Hay victorias amargas de la misma manera que hay dulces derrotas. La de William Edgar Simon Jr., la noche del 5 de noviembre de 2002, fue una dulce derrota. Lo fue porque se quedó a solo cinco puntos del vencedor de la jornada, Gray Davis, candidato por el Partido Demócrata a Gobernador del Estado de California, de lo que se deduce que nuestro protagonista aspiraba al mismo cargo, solo que por el partido rival, el Republicano.

Todas las encuestas en contra

En política, donde una sola papeleta puede decidir el sentido de una votación y, en consecuencia, los destinos de todo un pueblo y una nación, cinco puntos porcentuales son muchos puntos. Salvo que todas las encuestas, incluidas las de tu propio partido, te den como perdedor por goleada. Tal fue el caso de William Edgard Simon Jr., en adelante Bill Simon o, ya que estamos entre amigos, Bill a secas.

Un cheque de muchos ceros

Todo empezó dos años atrás, en 2000, cuando el presidente del Partido Republicano en California se presentó en las oficinas de Bill Simon en Los Ángeles para pedirle un donativo destinado a la campaña presidencial de George W. Bush. Solo el diablo sabe si el tipo animó a Simon a entrar en política para halagar la generosidad del cheque de muchos ceros que este le extendió o porque de verdad veía en él cualidades para la vida pública. Fuera lo que fuese, lo cierto es que a Simon la idea de meterse en política le rondaba desde hacía tiempo por la cabeza y debió de pensar que si no lo hacía entonces, a un paso de cumplir los 50, no lo haría nunca.

La política por otros medios

Por si a alguno se le ocurría echarle en cara su bisoñez en la gestión de la cosa pública, Simon ya tenía previsto alegar a su favor una vida repleta de éxitos, tanto en lo profesional como en lo familiar. Respecto a lo primero, aparte de profesor en la Escuela de Derecho y en la Facultad de Económicas de la Universidad de California, era copresidente de William E. Simon & Sons, el boyante negocio de inversiones fundado años atrás por su padre; por no hablar de su participación -la de Bill- en mil y una empresas benéficas, que ya todos sabemos que la filantropía es otra forma de hacer política, solo que con métodos mucho más amables.

Un trébol de cuatro hojas

En lo tocante a la familia, Simon ejercía de amantísimo marido y padre de familia numerosa, con residencia habitual en la muy exclusiva área de Pacific Palisades, en Los Ángeles, y largos veraneos en Sun Valley (Idaho) y Maui (Hawai). Y por si alguien pensaba que había nacido con una flor en el trasero -un trébol de cuatro hojas, por ejemplo-, siempre podría esgrimir el diagnóstico de los médicos a uno de sus hijos: autismo.

Católicos pro-choice y católico pro-vida

William E. Simon Jr, fundador de Parish Catalyst.

La cosa, como queda apuntada, es que Simon decidió presentarse a Gobernador de California, para lo cual antes debía someterse al escrutinio de los votantes de su partido en unas primarias en las que partía como favorito el carismático Richard Riordan, que había sido alcalde de Los Ángeles. Riordan, sin embargo, tiró por el desagüe las buenas expectativas al cometer un error de principiante: traicionar a las bases de su partido asumiendo el discurso del contrincante en asuntos tan sensibles como, por ejemplo, el aborto. Y eso que Riordan era católico. Lo mismo que Simon. Con la diferencia de que, de los dos, había sido este el más fiel a los mandatos de su Iglesia. O eso pensaron los votantes, que premiaron su coherencia eligiéndole con el 49% de las papeletas, 18 puntos por delante de Riordan. Era marzo de 2002.

