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El ser humano… cosa difícil. Nada nos resulta más familiar y al mismo tiempo más oscuro. Y puede que sea precisamente esa familiaridad, esa cercanía, la que nos impida una visión panorámica del asunto, siendo el asunto usted y yo. Pero qué hacer. No podemos delegar la respuesta, pues ninguna otra entidad sublunar está capacitada para plantearse una cuestión de este tipo. Somos la única criatura que se desconoce, o mejor, que se sabe desconocedora; la única que, en el acto de mirarse, un poco como Narciso, se curva hasta adquirir la forma de un signo de interrogación.

Es natural, por tanto, que Javier Aranguren haya titulado su último libro en modo de pregunta: ¿Qué es ser un ser humano? (Rialp, 2024). Y aunque habría sonado mejor ¿Qué es un ser humano? ―para evitar el “ser un ser”―, reconozco que su título parece más exacto. Se ha dicho: contestar qué diablos es un hombre requiere serlo en primer lugar. El definidor es siempre, en este caso, a la vez el definido. Además la contestación nunca será inocua. Escribió Arnold Gehlen: «el hombre es el único animal que debe saber quién es para serlo». De este modo, equivocar la respuesta puede suponer equivocar la vida, quedarse a medio hacer… morirse crudo.

El prurito de exactitud, evidente en el título, caracteriza al gremio de los pensadores y, a veces, deriva en una jerigonza agotadora o directamente incomprensible para los profanos. No es el caso de Aranguren, a quien lo filosófico no quita lo didáctico. Se nota que su discurso ha sido acrisolado por años de tiza y pizarra, por ejemplo en el paso elástico pero firme de sus argumentaciones. Es fácil leer en soledad, asentir y dar algo por entendido; pero nada como intentar comunicar ese algo: estructurarlo y someterlo a las dudas de varias generaciones de chavales. Así, poco a poco, curso tras curso, uno va intimando con la esencia de aquello de lo que se dice profesor. Las ideas, así como la formulación de las mismas, se vigorizan en el proceso de ser trasmitidas.

También se nota al profesor en el estilo. Sin rebajar la profundidad ni realizar negligentes trueques terminológicos, el texto abunda en ejemplos vivísimos y referencias a la cultura popular. Al fin y al cabo, se sepa o no, todos los frutos culturales transparentan una filosofía. En este ensayo se percibe al profesor, entregado, vocacional, devanándose los sesos para que el pensamiento resulte lo más encarnado posible.

¿Qué es ser un ser humano? gira en torno a las clásicas discusiones sobre lo que determina a la raza humana. Por ejemplo, partiendo de la metafísica aristotélica, Aranguren se faja para explicarnos por qué no somos ni almas cautivas en cuerpos ni cuerpos privados de alma, por más que haya quien lo parezca, en especial lo segundo. Partidario del hilemorfismo, dice de nosotros cosas bellísimas, eso sí, a la filosófica manera. Nos llama materia formalizada ―no me digan que no es para sonrojarse―, cuerpos animados, un compuesto que no resulta de echar en la olla mitad de cuerpo y mitad de alma, sino algo más sutil y mejor ligado, algo que, si me disculpan el desbarre, calificaré de simbiótico.

Otro asunto controvertido sería hasta qué punto nos diferenciamos del resto de seres vivos. Y si bien hay quienes, recurriendo al humanísimo autodesprecio, pretenden equipararse en dignidad a sus mascotas, en el fondo todos intuimos un salto cualitativo entre nosotros y el resto de criaturas del planeta. Ernst Cassirer aseguró que, «comparado con los demás animales, el hombre no solo vive en una realidad más amplia sino, por decirlo así, en una nueva dimensión de la realidad». ¿Y en qué consiste esa «nueva dimensión»? Pues en la excentricidad, entendida como la capacidad y tendencia a contemplar la realidad desde fuera; una ceguera instintiva que, paradójicamente, nos permite ver.

El animal, explica Aranguren, «no logra formar conceptos, no se hace con la esencia de lo otro». Un perro llega a la altura de una rosa, la olisquea, confirma que no es comestible y pasa de largo. Nosotros, en cambio, la reconocemos como tal porque se ajusta a nuestra idea de rosa. Incluso podemos admirar su belleza para después, influidos por ciertas lecturas, dejarnos embargar por la melancolía al asociar la brevedad de la rosa con nuestra condición mortal. Y entonces levantar la vista al cielo y preguntar, quién sabe si al vacío, si acaso perdurar sería más conveniente. Por otro lado, en esa contemplación del objeto, se evidencia el observador, el sujeto, pasajero como la rosa, y sin embargo, a diferencia de la rosa, pensante. De nuevo Aranguren: «Ese punto de vista más-allá-de apunta a la persona, novedad estricta e imprevisible en su singularidad que es testigo de sí misma y de la totalidad del universo».

Y visto así, ¡qué triste se habría quedado el mundo sin nosotros! Apenas un planeta, un simple planeta con sus monos y delfines, sus volcanes y océanos, solo, bostezando, hastiado de girar porque no hay quien lo señale y se esfuerce por entenderlo. Sin nosotros el mundo, cansado de que nadie lo oiga, enmudecería. Por eso Dios nos creó en último lugar. Puede que no estuviéramos en el plan al principio, pero luego, viendo lo creado y comprobando que era bueno, se diría: Compartamos todo esto, creemos a una criatura que vea de verdad. Y aquí estamos, con la mirada afilada, el corazón anhelante y la pregunta en la boca. Lo que se dice un ser humano.