Omaha, Nebraska. 2 de octubre de 1991. El bar está casi a oscuras. En las paredes puede verse la bandera de los Estados Unidos, publicidad chillona de Budweiser y algunos banderines de los Storm Chasers de béisbol. En la barra, una decena de trabajadores de la construcción y de la Union Pacific Railroad dan sorbos entrecortados a sus cervezas. La televisión emite el resumen de los deportes del fin de semana.

El propietario del bar se acerca a la televisión para cambiar de canal. En la pantalla aparece el nombre del programa (The Open Mind) y dos hombres con pinta de intelectuales. El periodista de pelo blanco y gafas de pasta entrevista a un profesor que lleva traje gris, camisa rosa pálida y corbata a rayas. Uno de los parroquianos se queja.

“Silencio, Sam -dice el propietario-. Este tipo es de aquí, de Omaha. Mi hija estudia en la Universidad de Rochester y este tal Lasch es profesor suyo. Me ha pedido que vea la entrevista, así que todos a callar”.

Murmullos de desaprobación y alguna risa burlona. En ese momento, el profesor dice que la creencia en una idea de progreso ilimitado no se puede tomar en serio porque no tiene credibilidad. Critica a la izquierda por haberse entregado a una ensoñación pueril. Uno de los trabajadores, miembro del sindicato, hace un gesto obsceno a la pantalla. Minutos después la cosa cambia.

Jimmy Carter, expresidente de Estados Unidos

Lasch pasa a explicar la audiencia que tuvo en su día con Jimmy Carter para hablar sobre el malestar americano. El presidente había leído el libro de Lasch, La cultura del narcisismo. Sus palabras influyeron notablemente en el discurso a la nación más famoso de Carter: “La crisis de confianza”. Lasch dijo verdades incómodas en la Casa Blanca. Dijo a Carter que los disturbios en las calles eran perfectamente comprensibles y que la gente estaría dispuesta a hacer un esfuerzo por la nación para salir de la crisis si sentía que las cargas se distribuían de forma equitativa entre todos, no solo entre los de abajo. Lasch intentó que Carter adoptara un enfoque populista, pero Carter no llegó a entenderlo. Se quedó solo en las formas y a partir de entonces empezó a quitarse de vez en cuando la americana y la corbata.

A partir de ahí el académico coge impulso y define lo que él entiende como enfoque populista. Lasch defiende que debe recuperarse el sentido de la responsabilidad y volver a los valores tradicionales, pero con una visión radical e igualitaria sobre cómo debe organizarse una sociedad.

Cuando termina la entrevista, los trabajadores reflexionan en silencio. “Me gusta lo que dice este tipo -dice uno de ellos-. No habla para los demócratas ni para los republicanos. Habla para todos.

Infancia en Vodala

Christopher Lasch nació en Omaha, Nebraska, en 1932 y muy pronto recibió el apodo familiar de Kit. Los médicos habían advertido a sus padres que no podrían tener hijos, así que la llegada del bebé al mundo fue celebrada como un pequeño milagro.

Kit creció en un hogar estable y lleno de cariño. Sus padres eran, por decirlo de alguna manera, unos intelectuales progres de la época. Ambos procedían de familias de clase obrera, tuvieron acceso a una buena educación y se encuadraban en el ala izquierda del Partido Demócrata. Su madre, Zora Schaupp, era profesora universitaria de filosofía y psicología y activista de la Liga de Mujeres Votantes. Su padre, Robert Lasch, fue periodista de opinión y editor de tres rotativos de la época. Llegó a ganar un premio Pulitzer con sus críticas a la guerra de Vietnam. Su relación inicial fue de profesora y alumno, pero esto cambió después de que Robert se graduara y consiguiera una beca de investigación. Zora y Robert compartieron una estancia en Oxford (Inglaterra) y de allí regresaron con planes de futuro.

