelectual, es un poderoso caballo de batalla contra la modernidad y la ideología de progreso. El ecologismo llevado hasta sus últimas consecuencias termina en la protección del sentimiento de pertenencia a un territorio, la valoración de la (bio)diversidad, el agrarismo, la primacía del ser sobre el tener y la defensa de las costumbres y la moral comunitaria. Todas estas son temáticas propias de la cultura de Derecha. Por eso, la película más taquillera de la historia acabó siendo, consciente o inconscientemente, un alegato a favor del arraigo, los vínculos tradicionales y una visión trascendente de la vida.

Una voz crítica con la modernidad

Avatar es un claro alegato en contra del militarismo imperialista y de los excesos del capitalismo. El hecho de que una corporación privada que es contratista militar utilice ex marines para conquistar un pueblo de nativos no deja mucho lugar a la duda. Por eso, cierta derecha en Estados Unidos se dio por ofendida. La película les mete el dedo en el ojo de una forma evidente.

Pero quienes defendemos el retorno a lo local, el bien común, la identidad, la economía de proximidad, el valor de lo sagrado y la convivencia entre pueblos tenemos buenos motivos para coger de nuevo unas palomitas y volver a pasar un buen rato frente a la televisión. Podemos sentarnos en el sofá y echarnos unas risas viendo cómo los nativos Na’vi les hacen sudar la camiseta a los militares mercenarios y desbaratan los planes de la multinacional avariciosa que quiere dominar las minas de mineral de Pandora. Y es que, no nos engañemos, James Cameron no arremete contra los (verdaderos) valores de Occidente: critica el “estilo de vida” occidental, moderno y post-cristiano. Que no es lo mismo.

Existe otra visión de Occidente que no sale mal parada en esta película. Una visión de Occidente que simpatiza más con los Na’vi que con una corporación apátrida de mercenarios. Y esto es lo que los progres de Hollywood, más dados al eslogan fácil y el hooliganismo, no han sabido ver.

Los temas conservadores de Avatar

Avatar toca todos los grandes temas de una Derecha que fue olvidada en España y que ahora vuelve a despertar. Arraigo, pertenencia, comunidad, cultura, religión compartida y tradición.

Arraigo: el pueblo de los Na’vi está íntimamente vinculado a su territorio. Vitalmente vinculado a él. El Árbol Madre (Kelutrel), también conocido como Arbolcasa es un gigantesco árbol con un gran tronco hueco. Tanto el interior como el exterior y alrededores conforman el poblado donde se asienta el clan de los Omaticaya. Para los Na’vi, el árbol, además de ser su hogar, es parte de su cultura y religión junto a otros lugares místicos y sagrados como el Árbol de las almas (Uitraya Ramunon) y el Árbol de las voces (Utral Aymokriyä); tres verdaderos pilares de su relación y conexión con la “Madre Naturaleza” y con su deidad, Eywa. Es difícil ignorar la raíz tradicional de esta conexión entre el territorio y la vida comunitaria, cultural y religiosa de un pueblo. Para una visión conservadora del mundo, cada lugar es irremplazable e irrepetible.

Por cierto, el ataque aéreo al Árbol Madre tiene una estética que recuerda el ataque terrorista a las torres gemelas del 11-S. De ahí que según nuestra interpretación de la película, Avatar no es antiamericana, sino antimoderna.

Cultura: la película muestra que los Na’vi, lejos de ser unos salvajes, poseen y cuidan una cultura amplia y compartida, completada con rituales, tradiciones orales, ritos de paso, habilidades transmitidas y arte propio. La cultura está orientada al bien común y al mantenimiento de la propia identidad. Esta concepción sorprende mucho en un tiempo marcado por el pop-art, la abstracción y el antiarte. Un tiempo en el que la cultura o bien se utiliza como palanca para hacer saltar los valores comunes o bien es un simple producto de consumo más. Después de vivir un tiempo en el clan de los Omaticaya, el marine Jake Sully dice a sus superiores que los nativos “no van a abandonar su hogar. No van a hacer un trato. Pfff ¿a cambio de qué? ¿De cerveza light? ¿De unos vaqueros? No tenemos nada que ellos quieran”.