El poder y la gloria

Solo 10 meses después, sería la cita en las urnas frente a Grey, y resulta oportuno haber hecho mención al catolicismo, pues este fue la clave de que para Simon la derrota no supiera tan amarga. No es que el hombre buscara refugio en la oración ni profesase como cartujo tan pronto conoció los resultados. Todo lo contrario, su incursión en la política le había resultado de lo más estimulante, tanto emocional como espiritualmente. Lo que sucedió fue que, cumplidos los 50, Simon descubrió que lo que hasta entonces tanto le había llenado -la búsqueda del poder y la gloria, fundamentalmente- ya no hacía arder su corazón como antes ni levantarse de la cama de un salto por las mañanas. Su principal anhelo era otro: el reencuentro personal con un viejo y buen amigo al que hacía tiempo echaba de menos: Cristo. Aunque no siempre había sido así.

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Adiós a todo eso

Como tantísimos otros católicos, Bill Simon nunca había faltado un domingo a misa… hasta que pudo dejar de hacerlo. Fue en la universidad, lejos por primera vez de la estricta vigilancia de sus padres, dos católicos de cuando entonces. Sin embargo, no era que Bill dejara de creer. Era, más bien, que comenzó a buscar respuestas a las grandes preguntas llamando a otras puertas distintas de las de la Iglesia Católica, como las de los evangélicos o las de los pentecostales. En 1973, no obstante, y coincidiendo con su graduación, le dijo adiós a todo eso de la fe, tuviera la etiqueta que tuviera. Si bien es cierto que, más que un adiós, fue un hasta luego, pues en 1986 volveremos a encontrar a nuestro protagonista en misa de 12 los domingos.

La primera ciudad del tercer milenio

Parroquia de Santa Mónica, en California.

Con todo, la sensación esa de ser un hijo pródigo que regresa a casa del padre tras haber dilapidado la herencia, no la experimentó Simon hasta 1990, cuando se mudó, con su mujer y sus cuatro hijos, a Los Ángeles. Fue allí, en la primera ciudad del tercer milenio, donde alguien le habló de una parroquia -la parroquia de Santa Mónica– y de un párroco –monseñor Lloyd Torgerson– que no eran como las demás parroquias y como los demás párrocos o, por ser justos, no eran como la idea preconcebida que cualquiera sin la formación adecuada pudiera tener de qué es una parroquia o un párroco.

 

Batallas y demonios

Picado por la curiosidad, un buen día Simon se desplazó en su coche hasta la 7 con California street para, al modo del apóstol Tomás, ver con sus ojos y, llegado el caso, palpar con sus dedos, los pequeños milagros y sencillas maravillas que, según le habían contado, acontecían allí a diario. Y no solo fue, vio y tocó, sino que, además, creyó; con el resultado de que, cada vez con más frecuencia, se dejaba caer por Santa Mónica, no solo los domingos, también a diario, librando en ocasiones en los bancos en penumbra auténticas batallas espirituales con sus demonios interiores, de las que solía salir reconfortado con una paz que quedaba fuera de todo entendimiento.

Dios, patria y Wall Street

A la mitad del camino de su vida, y en la cima de su carrera, Bill Simon decidió que era llegada la hora de mejor servir a su país y a su Iglesia, y poniendo de su dinero si era preciso, pues no se resignaba a ser como uno de esos hombres de negocios o políticos americanos cuyas ideas fuerza son Dios y la patria pero también Wall Street. Era noviembre de 2012 y en la cabeza de Simon terminaba de tomar forma Parish Catalyst, organización cuyo objetivo era -y sigue siendo- hacer grandes otra vez a las parroquias americanas.

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Parroquias: significado y alcance

¿Qué por qué las parroquias? Por el significado y alcance que han tenido en la irresistible ascensión de la Iglesia Católica en Estados Unidos, desde el 1% de los primeros tiempos a los 80 millones de hoy; alcance y contenido que, en cambio, no se da en países -España, por ejemplo-, donde el catolicismo ha sido un elemento constitutivo de lo nacional.