Muchos recuerdos de infancia de Lasch son imágenes de sus padres en el sofá del salón de casa leyendo o charlando animadamente de política. “De los dos, la más radical era mi madre”, dirá con cariño al volver la vista atrás. Robert y Zora se implicaron en la educación de Kit y su hermana (adoptada años más tarde). Desde una edad muy temprana, el hijo mayor demostró tener hondas inquietudes políticas, un sentido firme de la honestidad y facilidad para la escritura.

En un libro escrito a mano, un Kit preadolescente creó el país imaginario de Vodala, “una tierra valiente y libre” con un pueblo “decidido a seguir siendo él mismo. Una nación, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Este texto refleja muchas de las ideas que profesaban sus padres, así como su optimismo y su confianza en el ser humano.

Tiempo después, Christopher Lasch  romperá con el credo progresista de sus padres, pero conservará gran parte de su pasión y su conciencia social. Pasados los sesenta años dirá que él fue “criado como progresista” en lo que describió como “un hogar muy politizado”. A lo largo de su vida, Lasch mantuvo un diálogo constante con esta parte de su pasado. “Si parece que dedico mucho esfuerzo a atacar el progresismo y la izquierda -reflexionará en los años anteriores a su muerte- eso debería tomarse más como una muestra de respeto que de rechazo”.

En Harvard: la cantera de la élite

Christopher Lasch fue un estudiante excepcional. Estudió historia en Harvard y su tesis recibió la distinción magna cum laude. Durante casi tres años fue compañero de piso de John Updike, que con el tiempo acabará convirtiéndose en un escritor dos veces ganador del premio Pulitzer. Entre ellos se trabó una amistad basada, a la vez, en el sentido del humor y en la competencia intelectual. Una competencia que, por cierto, ganó Lasch. En su último año, compitieron por el codiciado Premio Bowdoin, otorgado por la mejor tesis en Harvard. De todos los estudiantes de esa promoción, Lasch ganó el premio y su amigo quedó en segundo lugar.

John Updike

En las cartas a su familia, Updike lo describió como “un tipo sensible, inteligente e incluso adorable, con una habilidad desconcertante para gruñir y soltar diatribas”. En efecto, quienes lo trataron de cerca siempre destacaban su honestidad y su tendencia al mal humor. Otra amiga de esa época destacará que Lasch encarnaba una “extraña mezcla de pesimismo e idealismo”. El hecho de que fuera gruñón y a veces cínico, no le impedía reírse de sí mismo.

En los años cincuenta, en Harvard ya se respiraba el progresismo como cultura dominante. Pero a la madre de Kit no le acababa de convencer la universidad. No le gustaba su elitismo. Zora creía que “los contactos son el valor dominante en un sitio como Harvard” y que “el ascenso social se produce principalmente por conocer a la gente adecuada”. Pero, a pesar de todo, sus padres estaban orgullosos de que su hijo tuviera acceso a la mejor formación académica y que destacara entre los mejores.

Como veremos, en los años siguientes Lasch se separará de la ideología de sus padres, pero conservará su conciencia social y su compromiso con la middle America. Lasch estudió con los profesores más reputados del país, se codeó con los hijos de las familias más influyentes y trató con empresarios y políticos de altos vuelos. Conocía a “la gente adecuada”. Pudo dedicarse a adular a los poderosos, ascender socialmente y ganar mucho dinero. Pero no lo hizo. Prefirió mantener sus lealtades y escribir con una honestidad intransigente, aunque eso le llevase a levantar ampollas con su incorrección política.

La vida de las ideas

Después de graduarse, Lasch fue a dar clases a Columbia, donde tuvo como mentor a Richard Hofstadter. En esos años, Lasch era un académico socialista de manual, muy influenciado por las ideas de sus padres.

Después fue profesor en la universidad de Iowa (1961-1966), y en la de Northwestern (1966-1970). Terminó su carrera docente como profesor de historia en la universidad de Rochester (Nueva York) desde 1970 hasta su fallecimiento en 1994 de una leucemia fulminante.

Fue en esta última universidad donde verdaderamente desarrolló su propio pensamiento. Lasch siempre presumía de que la vida “en las provincias” le permitía tener una “una existencia estable y familiar” y claridad de ideas por estar “lejos de los epicentros del poder político y cultural estadounidense”.

