Nacido en los 60, la década que lo cuestionó todo, y reencarnado mil veces desde entonces, el movimiento hippie -subversión de los valores tradicionales, utopismo y psicodelia- parece estar en las antípodas de la cosmovisión conservadora. Sin embargo, en un mundo de alianzas políticas volátiles, varios autores de ámbito anglosajón han lanzado la provocativa idea de que es posible, o incluso deseable, una colaboración entre los hippies y la nueva derecha. Hablamos con Esperanza Ruiz, Marisa de Toro, Salvador Otamendi y Jaime Revès, voces emergentes de la órbita intelectual conservadora en nuestro país, que nos ayudan a entender y contextualizar el planteamiento.

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El debate, admitamos que contraintuitivo, lo lanzó hace poco Sebastian Morello, discípulo de Roger Scruton, con un artículo en The European Conservative que ha dado mucho que hablar. Bajo el título “La alianza inesperada entre los hippies y los conservadores”, Morello parte de experiencias personales –la relación con su hermana o la educación de sus hijos- para concluir que los verdaderos conservadores (“gente con una actitud religiosa y moral hacia el mundo, y en consecuencia con un profundo arraigo a su familia, su vecindario y su nación”) tienen muchos más puntos en común que discrepancias con los herederos de la contracultura sesentera.

Hace un par de años, Freddie Sayers planteó algo parecido en la revista digital UnHerd, identificando en autores conservadores de diverso perfil y alcance –J.D. Vance, Tucker Carlson o Patrick Deneen– ciertas vetas de pensamiento hippie: el énfasis en lo comunitario, la desconfianza hacia el mercado, la voluntad de construir comunidades estables y homogéneas o el apego a lo rural, entre otras.

Desde una perspectiva mucho más crítica, el anti-trumpista Kevin D. Williamson defendía en julio en la revista conservadora National Review que la derecha estadounidense vive una fase hippie: los republicanos habrían pasado de lo apolíneo a lo dionisíaco, mientras los demócratas recorrían el camino inverso. Hoy, según él, el Partido Demócrata abandera buena parte de las ideas tradicionalmente conservadoras -el racionalismo, el orden, el prestigio de los expertos o la solidez de las instituciones-, frente a la rebeldía contestataria de sus adversarios.

Una generación privilegiada

El movimiento hippie no puede entenderse sin su contexto temporal. “El fin de la II Guerra Mundial”, explica la escritora y columnista Esperanza Ruiz, “abrirá las puertas a un tiempo en el que se desdibujarán ciertas instituciones jurídicas y empezarán a tambalearse, tímidamente, conceptos como el de soberanía nacional. Veinte años más tarde y en ese contexto de cambio radical surge el movimiento hippie. Jóvenes de clase media, hoy boomers, pertenecientes a una generación que no conoció los rigores de épocas pasadas. Antes bien, vivieron el espectacular crecimiento económico que se produjo tras la II Guerra Mundial y fueron instrumento para la zapa del orden social preexistente”.

Fue en 1965 cuando la palabra hippie se imprimió por primera vez en el The San Francisco Examiner. El autor del artículo, el periodista Michael Fallon, envolvía en el término a una mezcla heterogénea de herederos de la generación beat que por aquel entonces hacían gamberradas en California rodeados de música folk, drogas y una espiritualidad ambigua. Dos años después, también en San Francisco, llegaría el Verano del Amor, una concentración de melenas que espantó a la sociedad bienpensante. En los 70, alcanzado su máximo nivel de influencia social, comenzó un rápido declive del movimiento que, con todo, no ha acabado de desaparecer, empapando, en buena medida, la forma de pensar y de vivir de nuestros días.

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Ruiz subraya algunos de los aspectos más sombríos que vinieron de la mano del aparentemente inocuo Flower Power: “No se puede entender al hippie desgajado de eso que dio en llamar contracultura: un totum revolutum intelectual y cultural donde emerge el interés por el ocultismo, la magia, las espiritualidades venidas de oriente y la experimentación con sustancias como el LSD o con la sexualidad. En palabras de uno de los tenebrosos mitos contraculturales, Aleister Crowley: ‘Do what thou wilt shall be the whole of the law”.