Ciudadanos de tercera

Todo hubiera sido muy distinto si los católicos norteamericanos de la primera hora hubiesen sido aceptados por sus vecinos wasp, en lugar estos de imaginarse a aquellos en oscuras conspiraciones con un señor de blanco que vivía en Roma, sospecha que durante años redujo a cualquier que llevara una estampa de la Virgen en la cartera a la condición de ciudadano de segunda, cuando no de tercera categoría. Fue ese rechazo, precisamente, el que llevó a los pobres católicos a buscar y hallar refugio en las parroquias, donde podían ser ellos mismos y expresarse.

El escándalo de los abusos

Resultado de lo anterior fueron unos fortísimos vínculos entre el católico de a pie y su parroquia; vínculos que permanecen hasta hoy, como pudo comprobarse durante una de las más grandes crisis a la que ha tenido que enfrentarse la Iglesia estadounidense en los últimos años, esto es, los casos y más casos de abusos sexuales a menores por algunos sacerdotes y religiosos con el silencio cómplice, en ocasiones, de parte de la jerarquía.

Agua bendita

Comida comunitaria en la Parroquia de Santa Mónica.

Tal escándalo, reconocido oficialmente en 2002, con la consiguiente petición de perdón, supuso para la Iglesia una quiebra, no solo financiera -con 18 diócesis declaradas en bancarrota- sino de confianza también, tanto por parte de los no católicos como de los católicos. Con todo, y según datos de The Official Catholic Directory, un 84% de los fieles seguían sintiéndose, de una manera u otra, vinculados con su parroquia. Algo, en fin, tendrá el agua cuando la bendicen; el agua bendita de las parroquias, se entiende. O cosa parecida debieron de pensar Bill Simon y su equipo en Parish Catalyst.

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La ciudad resplandeciente en la colina

No se trataba de someter a estudio a todas y cada una de las 17.000 parroquias desperdigadas por el país, únicamente a las que con más fuerza habían brillado durante la tormenta, como la ciudad resplandeciente sobre la colina con la que soñó John Winthrop, uno de los fundadores de Estados Unidos.

La fórmula de la Coca-Cola

En el fondo, todo podía reducirse al planteamiento inicial de Simon de preguntarse si Santa Mónica y su párroco, monseñor Torgerson, se trataban de una excepción en el panorama católico nacional o, por el contrario, eran muchos otros los párrocos y muchas otras las parroquias que participaban de idéntica experiencia de éxito. Se trataba, pues, de algo tan genuinamente americano como el éxito o, al menos, de descifrar su secreto; pero no para guardarlo en una caja fuerte, como la fórmula de la Coca-Cola, sino, más bien, para darlo a conocer a la ciudad y al mundo.

NVivo10

Así, lo primero que Bill Simon y compañía hicieron fue elaborar una lista con las parroquias más punteras del país y solicitar a sus titulares la participación en el estudio; 8 de cada 10 respondieron afirmativamente, lo que arrojaba un saldo de 244 parroquias. Lo siguiente consistió en preparar un modelo de cuestionario, ciertamente exhaustivo, a enviar a los párrocos, con el ruego de que lo cumplimentaran con la mayor sinceridad posible, empleando, si eso les ayudaba, sus propias palabras. Una vez con las respuestas en su poder, y tras pasarlas por el filtro NVivo10, un programa informático para procesar datos, Parish Catalyst publicó un informe de 3.600 páginas, del cual se editaría un libro resumen de 200 titulado Great Catholic Parishes.

Tablas, gráficos y porcentajes

Al sacarlo de las cajas, el título pudo hacer pensar a los libreros que se trataba de un volumen de espiritualidad, yendo a colocarlo, en consecuencia, en los estantes correspondientes. Pero no era ese su lugar, sino, en todo caso, el de los libros de ‘management’ o gestión empresarial, como acreditaba la profusión de tablas, gráficos y porcentajes a lo largo de sus páginas.