A Lasch le pusieron todas las etiquetas posibles: marxista, Nueva Izquierda, conservador, reaccionario, radical, utópico. Probablemente, cada una de esas etiquetas tuviera una pizca verdad. El crítico social se posicionaba más allá de las ideologías. Buscaba lo auténtico en cada una de las fuentes y era capaz de aunar en un mismo pensamiento ideas que, a la luz de los debates oficiales, parecían antagónicas.

Lasch denunció el desarraigo y la frivolidad a la que conducía el individualismo moderno en Haven in a Heartless World (1977), The Culture of Narcissism (1979) y The Minimal Self (1984). Nuestro autor se definía como ateo y escéptico, pero en estos libros abogaba por una vuelta a la familia nuclear, a la moral tradicional, al arraigo del patriotismo y al valor del esfuerzo. Atacó el consumismo, la publicidad y el capitalismo financiero porque eran una amenaza para las instituciones tradicionales. De forma inesperada, la Cultura del Narcisismo se convirtió en un éxito de ventas y con él ganó el National Book Award. El profesor de Omaha pasó a ser un referente nacional.

En 1991, publicó The True and Only Heaven: Progress and its critics. En esta obra lanzaba un ataque frontal contra uno de los pilares básicos de la izquierda: la idea de progreso.

Lasch nunca se cayó del caballo camino a Damasco. No le cegó ninguna luz. Su evolución intelectual desde el socialismo marxista hasta un populismo que combinaba valores conservadores y conciencia social se produjo sin un punto de ruptura. Fue la evolución natural del pequeño Kit para llegar a Vodala después de comprender que el mapa que le habían regalado sus padres estaba equivocado.

En todo su pensamiento hay siempre un hilo conductor: la defensa del arraigo a personas concretas (familia, amigos, vecinos, compatriotas) y a un territorio propio. Es la comunidad y la vida en común lo que para Lasch hace que la vida valga la pena.

A principio de los años ochenta Lasch ya ofrecía a todo aquel que quisiera escucharle estas orientaciones para construir una tercera vía:

“Un movimiento radical capaz de ofrecer una alternativa democrática al capitalismo financiero tendrá que recuperar tradiciones que han sido rechazadas o despreciadas por los progresistas del siglo XX y que recientemente han sido resucitadas por académicos y por ecologistas, líderes comunitarios y otros activistas. Tendrá que defender la protección del territorio frente a la explotación de los recursos naturales, la familia frente a la fábrica, la visión romántica del individuo frente a la visión tecnológica, el localismo frente al centralismo político. Tal radicalismo debería merecer la lealtad de todos los verdaderos demócratas”.

La rebelión de las élites

Su obra La rebelión de las élites (y la traición de la democracia) vio la luz de forma póstuma en 1994. En ella Kit ajusta algunas cuentas pendientes. Suyas y de su madre.

En esta colección de ensayos, Lasch sostiene que, en la actualidad, las élites políticas, económicas e intelectuales constituyen la principal amenaza para la cultura occidental porque han dejado de creer en los valores que la sostienen. Como se desprende del propio título, Lasch realiza una réplica actualizada a La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset.

Portada del libro “La rebelión de las élites”

Ortega sostenía que la crisis de Occidente se debía al afán de “dominación política de las masas”. Ortega creía que el surgimiento de las masas amenazaba la democracia al socavar los ideales de la virtud cívica que caracterizaban a las antiguas élites gobernantes. El pensador español escribió esta obra en el periodo de entreguerras, en un momento de auge del bolchevismo y el fascismo. Décadas después, Lasch realiza un adecuado contrapunto, adaptado a la situación de finales del siglo XX. El autor estadounidense sostiene que hoy el riesgo para la cultura de Occidente procede de la parte superior de la pirámide social. Tras un minucioso análisis, concluye que quienes han perdido la fe en los valores occidentales son las élites, es decir, “aquellos que controlan los flujos internacionales de dinero e información, los que presiden fundaciones filantrópicas e instituciones de educación superior, los que gestionan los instrumentos de producción cultural y definen así los términos del debate público”.