Cuestión de rebeldía

Vista la lejanía inicial, ¿es posible la colaboración que sugieren Morello o Sayers? ¿Hay acaso algo que la derecha pueda aprender de quienes nacieron siendo sus archienemigos? Salvador Otamendi, citando a Gregorio Luri en La imaginación conservadora, define al conservador como aquel que “ama lo suyo, su patria chica, sus paisajes, sus gentes, sus costumbres y sus leyes“. “¿Por qué no sería posible”, se pregunta Otamendi, “una alianza con los hippies, quienes suelen apostar por el pequeño comercio local antes que el hipermercado, por una educación de sus hijos basada en la austeridad material y en el respeto y cuidado del prójimo, y por conservar el medio ambiente, nuestra casa común, en vez de destruirlo?”

En la misma línea, Jaime Rèves, colaborador de Centinela y fundador de La casa en el árbol, recuerda cómo Rod Dreher “nos describe en Crunchy Cons las vidas de decenas de conservadores amantes de la naturaleza, la artesanía, los negocios locales, la agricultura ecológica y la comida de proximidad. Todos ellos identifican el materialismo y la economía de casino como amenazas para sus familias”.

Variando el enfoque, la periodista y escritora Marisa de Toro considera que es la rebeldía el principal nexo de unión entre dos cosmovisiones muy distintas. “Hippies y conservadores no estamos de acuerdo con los mantras del globalismo progresista y, además, los consideramos una imposición del poder, del fáctico y del oficial, de la que librarnos”. Según apunta, la posible alianza ha surgido de forma espontánea, en pleno combate intelectual:  “Ante la inminencia del peligro y tras saltar a la trinchera para defender lo que queremos, nos hemos dado cuenta de que el soldado que teníamos a nuestro lado no era conservador, como nosotros, sino hippie”.

¿La opción benedictina en Haight-Ashbury?

Los escépticos con esta extraña alianza, como Ruiz, creen que no es oro todo lo que reluce. “Es cierto”, dice, “que entre algunos conservadores hay una tendencia neorrural y comunitaria, propia de cierto pensamiento antisistémico, donde se duda de la bondad intrínseca de los poderes públicos y sus decisiones. Sin embargo, y pese a los puntos de encuentro señalados por Sebastian Morello en su artículo, no veo la manera de conjugar el hippie clásico con el ‘tradi neorrural’, el ‘survivalista’ o el conservador que huye de los valores urbanitas”.

Y continúa: “Si bien ambos bloques pretenden cambiar los esquemas sociales y aprecian la vida en su pequeña comunidad -no hay nadie más fuera de la sociedad que un tradicionalista francés, por ejemplo, que intenta vivir al “margen” del sistema republicano-, dudo mucho que al proponer la opción benedictina para los cristianos, Rod Dreher tuviera en mente Laurel Canyon o Haight–Ashbury”. El hippie, concluye, “nos ha traído hasta aquí y deberíamos deshacernos de él y su mentalidad reaccionaria y propia del siglo pasado”.

De Toro, aunque más proclive a la suma de esfuerzos, no obvia algunos disensos importantes. “No solo las formas, sino también los fines que perseguimos conservadores y hippies, todos indómitos, no son los mismos”. Y concreta: “Los conservadores, conscientes de que el hombre puede llegar a ser un lobo para el hombre, de que la situación siempre podría ser peor, buscamos guiarnos por un orden moral, valorando la herencia recibida como un tesoro y reconociendo el mérito que tuvieron nuestros mayores al construir su legado. En cambio, los hippies reniegan de las creencias que han regido el mundo durante siglos y van en busca de una sociedad nueva, sin imposiciones, ni normas, ni represiones de ningún tipo”. No parece una mera diferencia de matiz.