Casos prácticos

Cierto es que Great Catholic Parishes narra montones de historias, pero son más bien a modo de caso práctico que de otra cosa. Por supuesto, cualquiera es libre de leerlas en la clave que le venga en gana. Ahora bien, ha de saber que, de ninguna de las maneras, los autores pretendieron establecer una equivalencia entre la buena marcha de las parroquias y la santidad de vida de sus titulares y sus miembros, propósito rayano más en el calvinismo que en el catolicismo.

Mujeres sacerdotes y curas repartiendo preservativos

Una vez hecha la precisión, y antes de continuar con el relato, vale la pena detenerse en dos datos, en absoluto menores. El primero es que todas las parroquias encuestadas -todas- se hallan en plena comunión con Roma; es decir, por muy novedosos que sean sus métodos de apostolado, ninguna está en la batalla de la ordenación de mujeres al sacerdocio o de que los curas repartan preservativos durante la comunión

¿Es la Sociología una ciencia exacta?

El segundo dato consiste en que de todas las parroquias participantes en la macroencuesta -244- no hay dos iguales, lo que vendría a avalar la obviedad de que la Sociología no es una ciencia exacta. Esto, a su vez, no significa que factores como la edad de los sacerdotes o el presupuesto de las parroquias no influyan; influyen, claro que sí, pero sin ser determinantes.

Bosques y sótanos

Por ilustrar lo anterior con un ejemplo, y con un ejemplo relacionado con el entorno, valga la comparativa entre St. Benedict, en Anchorage (Alaska) una parroquia de ensueño en mitad de los bosques, y St. Anthony on the Lake, en Pewaukee (Wisconsin), alojada en un sótano. Pues bien, una y otra figuran en la lista de parroquias líderes en Norteamérica, pero no por su localización, dispar como se ve, sino por cumplir cuatro condiciones -o, si se prefiere, cuatro pautas o cuatro hábitos- que reúnen también las otras 242. A saber: liderazgo compartido, cuidado de la liturgia, catecumenado y sentido de la misión.

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… y participa

La comunidad incluso se atreve a enseñar a hacer de payaso.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los párrocos norteamericanos, y no solo norteamericanos, pastoreaban a sus fieles con una norma en forma de tríada: pray, pay and obbey. Es decir, reza, paga y obedece. Hoy, en algunas parroquias, precisamente las más a la vanguardia, se ha añadido una cuarta regla: reza, paga, obedece… y participa.

Licencia para generalizar

Dejando a salvo la idea ya formulada de que cada una de las 244 parroquias del informe es un caso único de éxito, el que esto escribe solicita al lector licencia para generalizar y construir así sobre el papel una iglesia que sea la suma de cuantos más elementos comunes mejor, de tal manera que, aunque no sea posible situarla en mapa alguno, el resultado sí sea verosímil.

Tablones de anuncios

Así, el tablón de la entrada de nuestra parroquia modelo no anuncia solo los horarios de las misas y algún acto ya celebrado hace meses y cuyo cartel alguien, por descuido, hubiera olvidado retirar. El tablón, por el contrario, es un abigarrado y colorido conjunto de actividades en el que cualquiera -y cualquiera significa cualquiera- puede encontrar su lugar y de esta forma hacer rendir sus talentos, ya sea gestionando un presupuesto millonario, ya sea recibiendo con una sonrisa franca y un fuerte apretón de manos a los fieles los domingos.

Misas de diario

En ocasiones, sin embargo, el tablón, por muy surtido que esté, no será suficiente para vencer un principio de resistencia, y será el párroco quien tenga que acercarse a los bancos en busca de voluntarios. No será durante la misa del domingo, con la iglesia a rebosar. Será más bien durante -o mejor dicho después- alguna de las celebraciones de diario. Por la sencilla razón de que el que se acerca a comulgar con cierta frecuencia, aparte de resultarle su cara más familiar al sacerdote, suele mostrar una disposición de compromiso mayor con la parroquia que el que se limita a cumplir con el precepto dominical.

