La decidida defensa del snob que emprendí en un capítulo ad hoc de mi libro de aforismos El vaso medio lleno no ha sido compartida con entusiasmo por el escogido puñado de lectores linajudo que tengo. Lo que me pone en la indecorosa tesitura de justificarme y de darles, al mismo tiempo, la razón, naturalmente, esnobismo obliga, aunque sea la razón que tienen y no la que ellos creen tener.

El snob es una figura heroica en los tiempos que corren o se despeñan. De ahí yo no me apeo. «¡Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también!», diagnosticó Antonio Machado. Él, con su torpe aliño indumentario, lo sabía bien. Y admiraba de su hermano Manuel (¡cuánto se quisieron y se admiraron ambos hermanos!) el afán de distinción, entre otras cosas. «Mi elegancia es buscada, rebuscada», reconoció el poeta de El mal poema, tan chic como torero, medio parisién, medio madrileño, y sevillano y medio. Para que no cupiesen dudas, dejó caer con la languidez del rey que sostenía el guante de ante con su mano de azuladas venas: «De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo./ No se ganan, se heredan elegancia y blasón…»

El insulto “snob” debería percibirse (maravillosa voluta) como una condecoración.

Los tiempos se han decantado definitivamente por el desaliño, de modo que hoy la actitud de Manuel («qué difícil es») adquiere tintes homéricos. Por eso, los últimos aristócratas son los snobs. Qué vuelta de tuerca, por cierto, si de verdad es falsa la preciosa etimología de la palabra «s.nob.», aparente contracción de «sine nobilitate». Como sea, ellos resisten en los más abandonados y desprestigiados puestos. No hay batalla cultural más encarnizada que una corbata como Dios manda ni fiereza comparable a la obstinación en las buenas maneras entre modos patibularios. Su esnobismo les impele y, como la obligación ennoblece tanto como la nobleza obliga, ahí están, reserva espiritual de aristocratismo. Tan es así que se ha invertido la percepción y, si un noble de sangre se empeña también en resistir al agachonamiento generalizado, se le tilda —obsérvenlo ustedes— de snob. Ese inesperado insulto lo debería percibir (maravillosa voluta) como una condecoración.

Oswald Spengler, experto en decadencias, ya avisó de que «en una cultura que se eleva, los pobres tratan de imitar las maneras de los ricos, pero que, en una cultura declinante, ocurre lo contrario». Estudien a su alrededor a ricos y pobres, y verán que solamente el menguado pelotón de los snobs resiste contra moda y marea. Cada vez quedan menos.

Al snob se le ha afeado su pretensión de ser lo que no es, pero aquí estamos con Nicolás Gómez Dávila: «La falsa elegancia es preferible a la franca vulgaridad. El que habita en un palacio imaginario se exige más a sí mismo que el que se arrellana en una covacha». Además, siendo el hombre un ser de deseos, futurizo, aspiracional, termina acercándose mucho a lo que desea. Joaquín Soler Serrano, en el inolvidable programa de televisión A fondo, preguntó a Carlos Barral si su pose aristocrática era innata o impostada. El poeta suspiró que qué importaba, porque, de una forma u otra, ya era parte de su naturaleza.

Como los deseos tienen ese poder configurador, hay que escogerlos con tino. Advertía el vizconde de Chautebriand en sus Memorias de Ultratumba que «la aristocracia cuenta con tres épocas sucesivas: la época de la superioridad, la época de los privilegios, la época de las vanidades: al salir de la primera, degenera en la segunda y se extingue en la última».  El problema del snob, en principio, es que envidia —por innata humildad— la época de las vanidades. Pero eso sería posible antes. Hoy, tal y como están las cosas, el señorío no supone privilegio alguno y, todavía más, exige enfrentarse al mundo, el dinero y la carne con estoicismo de hidalgo de pueblo. La chabacanería, según aguda definición de Julián Marías, es la vulgaridad satisfecha de sí misma; y es el signo de la hora. El snob, tan íntimamente insatisfecho de sí mismo, se yergue dubitativo como el anti chabacano por excelencia.

Tiene razón, como acostumbra, sir Roger Scruton cuando advierte que «Todos condenamos el esnobismo, pero, por debajo de la reina, todos caemos en él, aunque sólo sea de alguna forma invertida». Por eso, nos interesa mucho dar con la interpretación correcta, derecha, y perfeccionadora. Entre la Escila del dandismo y la Caribdis del resentimiento, Scruton personifica el esnobismo de ley que propone, especialmente operativo en su cariño al padre socialista y a los abuelos de orígenes muy humildes. Es una muestra emocionante de aquel «amor rectificativo» que aconsejaba Álvaro d’Ors: «Profundizarás en la conciencia de pertenecer a una estirpe que tú mismo contribuyes a ennoblecer».