Pertenencia: los Na’vi poseen un sentimiento de propósito compartido, de solidaridad y de moral comunitaria. Lo que Weaver llamó el “sentido de pertenencia compartida”. Para Weaver, una comunidad que aspire a ser “metafísica” y no puramente “empírica”, es decir, la sociedad que aspire a ser algo más que una agrupación circunstancial de individuos, debe reposar en el vínculo y en el sentimiento que ofrecen “una misma mirada sobre el mundo”. Los Na’vi comparten una cosmovisión, como en su día la compartió el Occidente cristiano.

Comunidad: el centro de la vida pública no es el individuo sino la comunidad. Las decisiones que afectan a la vida y futuro del pueblo se toman pensando en el bien de todos. En la comunidad Na’vi es inconcebible una visión individualista de la persona y que los intereses particulares puedan imponerse al bien común. Ojo. Hablamos de comunidad, no de colectivismo. Como decía Russell Kirk, “la comunidad significa variedad y complejidad, el colectivismo exige uniformidad y una árida simplicidad”.

Por otro lado, la ciudadanía no se regala. Los derechos hay que ganárselos con una carga equivalente de obligaciones. Antes de integrarse en la comunidad Na’vi el marine Jake Sully aprende y acepta su lengua, sus costumbres, su visión del mundo. Luego es aceptado sin reservas por la comunidad. Como dice Scruton, “solo podemos dar la bienvenida a los inmigrantes si los recibimos en nuestra cultura, no junto o contra ella”.

A partir del recibimiento en la comunidad, Jake puede iniciar una relación con la nativa de Pandora, Neytiri Omaticaya. La comunidad que forma el clan de los Omaticaya no es precisamente multicultural y está muy lejos de ser una “sociedad abierta” conforme a los parámetros modernos. Sin embargo, es difícil imaginar un pueblo más abierto a la relación personal con su Creadora (Eywa), con la naturaleza y con el prójimo. Respecto a esto último, destaca la expresión “te veo” que utilizan los Na’vi para decir a otro miembro de la comunidad que ve su interior, que ve su alma. Son un pueblo esencialmente espiritual mientras que los marines, empresarios y científicos que aterrizan en Pandora arrastran un aire escéptico que les impide ver todo aquello que no sea sensorial. ¿Cuál es realmente la sociedad cerrada? ¿La suya o la nuestra?

Religión y espiritualidad: muchas voces, tanto en la izquierda como en la derecha, han visto en Avatar una oda new-age. Algunos afirman que el color azul de los nativos recuerda a la iconografía budista, que la cinta transmite el espiritualismo ecológico que hoy está tan de moda y una apología del panteísmo en la medida en que no hay distinción entre la creación (naturaleza) y el Creador. Quienes dicen esto pueden tener buenas razones para defender sus respectivos puntos de vista. Pero nosotros mantenemos otra interpretación.

En el Osservatore Romano se publicaron varios artículos tratando este tema desde diferentes enfoques. En uno se decía que “el ecologismo de Avatar se empantana de un espiritualismo ligado al culto de la naturaleza”. Sin embargo, el diario vaticano también recogió la opinión de un conocido blogger estadounidense, que interpretaba que Cameron había “unido la antigua teología cristiana de la gracia y de la redención a su parábola antiimperialista’ (cuando afirma que llegar a ser un na’vi es volver a nacer)”.

Fuente: CulturaOcio

Este último argumento no nos parece menor. Sobre todo porque hay un detalle fundamental: la científica que aterriza en Pandora se llama Grace Agustine. El nombre Grace (Gracia) Augustine (Agustín), nos lleva a pensar fácilmente en San Agustín, a quien se lo conoce también como el Doctor de la Gracia. La teología no es nuestro fuerte, pero no creemos que alguien de la genialidad de Cameron esté dando una puntada sin hilo.

En cualquier caso, nuestro principal argumento para desvirtuar que Avatar promueva el panteísmo new-age está en que Eywa, la diosa creadora, escucha la oración. Antes de la batalla final Jake reza a Eywa para que interceda por ellos en la lucha. Los nativos  dicen al marine “renacido” que la diosa no interviene sino que solo mantiene la armonía. No obstante, en la batalla final Eywa apoya a los Na’vi frente al ejército mercenario de la corporación, dotado con un armamento muy superior. “¡Eywa te ha escuchado!”, grita Neytiri desde lo más profundo de su corazón. El Creador es distinto de sus criaturas. Tiene sus propios planes y su propia providencia. Y las criaturas pueden mantener un diálogo personal por medio de la plegaria. La “segunda religiosidad” del new-age, frente a la que ya nos prevenía Oswald Spengler, se cae hecha añicos.