Informe Simon

Lo anterior es así en un porcentaje altísimo de supuestos reflejados en el -por llamarlo de alguna manera- Informe Simon. Cosa distinta será el lugar de reunión del párroco con su equipo. Dependerá, entre otros factores, del tamaño de la iglesia, su presupuesto y el número de fieles y de actividades. Así, encontramos pequeñas parroquias rurales cuyos miembros más activos se congregan alrededor de la mesa de la cocina de la casa cura y megachurches en mitad de grandes ciudades con salas de juntas como las de las de una multinacional.

La lógica de los salarios

No resulta extraño, sobre todo en casos como el inmediatamente anterior, que al desempeño de determinados puestos vaya aparejada una remuneración, en ocasiones, una buena remuneración. No nos referimos, ni que decir tiene, a la ancianita que pasa la cesta de las limosnas, como si el párroco tuviera que pactar con ella una comisión en función de la cantidad recaudada. Nos referimos más bien a cargos cualificados, altamente cualificados, para cuyo desempeño la buena voluntad ayuda, pero no basta. Son cargos que por su propia naturaleza presuponen estudios superiores, exigen dedicación exclusiva (o casi) y precisan de buenos salarios. La cosa tiene su lógica; una lógica endiablada, si se quiere, pero lógica al fin y al cabo. Es el precio, maldita sea, que hay que pagar en ocasiones por ejercer el liderazgo compartido o, como se dice ahora, empoderar a la gente.

Definición de líder

Ya que hablamos de liderazgo, resulta obvio señalar que este ha de sustanciarse en la persona de un líder; en el caso que nos ocupa, un párroco. Pero, ¿qué es un líder? Según Warren Bennis, experto en la materia (negaremos hacer citado a un gurú), ser líder es sinónimo de ser uno mismo. Con lo que cabe interpretar que un párroco ha de ser fiel a su carácter, y por partida doble. Es decir, por un lado ser fiel a sí mismo, a su forma de ser, personal e intransferible, cada uno con sus cadaunadas, sus virtudes y defectos. Y por otro ser fiel al carácter que le fue impreso el día de su ordenación; fiel, por tanto, a su vocación y destino de pastor de ovejas.

Pastores con olor a oveja

Lo que no significa echarse sobre los hombros al rebaño entero. Basta con ser, como pide el Papa, un pastor con olor a oveja, siempre atento y disponible; atento a las necesidades de la comunidad y disponible cuando alguien pueda necesitarlo, sin tener por qué permanecer todo el día encerrado en el despacho parroquial, sino más bien de aquí para allá, ejerciendo su liderazgo o por la vía de la delegación, o por la de rodearse de los mejores para cada puesto, o por la de pedir su opinión al que sabe.

La míes y los obreros

La gente no se va tras la misa, se crea comunidad.

De hecho, de ninguno de los 244 párrocos entrevistados en el Informe Simon se tiene noticia de que la Marvel haya encargado a sus dibujantes un superhéroe inspirado en su figura por la capacidad de cargar él solito, sin ayuda de nadie, con el peso entero de la parroquia. Se acabó, pues, el tiempo de los llaneros solitarios, si es que alguna vez jugaron un papel en la dirección de la nave de Pedro. Que ya Cristo advirtió de que era mucha la mies y pocos los obreros. Y si esto era así en la Palestina del siglo I, lo sigue siendo en la Norteamérica de comienzos del XXI, con solo un cura por cada 1.812 fieles. No queda, por tanto, sino incorporar la fuerza del laicado al gobierno de la Iglesia.

Dios y las cosas de Dios

En primer lugar, por la propia dinámica de las parroquias, empresas evangelizadoras, al fin y al cabo, y entiéndase lo de “empresas” sin el componente del ánimo de lucro. Y en segundo lugar, para facilitar al párroco centrarse en lo que de verdad importa, que una cosa son las cosas de Dios -la escuela parroquial, los campamentos de verano, las obras de ampliación de la capilla, la hoja informativa, los ensayos del coro, la cena benéfica, el mercadillo de Navidad…- y otra muy distinta Dios.