Virginia Woolf, por su parte, se reconocía snob en un gesto definitivo: cuando recibía varias cartas, colocaba encima del montón, si había tenido suerte, aquella que traía la coronita nobiliaria de algún corresponsal.  Cuánto se parece esto, por cierto, al tic de citar sin solución de continuidad a autores de prestigio, un name-dropping intelectual que, con rebuscada justicia poética, se practica con profusión en este artículo. O sea, que Wolf sabía de primera mano cómo era el paño, y lo demuestra en su definición: «El snob es una criatura de mentalidad revoloteante e inestable, tan escasamente satisfecha de su condición que, a fin de consolidarla, está siempre alardeando públicamente de títulos u honores, para que los otros crean, y le ayuden a creer, lo que él o ella realmente no cree: que es una persona importante».

Partiendo, pues, del mérito indudable de su inseguridad, hay que seguir avanzando con paso seguro. Nos jugamos más de lo que parece. Lo advierte Remí Brague en su excelente último libro, Manicomio de verdades (Encuentro, 2021): «Las sociedades aristocráticas pertenecen al pasado. Pero su visión de la vida debe guardarse como oro en paño si queremos evitar el terrible diagnóstico de Edmund Burke de que “las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán por la posteridad”».

“No hay batalla cultural más encarnizada que una corbata como Dios manda”.

El oro es la visión aristocrática de la vida, y el paño, un esnobismo que resiste. Lo gracioso (y muy serio) es que Brague pone como modelo el castillo de Blandings y el sentido de la familia que tiene Clarence, 9º conde de Emsworth. De modo que, para un asunto de importancia capital para el porvenir de Occidente, el gran intelectual francés se hace fuerte en el baluarte de P. G. Wodehouse y su obra de ficción, tan cómica y militantemente snob. Es difícil no admirar la intrépida perspicacia de Brague. [Si quieren un compendio, escuchen, precisamente, su conferencia «God as a Gentleman», donde vuelve a citar como argumento de autoridad a Wodehouse.] Brague se da cuenta de que lo importante no es aspirar a una patentada aristocracia con todos los papeles, digamos, sino estar a la altura de un ideal ennoblecedor, irónico con uno mismo, bondadoso con el resto, novelesco con todos. Al final, resulta que don Quijote sí resucitó el espíritu de la caballería andante. Ya lo vio venir Gilbert K. Chesterton, tan desdeñoso de la pinturera aristocracia inglesa (ese pecado venial, decía), pero tan quijotesco como para titular su primer libro de poemas El fiero caballero (1900) y para titular una novela de tesis como El retorno de don Quijote (1926).

Tras sus ejemplares vacilaciones, la última hazaña del snob es negarse a sí mismo, como hizo al final don Quijote mejor que nadie. Y ésta es la razón que tienen los amigos críticos. El snob acierta muchísimo al dudar de sí mismo, sí; pero no acierta en absoluto al hacerlo de su dignidad. Olvida, distraído por el brillo de las metáforas y las analogías, la nobleza inherente e insuperable que radica en la naturaleza humana, como explicó nada menos que Boecio: «Si primordia vestra autoremque Deum spectes, nullus degener existat».

El esnobismo es una de las pruebas más palpables y, por tanto, más paradójicas, de la nobleza universal. ¿O es que acaso no le encaja como un guante el «principio del príncipe destronado» de Blaise Pascal? Se pregunta el agudo pensador: «¿Quién se considera infeliz por no ser rey excepto aquel que ha sido desposeído?» Cambien «rey» por «noble»; y ahí tienen retratada la encrucijada del snob. Lo explica Pascal con un plástico ejemplo: «¿Quién se considería infeliz por tener una sola boca, y quién no por tener un solo ojo? Es probable que nadie se haya angustiado jamás por no tener tres ojos, mas no hay consuelo para quien no tiene ninguno». La angustia del snob es la prueba del altísimo abolengo originario del linaje humano, por eso el snob remonta a la inversa la escala de Chateaubriand hasta terminar negando el esnobismo. No hay ser humano sin nobleza, aunque luego haya que ejercerla, que no es lo mismo que aparentarla, pero por algo se empieza.