En cualquier caso, lo que no se puede negar es que la película vuelve a poner en el debate un tema que es eminentemente conservador: la necesidad de recuperar una visión espiritual de la vida. Lo vemos en la calle: la gente está enferma de materialismo y busca una verdad trascendente.

El desencantamiento del mundo: Avatar transmite una visión de un mundo pre-moderno en el que lo sagrado sigue vivo y está presente en el día a día de las personas. Tal y como señaló Sebastián Núñez en las páginas de LeerCine, los nativos de Pandora “están totalmente ritualizados. Por ello todos y cada uno de sus actos están en función de algo superior, trascendente” (De ritos, arquetipos y salvación). Los pasos iniciáticos, las tradiciones orales, los mitos del dominador de la gran bestia alada, la caza (lo siento vegetarianos, los Na’vi comen carne) e incluso la cópula, la unión entre el hombre y la mujer, es también un paso ritual (lo siento, defensores de la liberación sexual).

Vemos que la comunidad Na’vi no tiene nada que ver con nuestra sociedad, pero sí mucho que ver con lo que fuimos en otros momentos de la historia. El desencantamiento del mundo es otro tema clásico del pensamiento conservador. Es un término utilizado en ciencias sociales para explicar la racionalización cultural y la devaluación del misticismo propios de la sociedad moderna.

Con esta nueva visión, Dios deja de ser el centro del universo, el productor de sentido, para convertirse en un capítulo de la filosofía denominado “teodicea”. El desencantamiento del mundo se produce cuando, en palabras de Hegel, el bosque sagrado de toda la tradición medieval y premoderna se transforma en “mera leña”. El objeto ya no es lo bello sino que degradándose a objeto material es solo lo calculable, lo mensurable, lo dominable por la razón.

Pero los Na’vi conservan una visión diferente. Siguen arraigados al bosque sagrado, habitan en el Árbol Madre y preservan los lugares místicos del Árbol de las Voces y el Árbol de las Almas.

Tradición. La tradición es probablemente uno de los temas conservadores más patentes en Avatar. El pueblo Na’vi no vive de espaldas al pensamiento y obra sus predecesores sino que vive en una comunión armoniosa con ellos. En un determinado momento, Neytiri conduce a Jake a un rincón del bosque que es sagrado para ellos y se produce esta conversación:

Neytiri: Estos árboles se llaman Otraya Mokri.

Jake: El Árbol de las Voces.

Neytiri: Las voces de nuestros antepasados.

Jake: ¡Puedo oírlos!

Neytiri: Están vivos, Jake.

El guión parece escrito por Weaver o por el mismísimo Burke. El Árbol de las Voces es un claro símbolo de la tradición como faro de una comunidad. Edmund Burke ya dijo en el siglo XVIII que “la sociedad humana constituye una asociación en la que participan no sólo los vivos, sino también los que han muerto y los que están por nacer”. Y entendía que solo quienes escuchan a los muertos podían ser buenos custodios para las generaciones futuras. Los Na’vi comparten esta visión de la comunidad como un proyecto trascendente que discurre a lo largo de la historia. Nada que ver con la idea ilustrada de pueblo como contrato social de los vivos, sin vínculos con los que nos han precedido ni responsabilidades hacia los que nos sucederán. En Avatar las voces del Árbol están “vivas”. No son ecos del pasado. La tradición no es lo antiguo, sino lo atemporal, lo permanente. Lo que mantiene unida una comunidad.

Un comentario final

En Mañana, el decrecimiento, Alain de Benoist afirma lo siguiente:

“Me sorprende mucho ver que los adversarios de la ideología del progreso no perciben que la ecología representa hoy la forma más vigorosa de contestación de esta ideología, que personas para las que el hombre es fundamentalmente un heredero no comprenden que el entorno natural forma parte de esa herencia y que los valores propios de las sociedades tradicionales derivan de allí, por  pura estupidez o pereza intelectual, para hacerse ardientes defensores de una  modernidad que ha laminado todo lo que habrían querido conservar”.

Avatar admite una clarísima lectura en clave conservadora. Por eso, cuando la secuela de la película abra de nuevo el debate, no es necesario que estemos a la defensiva. Podemos pasar al contraataque y tratar de abrir los ojos a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. Los nativos de Pandora son azules y peleones como nosotros. El pueblo Na’vi es una oda a la sociedad tradicional.