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Un párroco ejemplar

Más arriba, al dibujar sobre el papel la parroquia estándar, pedíamos al lector permiso para generalizar y poder así construirla empleando solo los rasgos más comunes entre las 244 de la lista de Parish Catalyst. Ahora, al hacer el retrato del párroco medio, lo que pedimos es permiso para personalizar en monseñor Lloyd Torgerson, titular de la iglesia de Santa Mónica, en Los Ángeles. La razón es que de los 244 párrocos entrevistados, el único del que disponemos de un perfil completo es de Torgerson, y esto es así porque el director de Parish Catalyst, Bill Simon, es uno de sus más seguros feligreses.

La Iglesia de los no alienados

No obstante, lo que de Torgerson escribe Simon en las páginas introductorias del megaestudio -3.600 páginas, recuerden- es de más que probable aplicación a los otros 243 párrocos. No por nada, sino porque solo curas así, con ese gancho y esa fuerza, pueden llenar iglesias los domingos en unos tiempos en los que los únicos números que crecen en las encuestas sobre religiosidad son los de los no adscritos a confesión alguna o, por utilizar un término probablemente muy de su agrado, los no alienados.

Sin mirar el reloj

En el párroco de Santa Mónica, Bill Simon vio a un sacerdote de verbo arrebatado que, cuando hablaba, parecía que temblaban los cimientos. Sus homilías atrapaban a cualquiera en la primera frase y no le soltaban hasta la última, sin siquiera dejarle resuello para un furtiva miradita al reloj. Tenía el hombre la asombrosa capacidad de contar con lenguaje de hoy una vieja historia -siempre la misma- acaecida 20 siglos atrás, extrayendo cada vez una lección distinta aplicable al momento presente y todo sin repetirse ni comprometer un legado, el de la fe, con 2000 años de antigüedad.

Cantidades ingentes de tiempo

En la descripción anterior van implícitas muchas cosas: por ejemplo, pasión, capacidad, convicción, conocimiento, amor… Cosas que, contra lo que pueda pensarse, no son fruto de la genialidad de un instante, sino que precisan de cantidades ingentes de tiempo.

Una hora por minuto

Así, no es casual que la práctica totalidad de los curas entrevistados en el Informe Simon reconozcan que cuanto más trabajan en una homilía más logran mover con esta el corazón de sus fieles. Si, como sostienen los expertos en oratoria, un minuto hablado supone una hora de trabajo, una homilía de 15 minutos exigiría 15 horas de preparación, y ya todos sabemos lo difícil que es sacar tiempo en este mundo loco en que vivimos, nos movemos y existimos.

Memoria, entendimiento y voluntad

Y todo sin contar con la quietud necesaria para la oración -hablamos de curas, no olvidemos- y para el estudio también, pues no en vano el sacerdocio es una actividad del espíritu y qué mejor que dejarse las pestañas en los libros para ejercitar las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad.

Compartimentos estancos y vasos comunicantes

 

Lloyd Torgerson, durante una misa en Santa Mónica.

Nada de lo anterior sería posible sin el concurso del personal y voluntarios de la parroquia, con lo que el segundo hábito de las parroquias altamente efectivas -el cuidado de la liturgia dominical- no sería posible sin el primero, de la misma manera que el tercero y el cuarto no lo serían sin los dos primeros, de tal forma que los cuatro, más que compartimentos estancos, asemejan vasos comunicantes. Pero estamos todavía en la misa del domingo.

Un librito de aforismos

Puede uno preguntarse por qué los sacerdotes consultados por Parish Catalyst se guardan sus mejores cartas para el último día de la semana, teniendo esta como tiene siete. Responder aquí que la misa es el centro de la vida cristina puede sonar a frasecita sacada con urgencia de un librito de aforismos espirituales. Pero es una verdad que puede constatar cualquiera, incluso los que van poco a la iglesia. La prueba es que cuando alguien pide opinión sobre un sacerdote, lo primero que suele destacarse de él es si resulta pesado o no a la hora de celebrar. Pesadez que las más de las veces no está relacionada con si el cura se alarga o no en la homilía, sino con si la lleva preparada o no.