Ahora lo que amenaza la democracia no son las masas, sino el empobrecimiento del debate público, el aturdimiento de la sociedad del espectáculo y el secuestro de la libertad de expresión por parte de la corrección política de los grandes medios de comunicación.

Frente al conservadurismo elitista de Ortega, Lasch contrapone un conservadurismo antielitista. El historiador estadounidense considera que las mejores reservas de moral, sentido del deber y decencia ya no están en las clases dirigentes, sino en la gente común, menos receptiva a las ideologías artificiales que subvierten los valores tradicionales occidentales.

Lasch sostiene que la aristocracia occidental del antiguo orden (basada en el privilegio hereditario) ha sido sustituida por una nueva clase universitaria y progresista que crece en la escala social por meritocracia. Para Lasch esta nueva clase se caracteriza por el cosmopolitismo, el esnobismo, el relativismo, un débil sentido de la obligación y un patriotismo cada vez más escaso. Y cita a Robert Reich cuando dice que “la desnacionalización de la actividad empresarial tiende a producir una clase de cosmopolitas que se ven a sí mismos como ‘ciudadanos del mundo’ pero sin aceptar (…) ninguna de las obligaciones que impone la ciudadanía en una polis”.

La nueva élite está formada por académicos, periodistas, analistas de sistemas, banqueros, abogados, etc. Estos profesionales viven en un mundo abstracto en el que la información y la experiencia son los bienes más valiosos. Dado que el mercado de estos activos es internacional, la clase privilegiada está más preocupada por el sistema global y la movilidad laboral que por las comunidades regionales, nacionales o locales. De hecho, los miembros de la nueva élite tienden a separarse de sus comunidades y sus conciudadanos. Envían a sus hijos a escuelas internacionales, se mueven en un circuito de ocio inaccesible para la mayoría, viven en urbanizaciones protegidas por seguridad privada. “En efecto, se han alejado de la vida común”, escribe Lasch.

Por otro lado, para Lasch los dos grandes partidos de Estados Unidos ya no representan las opiniones e intereses de la gente común. En su opinión, el debate político está dominado por élites rivales entregadas a ideologías enfrentadas que crean debates artificiales para dar una falsa sensación de polarización. Lasch identifica en la historia de los Estados Unidos una tradición populista en la que ubica a los primeros fundadores que propugnaban una democracia de pequeños propietarios, el movimiento agrario, la vieja izquierda radical anterior a la ideología de progreso, las escuelas de los neoartesanos y la causa por los derechos civiles del reverendo Martin Luther King. Este populismo (término que para Lasch carece de toda connotación negativa) encarna una tercera vía que se opone tanto al capitalismo financiero como a la burocracia estatalista de la izquierda.

Un profeta americano

Hoy en día estamos viviendo un momento Lasch. Stephen Bannon afirma a menudo que La rebelión está entre sus libros preferidos. Patrick J. Deneen, autor de Por qué el liberalismo ha fracasado, lo incluye entre sus principales influencias. Los medios conservadores ortodoxos incluyen a un heterodoxo como Lasch en la lista de pensadores imprescindibles.

La rebelión ofrece un marco de referencia para explicar el nacimiento de un antielitismo conservador. El triunfo de Trump, el Brexit o el auge de partidos de derecha alternativa que cuestionan el establishment europeo se pueden entender mejor después de leer a Lasch. El profesor de Rochester supo identificar hace veinticinco años la fractura existente entre la nueva clase dirigente y la gente común. Sus orígenes familiares e ideológicos le dieron la suficiente perspectiva para atreverse a denunciar que la verdadera amenaza para los valores occidentales ya no venía de las masas proletarias sino de las élites apátridas. La enfermedad se llevó a Lasch cuando estaba en su mejor momento. Pero queda su legado. En él pueden encontrar inspiración todos aquellos que estén decididos a superar viejas contradicciones y no tengan miedo a caminar contracorriente.