A menudo uno tiende a avergonzarse de los ídolos que adoraba de jovencito. Yo en concreto idolatraba a una buena cantidad de idiotas. Sin embargo, mi admiración por el Equipo A se mantiene intacta con los años. Mi niñez habría sido mucho más aburrida sin vosotros, Murdock, Fénix, M. A. y Hannibal Smith –que en paz descanse-. Ahora he vuelto a ver la serie y he comprendido por qué ha resistido el paso del tiempo mucho mejor que los poemas que escribí a mi primera novia. Esos cuatro locos eran una mina de valores: lealtad, justicia, bondad, patriotismo, libertad, y un finísimo sentido del humor. Además, exhibían un justificadísimo escepticismo sobre la bondad del Gobierno. Todo lo que echo en falta en la televisión de hoy. Y, casi siempre, también en la calle. Y en la política. Por extraño que parezca, hay mucho que el conservadurismo contemporáneo puede aprender de El Equipo A. Y no me refiero a fabricar armas con tuberías y lechugas.

Mister T y George Peppard

Toda la serie surgió en la mente de Stephen J. Cannell y Frank Lupo, que falleció en Florida el pasado febrero tras un paro cardíaco. Ambos pusieron su talento, pero también su código moral, que en el caso de Stephen, siempre dijo que procedía de las firmes convicciones cristianas de sus padres. El Equipo A es algo más que la biografía sentimental de varias generaciones. Es también su biografía moral. De ellos aprendí a mantener la calma, sonreír y encender un puro, cada vez que los malos me encierran en un galpón y amenazan con matarme. La vida es mejor así. Ya sabes: sé feliz, eso desconcierta al enemigo.

De estos cuatro hombres aprendimos a no cooperar nunca con el mal. En una ocasión me enteré en un bar de que alguien estaba urdiendo un cochino plan para hundir mi futuro profesional, de un modo bastante injusto. Lejos de sucumbir al desánimo, prendí un cigarro, puse mi mejor sonrisa, y pedí una ronda para mis confidentes. Brindamos por el futuro. Me sentí como Hannibal cuando sonríe a la cámara mientras todo explota a sus espaldas.

Peor fueron mis intentos de emular a Fénix. Más de una vez intenté librarme de las tediosas clases de gimnasia con los más diversos pretextos. Tocado por una racha de suerte, un día decidí que era buena idea alegar que había sufrido una terrible lesión. La estrategia fracasó porque me inventé un músculo que no existe y mi profesor –oh cielos- era además médico. Estas cosas también le pasaban a Fénix, pensé, para consolar mi humillada sinvergonzonería.

Murdock recobraba repentinamente la cordura cuando sus amigos estaban en peligro. M. A. no soportaba el sufrimiento de los más débiles. Su rudeza era un caparazón. Incluso a pesar de sus peleas con su loco compañero, en el capítulo en el que hieren gravemente a Murdock, cuando está agonizando, le dice al oído: “Vamos, aguanta. Me gustan tus locuras”.

Un producto netamente americano

Ningún otro país del mundo podría haber hecho el Equipo A. Es un producto netamente americano. Sin el patriotismo y sin los valores que ondean en la bandera estadounidense no podrían entenderse sus lealtades, su compromiso con la libertad y la justicia. Perseguidos por la policía militar, hay un capítulo en el que ayudan a una cabo del ejército. Ante la extrañeza de la chica, Hannibal le expone su ideario en una sola frase: “Señorita, hay mucha gente que piensa mal de nosotros, incluido el ejército, pero si aparece un granuja vendiendo armas y también matando a compañeros militares, somos tan patriotas como el Pentágono”.

Mister T con la famosa furgo del Equipo A

En otra ocasión, fueron contratados un grupo religioso que no aprobaba el uso de la violencia. Unos mafiosos querían echarlos de su campamento para hacerse con los terrenos. Smith, respetuoso con las creencias del grupo, prometió actuar sin disparos ni golpes, pero el Equipo A fracasó y tuvo que repartir algunas bofetadas. Poca cosa. El cliente, escandalizado, los despidió. Y cuando ya volvían a casa tras abandonar la misión, el coronel decidió dar marcha atrás: regresarían, ya no como mercenarios, sino solo por pasar el rato, a dar una paliza a los malos. A Fénix le parecía una locura y una pérdida de tiempo, pero, ya en el combate, fue el primero en lanzarse a defender la causa por la que ya no iban a cobrar.