El medio es el mensaje

Pero la misa no solo es, ni muchísimo menos, la homilía de un párroco. Es, en primerísimo lugar, la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz. Y son también, en infinita menor medida, montones de pequeños detalles: las flores, las luces, el sonido, los himnos, la música… Detalles esforzada y cuidadosamente planificados, y que ejecutados con su debida pompa y circunstancia, sin inercias ni improvisaciones, ayudan a los fieles a adentrarse mejor en el misterio; detalles, en fin, que en última instancia dependen del párroco, que aquí habrá de revestirse no con la capa de Superman, sino con la etiqueta del director de orquesta, que no sabe tocar ningún instrumento mejor que cualquiera de sus músicos pero sin cuya batuta estos sonarán de cualquier manera, cada uno a su aire. Por sintetizar: que el medio es el mensaje. ¿O no lo decía ya McLuhan, Marshall Mcluhan?

Derrotar a Cristo Rey

Porque al final, el debido cuidado en la liturgia es lo que puede marcar la diferencia entre ir a misa en la iglesia al lado de casa o, por el contrario, montarse en el coche y recorrer muchos kilómetros para hacerlo en otra donde la celebración sea como Dios manda. No se trata, ahora bien, de inocular en las diócesis el virus de la competitividad, como el chiste ese de anuncios parroquiales que circula por internet, uno de los cuales reza: “El torneo de basket continúa con el partido del próximo miércoles por la tarde. Vengan a aplaudirnos. ¡Trataremos de derrotar a Cristo Rey!”.

La boca y el corazón

De lo que se trata es de crear un ambiente que invite a llegar un poco antes de la celebración y a no marcharse enseguida termina la misa, tan pronto el sacerdote y sus acólitos hagan mutis por el foro del altar. O por soñar y quedarse cortos, de lo que se trata es de salir de allí con el corazón a rebosar, contando a quien quiera escucharte y también a quien no lo que allí has vivido -¿no habla acaso la boca de lo que rebosa el corazón?-, como queriendo llevarles contigo el domingo siguiente y, por qué no, algún día entre semana.

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Unos forzudos vestidos de blanco

Claro que salir de la iglesia y recorrer jubiloso las calles -¡por mitad de la calzada!- como James Stewart en la última escena de Qué bello es vivir, puede tener unos efectos contrarios a los apetecidos si no se dispone de la suficiente preparación, aparte de que vayan a buscarte unos amables y forzudos señores vestidos de blanco. Con que antes de lanzarse a la predicación extramuros -cuarto hábito de las parroquias altamente efectivas-, es conveniente completar primero el tercero: la debida formación de los catecúmenos.

Reiki en las parroquias

Hasta un 90% de los sacerdotes consultados en el Informe Simon reconoce que el principal activo de sus parroquias es el crecimiento espiritual de sus miembros; crecimiento al que favorece el ambiente anteriormente descrito, pero que es resultado directo de una planificación esforzada y cuidadosa; tanto, como la de la celebración de la misa los domingos o la de la capacitación del personal y los voluntarios; con una diferencia respecto a lo último: mientras los programas de liderazgo pueden ser calcados a los de cualquier escuela de negocios, sin atisbo de espiritualidad alguna, los de catecumenado en cambio son netamente católicos, sin concesiones a la new age como ceder los salones parroquiales para sesiones de yoga o de reiki.

