A pesar de que sus padres habían apostado por la educación pública —en parte porque querían creer en ella, en parte porque no había otra opción viable económicamente—, no todos los colegios cumplieron las expectativas. En especial el último por el que pasó, en el que un alumno llegó a ir a la cárcel por violar y amenazar de muerte a una de las profesoras. Gracias a una escuela de música gratuita del barrio y al empeño de sus padres, el joven Douglas logró entrar con una beca musical en un colegio privado no muy grande.

Al cabo de un tiempo, uno de los profesores de música le habló de algo llamado “sixth-form scholarship” para estudiar en Eton. Se presentó y le aceptaron. De los cursos en el internado guarda un gran recuerdo —«después de Eton, incluso Oxford fue decepcionante»— no tanto por el nivel educativo, sino por la habilidad de los profesores de escuchar, guiar y animar a cada alumno a ser bueno en aquello en lo que quisiera ser bueno: política, arte, literatura, música, deporte, cine…

Conocido por ser gay y a la vez contrario a la tendencia victimista de las minorías y, sobre todo, al espectáculo en torno a ellas; por ser ateo y defensor de los valores cristianos como mejor fundamento para que funcione la sociedad; por abogar por fronteras sin ser nacionalista; de procedencia humilde y antiguo alumno de Eton y Oxford, Douglas Murray tiene a sus cuarenta y uno un amplio recorrido como escritor, periodista y comentarista político. Lleva ocho años de editor asociado en el Spectator, donde escribe desde el 2000.

Portada del libro “La extraña muerte de Europa”

Además de colaborar asiduamente en diferentes medios británicos y de otros países, ha publicado seis libros. El quinto —La extraña muerte de Europa (2017)— dio mucho de que hablar. Fue uno de los más vendidos en Reino Unido y ha sido traducido a más de veinte idiomas. Con una amplia investigación detrás, con días también en las fronteras para ver de primera mano el terreno, aborda sin miramientos los problemas que presentan el descontrol sobre la inmigración masiva, el islam, la falacia del multiculturalismo, y el suicidio cultural europeo oculto bajo el disfraz de tolerancia.

Se le señala a menudo como racista, elitista, fascista y homófobo. A él parecen no importarle demasiado esas acusaciones vacías. Con el tiempo, argumenta, ha aprendido a dedicarse a cosas más productivas que el lamento y a no entrar en peleas en las que el único objetivo es hacer daño. Murray destaca, sobre todo, por la preocupación que muestra por poner sobre la mesa y en el debate público aquellos temas que considera que todos hablamos en privado y que pocos se atreven a mencionar en alto. Según él, uno de nuestros problemas como sociedad es que fingimos saber más de lo que sabemos y a la vez fingimos desconocer cosas que todos conocemos. En esa línea, el año pasado publicó La masa enfurecida, un estudio donde explora, con ánimo de ayudar a comprender, los asuntos más divisivos del siglo XXI: orientación sexual, transexualidad, raza y feminismo.

En agosto salió una edición revisada de su primer libro: la biografía de Bosie, el poeta que fue amante de Oscar Wilde. La idea de investigar sobre este personaje surgió mientras Murray estaba todavía en el colegio. El libro lo escribió durante su gap-year (que muchos toman para viajar) antes de entrar en Oxford. Se entregó a la investigación en cuerpo y alma. El resultado del trabajo y de su talento como escritor que ya despuntaba le abrió camino entre editores y periodistas. Ese temprano éxito que, como explica, le robó de alguna forma parte de su juventud, también supuso el comienzo de su carrera. Fue entonces cuando se cruzó con Roger Scruton, que se convertiría pronto en guía y amigo. La relación se fue fortaleciendo con el tiempo, los intereses, gustos, amistades y enemistades en común. Como Scruton, Murray defiende con firmeza el conservadurismo, es decir, agarrarse a aquello que amamos, protegerlo de la violencia y la degradación, y construir nuestras vidas alrededor de ello.

Douglas Murray ha hecho suya la aspiración de su colega Fraser Nelson: si partimos de la idea de que en todas las épocas históricas se llevaron a cabo acciones erróneas que en aquel momento creyeron buenas y ahora contemplamos con asombro y disgusto, hay que suponer que hoy sucede lo mismo y tratar, en consecuencia, de adelantarnos a descubrirlas para poder pararlas cuanto antes. Trabajar con ese objetivo como meta es tan ambicioso como admirable y ojalá lleve razón cuando augura que el número de jóvenes dispuestos a unirse a la causa es cada vez mayor.