“Europa frente al Islam”. Así titulamos el encuentro Centinela de este mes de diciembre, que tuvo como ponentes a Rafael Sánchez Saus, catedrático de Historia de la Universidad de Cádiz, y a José Javier Esparza, periodista, escritor y divulgador.

Hicimos bien en no equivocar la preposición. Hubiese sido un error titular el encuentro “Europa contra el Islam”. La cosa no va de eso. Porque el problema Europa no lo tiene con el Islam, lo tiene consigo misma. A esta conclusión llegaron enseguida Sánchez Saus y Esparza.

El Islam nació en el siglo VII y desde entonces ha convivido con Europa, no pocas veces de manera aparatosa. Pero Europa nunca lo había visto como un problema al que no pudiera embridar. Hoy sí. Hoy, coincidían Esparza y Sánchez Saus, Europa ha perdido su identidad, ha malbaratado voluntariamente una herencia de siglos, con el problema añadido de masas crecientes de población musulmana en nuestro suelo.

Inmigrantes que traen consigo unos problemas multiseculares que Esparza cifró, sin desacuerdo de Sánchez Saus, en la muerte de Mahoma. El Profeta murió sin fundar una Iglesia, sin designar a un sucesor, sin distinguir entre política y religión. Hasta ahora, esos habían sido los problemas de los musulmanes. Ahora, que los tenemos en casa, lo son también nuestros. Y si ellos llevan siglos sin resolverlos, cómo íbamos a hacerlo nosotros.

¿Pocos problemas? Pues todavía hay más. El multiculturalismo, como señaló Sánchez Saus. Se está produciendo en suelo europeo una regresión de siglos al reinstaurar el principio de personalidad de la ley, según el cual la norma no rige en un territorio, sino de manera particular según la pertenencia a un grupo. Esto explicaría las non go areas, barrios en los que rige de facto la sharia.

El caso paradigmático es Francia. Son muchos los califatos de barrio, cada vez menos relacionados con la religión y sí, en cambio, con la delincuencia. El Estado no tiene un interlocutor válido, como puede ser un imán, con el que sentarse a hablar.

Ni Esparza ni Sánchez Saus señalaron al grueso de los musulmanes en Europa como cómplices de la barbarie. En todo caso, como víctimas del rigorismo. Aquí y ahora y en el resto del mundo y siempre. Tampoco negaron que, aún siendo los radicales una minoría, sean una minoría ruidosa y a tener en cuenta, principalmente por su predicamento entre la juventud.

La idealización del pasado más belicoso del Islam y el no sentirse parte de Europa -por no ser capaz Europa como antaño de ofrecer un proyecto sugerente de vida en común- son un problema de orden público de primera magnitud. De nuevo, la palabra “problema”, la más pronunciada durante el coloquio. 

Problema también es que las autoridades públicas se hayan apuntado con entusiasmo a la demolición de la herencia común de siglos. Fue el caso, hace no demasiados años, de la Junta de Andalucía en la polémica por la titularidad de la mezquita-catedral de Córdoba. Lejos de mantener una posición coherente con la línea de la historia, esa y otras instituciones entraron a considerar la posibilidad exótica de que el templo compartiera titularidad, cuando no cambiara de manos. Lo dicho: tenemos un problema, y no con tanto con el Islam como contra nosotros mismos.

¿Está todo perdido? No, si Europa vuelve a encontrarse a sí misma, retorna a su identidad, que no es otra que la cristina, como señaló Sánchez Saus, quien se mostró esperanzado al respecto. ¿Y Esparza? Tanto si hay solución como si no, dijo, el combate es precioso y merece la pena lucharlo. ¿Cómo? Creando una, dos, cien Covadongas, es decir, núcleos irradiadores de resistencia y civilización en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestros trabajos…

Por la pequeña parte que nos toca, en ello estamos.