Los hinchas del Liverpool

Lo anterior no significa darle la espalda al mundo ni salirse de la corriente de la Historia. La prueba es que junto a prácticas piadosas que cuentan con la garantía de eficacia de los siglos, como el rezo del Rosario, la Adoración Eucarística o los Ejercicios Espirituales, las parroquias consultadas incluyen otras prácticas en fase todavía de experimentación, como los retiros de Emaús o los cursos Alpha, conformando así una muy surtida oferta, además de lanzar el mensaje de que no se trata de romper con la tradición, sino más bien de superar inercias. Y todo subrayando el papel de la comunidad, pues si bien la salvación es individual, aquella se alcanza mejor acompañado, como antes de cada partido se encargan de recordar los hinchas del Liverpool a sus jugadores cantándoles que nunca caminarán solos.

Un flechazo de Dios

Aunque no es futbolístico el símil que mejor encaja aquí, sino de nuevo el de los vasos comunicantes. Porque quien se apunte a uno de los retiros anunciados en el tablón y tras unos días a remojo de Dios sienta como un flechazo, entenderá que no hay sitio mejor para sustanciar ese amor primero que la parroquia, con lo que el hábito número tres queda conectado con el uno y, como se verá seguidamente, también con el cuatro.

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De par en par

Web de la Parroquia de Santa Mónica www.stmonica.net.

Es una regla de prudencia, durante la Adoración Eucarística o el rezo del Rosario, dejar un hueco libre no sea que se presente alguien a quien no se espera. Y si finalmente no aparece nadie, quizás haya que salir -ahora sí que sí- a las calles a buscarlo. Que no se trata -lo dicen los párrocos consultados- de constituirse en exclusivo club social. Pero tampoco, ojo, de llenar las iglesias con pobres transeúntes conducidos hasta allí a empellones. De lo que se trata es de dejar las puertas y ventanas abiertas de par en par. Las físicas, sí, pero también las virtuales. Haciendo uso también, o sea, de las infinitas posibilidades que ofrece internet al mundo hoy.

Blogs, streaming, podcasts

A este respecto, de las 244 parroquias del Informe Simon, es rara la que no cuenta con su propia página web, donde cualquiera puede consultar algo más que los horarios de misa. De la misma manera, raro es el párroco que no publica sus homilías en un blog o las emite por streaming o las archiva en un podcast. Ahora bien, al igual que el resto de lo que aquí se ha relatado, y según opinión de los curas más populares de Estados Unidos, las nuevas tecnologías tienen su razón de ser en las parroquias si son un medio para el encuentro personal con Cristo, no un fin en sí mismas.

Viejos traumas

De ahí que, además de tener cuenta en Twitter y en Facebook, las parroquias -las más punteras, al menos- estén ensayando también métodos de apostolado tan antiguos como el puerta a puerta, hasta ahora reservado -o eso parecía- a otras confesiones, superando así viejos traumas que hunden sus raíces en la época colonial, cuando sobrevivir y no evangelizar era lo importante. Como muestra, dos botones: las leyes de la colonia de Virginia de 1642 y las de la colonia de Massachusets cinco años después prohibiendo los asentamientos católicos.

Con la puerta en las narices

Pero los tiempos han cambiado, hasta el punto de que en fecha tan reciente como 2015 seis de los nueve miembros del Tribunal Supremo eran católicos, lo mismo que un tercio de los congresistas y el mismísimo vicepresidente de la nación. Con que no parece haber excusas para retardar ni un minuto más el inequívoco mandato de Cristo: id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Sin miedo, como le hubiera gustado a Juan Pablo II. Aunque le den a uno con la puerta en las narices. Que ya lo dice Francisco: siempre será mejor una Iglesia accidentada por salir a la calle y tropezarse que enferma por quedarse en casa aferrada a sus propias seguridades.

Donuts y café

Porque al final, la historia esta no parece ir de volver a sentir el familiar olor y sabor a café y donuts recién hechos a la salida de misa los domingos; va, más bien de lo que le sucedió a Bill Simon, que un día se levantó a comulgar con la impresión de formar parte de una fila cuya longitud no se medía en metros, sino en siglos, y la consiguiente necesidad de salir al mundo y contarlo, como queriendo incorporar así a la cadena a cuantos más eslabones mejor.