Extraños compañeros de cama

Y, sin embargo, la realidad parece tozuda: las coincidencias entre ambos bloques son difíciles de ignorar y no parecen casuales. Según Otamendi, que ilustra su idea con la canción Dégénérations, del grupo folk candiense Mes Aïeux, “la herencia que dejamos a nuestros hijos debe preocuparnos lo suficiente como para que las generaciones futuras puedan vivir tan bien o mejor que en nuestro presente. Parece que ambos grupos comparten inquietudes comunes. Entonces, digo, ¿por qué no una alianza entre conservadores y hippies? La posmodernidad, fruto de ese realineamiento político, hace extraños compañeros de cama, al fin y al cabo”, reflexiona.

De Toro, por su parte, cree que “ambos grupos coinciden, sobre todo, en algo fundamental y que les hace recorrer el mismo camino: nada menos que un exquisito respeto por la libertad, una sana y combativa resistencia al exacerbado capitalismo globalista, a unas élites que mezclan sus intereses empresariales con los políticos. Y, a veces, ser parte de un mismo trayecto, al menos durante unas cuantas etapas, es más eficaz de lo que parece, porque une espiritualmente”.

Coincidentemente, Jaime Rèves concluye que “esos (auténticos) conservadores tienen en los hippies unos aliados naturales en varios ámbitos. Lo razonable sería que estos dos colectivos superasen sus prejuicios históricos y buscaran espacios de diálogo y colaboración”.

Derecha hippie vs. derecha hobbit

Puestos a buscar los puntos de encuentro que sugiere Rèves, y huyendo de los referentes estéticos más estridentes, yo propongo retroceder a dos autores tan gratos a los adeptos de la Era de Acuario como a los más ortodoxos seguidores del conservadurismo.

El primero, claro, es J. R. R. Tolkien, alguien tan alejado de lo hippie -católico, anticomunista y anclado en la tradición- como idoloatrado por los contestatarios de los 60, que encontraron en su riquísima obra narrativa no poca munición para defender sus planteamientos, sobre todo la defensa del medioambiente y el pacifismo. De los eslóganes contraculturales, “¡Frodo vive!” fue, seguramente, el más afilado y el menos cursi.

Bajando a lo teórico, el libro Lo pequeño es hermoso, del economista alemán E. F. Schumacher, católico como Tolkien, es uno de los frutos más sanos del “pensamiento underground” de su tiempo. Tan cercanas al distributismo de Chesterton como a la fascinación por lo budista, las ideas de Schumacher han envejecido mal en no pocos aspectos concretos, pero siguen siendo frescas y sugestivas como programa económico y social de máximos.

¿Un conservadurismo sin sentido del humor?

El debate abierto por Morello, Sayers o Williamnson ha llegado para quedarse, al margen de lo que cada uno piense sobre lo realista -o disparatado- del acercamiento. De entre las razonables objeciones, no parece menor el choque entre el entusiasmo sectario de los hippies, incompatible en la práctica con el sentido del humor -es especialmente feroz la caricatura que hace Tarantino en Érase una vez en Hollywood– y el sano escepticismo, con un punto de socarronería, que caracteriza el conservadurismo clásico.

No obstante, lo cierto es que, frente a una élite económica, social y mediática cada vez más hostil, los conservadores se ven obligados a buscar socios parciales y momentáneos en mundos que, a priori, le resultan muy alejados, del feminismo -véase, por ejemplo, el debate sobre los vientres de alquiler– al laicismo -como barrera frente a la extensión del islamismo-. No es descartable que toque ahora aproximarse, aunque sea ratos, a estos viejos adversarios.

Quizás más que de alianza cabría hablar de aprendizaje: de entender a los hippies, sin caricaturas de brocha gorda -aunque sin ignorar lo más oscuro de su doctrina, que apuntaba Esperanza Ruiz hace unos párrafos-. No hace falta que los conservadores cambien la corbata por el estampado tie-dye ni que se busquen un gurú de cabecera, pero no estaría de más que estudien un poco los métodos y fórmulas de una pandilla de melenudos que en pocos años fue capaz de dar la vuelta al mundo como a un calcetín.