Fueron, sin duda, mercenarios. La vida les situó al margen de la ley sin quererlo. Pero son muchas las ocasiones en las que aceptaron misiones para clientes que no tenían dinero para pagarles: la injusticia dolía más que la pobreza. Ellos también fueron víctima de una injusticia, acusados de un delito que no habían cometido. Esa tranquilidad de conciencia bañaba todo el argumento. Y eso despertó pronto la complicidad de la audiencia. Mientras que los coroneles Decker y Lynch les perseguían más por soberbia que por ley, y a menudo se movían por el odio, no se veía ni rastro de rencor en los cuatro protagonistas.

Humor blanco

El pasado de la serie –esa parte de la trama que no aparece filmada – no es muy conocido. Decker se había enzarzado en una pelea a puñetazos con Smith en la Guerra de Vietnam, pero aún mostraba una cierta admiración por la habilidad del coronel para salirse siempre con la suya. Smith, por su parte, simplemente parecía divertirse frustrando los intentos de Decker. He aquí otra lección para la vida: distinguir entre los enemigos, los malos, y los que simplemente estaban equivocados, la policía militar, a quien el Equipo A vencía siempre dando muestras de complicidad, pero con quienes en el fondo cooperaba al detener a mafiosos y corruptos. Imposible no recordar a G. K. Chesterton: “El verdadero soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás”.

En una ocasión, en una de tantas partidas de ajedrez entre Decker y Smith, M. A. dijo al coronel, comparándolo con Decker: “Está tan loco como tú”. Aunque la fama la tenía Murdock, la actitud de Fénix era a menudo la de un psicópata camaleón, pero con estilo. Cuando algún mafioso lo cazaba infiltrado en su despacho, solía sonreír y contestarle: “¡hey, no sabes cuánto me alegro de verte!”. Al instante le caería un puñetazo. Pero incluso las ensaladas de tortas estaban recubiertas de una suerte de humor blanco.

Rendir culto a la violencia es fácil. En televisión puedes hacer que las cosas parezcan increíblemente más horribles que en la realidad. El cine de acción de los últimos cuarenta años lo demuestra. Sencillamente, El Equipo A de Stephen J. Cannell y Frank Lupo no apostó por esto. Los malos nunca morían. Incluso después de dar doscientas vueltas de campana, salían del coche en llamas, aturdidos pero vivos. Habría sido más verosímil que los malos murieran. Pero sería menos divertido. Había una cómica justicia poética en ver a los capos de la mafia morder el polvo, aún lo bastante vivos para ver a Hannibal sonreír y exclamar: “me encanta que los planes salgan bien”.

Y es que el genial coronel que interpretó George Peppard siempre tenía un plan. Su personaje es una lección de liderazgo que haría poner los ojos en blanco a los coachs blanditos de hoy. El plan nunca era sencillo, ni infalible. A menudo consistía en entrar por la puerta principal del enemigo y tomarle un poco el pelo, solo para ver si se enfada. Con la ironía del que parece no tener nada que perder.

Nuestros héroes, pese a todo, no eran ángeles. Eran profundamente humanos. Murdock estaba como un cencerro y podía resultar realmente cargante; Fénix podía estropear cualquier plan si se cruzaba por el medio una chica guapa y, en cualquier caso, siempre hacía lo imposible para no tener que estropearse el traje, en una sensatísima actitud en la que Arturo Fernández y yo nos veíamos muy representados; M. A. sufría de un mal carácter patológico y ese era tal vez su único vicio; y en cuanto a Smith, pese a su diligencia de viejo coronel, solía complicarse la vida por arrogancia. Estaban tan bien trenzados los personajes, que todos estos defectos solo lograban despertar complicidad y risas en el espectador.

Diálogos geniales

En uno de mis capítulos preferidos, la policía militar tiende trampas a los cuatro miembros del equipo. Cazan a cada uno con su cebo favorito. A Fénix lo secuestran el primero, después de que una jovencita con minifalda y largas piernas simulara tener su coche averiado en la carretera. A M. A. lo envenenan con su bebida habitual, la leche. A Murdock, en vez de una chica, le pusieron un perro moribundo en el arcén. Y Hannibal lo engañan con un falso médico que pudiera solucionar el envenenamiento de su amigo. Al término del episodio hay una divertida conversación. Fénix, agotado después de la batalla, comenta: “Creo que ahora deberíamos darnos unos cuantos días de vacaciones”. Hannibal, bromea: “¿Antes de que nos manden a otra chica de largas piernas, eh?”. Fénix le quita hierro al asunto: “Ah, no, eso le puede pasar a cualquiera”. Y Hannibal se lo pone: “Si, Fénix, pero siempre te pasa a ti”.

El Equipo A al completo

Otro diálogo genial. Mismos protagonistas. Esta vez el cliente del Equipo A era una belleza:

– Hannibal: Recuerda la norma. Nunca nos liamos con nuestros clientes. Eso enturbia la atmósfera, distorsiona la razón, es peligroso.

– Fénix: ¡Oh! Esa norma…

– M.A: Hannibal tiene razón. No puedes ligar con esas chicas…

– Fénix: Hey, vamos chicos, ¡las reglas están para romperlas!

– Hannibal: Y las narices también están hechas para romperlas, ¿verdad, Fénix?

La última temporada fue un desastre. Los guionistas decidieron apostar todo a la acción, sin humor, y sometieron al Equipo A a un protectorado policial. Naturalmente, la audiencia se marchó. Desde entonces, a pesar de ser una serie de culto para millones de espectadores, todo lo que nos ha llegado sobre nuestros héroes es confuso. Hemos oído que se llevaban fatal en el rodaje, que Smith odiaba a M. A. y que, en fin, los personajes reales no eran tan maravillosos como los de ficción. Tampoco es exactamente así. El buenismo progresista imperante también ha tratado de minar el legado de la serie. Supongo que, a fin de cuentas, a Fénix no le gustaban los chicos, M. A. despreciaba a los veganos, los planes de Hannibal solían ser bastante contaminantes, y la mayor locura de Murdock era de amor patriótico a los Estados Unidos. Netflix no podría un céntimo por algo así.

El contexto es importante. George Peppard fue el único que ya era una gran estrella cuando se lanzó la serie. Es razonable que actuara con cierta arrogancia y tratara de enmendar los guiones a su antojo. Tal vez esa tensión entre la dirección y el propio Peppard contribuyó a hacer de la ficción un producto mejor. Cuentan sus compañeros que, a menudo llegaba al set, y tachaba medio guion del rodaje de ese día y decía: “esto es todo lo que voy a decir, tío”. Y el resto tenían que adaptarse. No creo que eso sea necesariamente un defecto.

Lo que sí es verdad es que George Peppard no era un tipo fácil. Murdock lo ha contado con gracia. Cuando se conocieron en el camerino, el primer día, Peppard le extendió la mano y le dijo: “Hola, soy George Peppard y no soy muy tipo muy agradable”. Ese cinismo del personaje, que lo hacía tan genial, no era impostado. Como tampoco lo era el estilo gentleman de Fénix –¡no hay más que verlo hoy, a sus 76 años!-, el espíritu competitivo de M. A. o la locura de Murdock, con un brillante sentido del humor.

En cuanto a las peleas de Peppard con Mr. T., se produjo una lógica competencia de egos. Smith era el protagonista y M. A. se había vuelto el popular entre los niños. Entre otras cosas porque su personaje sentía predilección por ellos.

Incluso el hecho de que se peleasen a puñetazos en una ocasión en la grabación resulta divertido. Peppard le rompió dos dientes de un puñetazo y el rodaje tuvo que suspenderse hasta que M. A. regresó del dentista. Pero no todo eran peleas entre nuestros héroes. Murdock y Fénix también han hablado de otro George Peppard, y de otro clima muy diferente en la grabación. Era un maldito bromista: “a George le encantaba subirse a un camión y lanzarte un cubo de agua encima mientras estabas sentado en un descanso del rodaje”, cuentan, “pero tú por supuesto no podías hacerle lo mismo a él”.

Una batalla cultural

La propia visión sobre el Equipo A que años después ofreció Peppard en la televisión británica, confirma todas las claves del éxito de la serie: “Creo que el Equipo A tenía los peores tiroteos del mundo. Pero eso también es bueno, porque la diversión llega a todos, sabiendo que no habrá sangre, que no habrá horror; ya sabes lo que buscamos, sabes que no nos gustan los malos, y lo que hacemos es derrotarlos. También nos dio un margen de maniobra hacia la farsa, porque básicamente, lo mejor de El Equipo A para mí es cuando tenías en frente algo absolutamente ridículo, pero lo tratas con absoluta seriedad; cuando hicimos esto bien, resultamos muy divertidos”.

Hace unas semanas realicé un experimento: comenzar a ponerles la serie a un grupo de niños de entre 6 y 10 años. Pensé que se aburrirían en el primer minuto. Diez capítulos después, me suplican a todas horas que nos sentemos a ver el siguiente episodio, juegan en los recreos a ser El Equipo A, y han mandado al infierno sus muñecos de monstruitos deplorables, los juegos de intercambio de roles de género que propone su escuela, y su colección de DVDs del cretino de Bob Esponja. Ahora saben lo que es luchar por el código moral que heredaron de sus mayores, y les divierte más que el rollo woke, y que el sentimentalismo impostado de los animalitos humanizados de Disney.

Nunca pensé que la gran batalla cultural del conservadurismo fuera a consistir, después de todo, en sentarse a ver un rato la maldita televisión.