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A menudo, la historia nos presenta giros que más parecen sacados de una novela de Pérez Galdós que de la realidad histórica del pasado. El siglo XIX en España fue un tablero de juego donde damas y peones cambiaban de posición al ritmo vertiginoso de la política y la sociedad. Y en ese entramado de acontecimientos, la figura de Alfonso XII emerge como un personaje sacado de una obra de Zorrilla, un joven destinado a reinar desde su cuna en el Palacio Real de Madrid hasta que la fortuna y la Revolución de 1868 le arrojaron al exilio.

Nacido en el seno de una familia real marcada por la desunión -su madre Isabel II y su padre, Francisco de Asís, vivían en mundos separados, por así decirlo- Alfonso creció entre los muros de una corte en declive. Soldados con el brillo de la gloria y la sombra de la controversia, como O’Donnell o Narváez, desfilaron ante sus ojos infantiles, dejando en él una impronta de lo que significaba el poder y sus fragilidades. El joven príncipe, testigo de un gobierno inestable y una sociedad crispada, no pudo prever que la misma ventana que su madre había abierto para dejar entrar aire fresco, sería la que dejase escapar la corona.

Del exilio a la esperanza de una nación

La Revolución Gloriosa de 1868 puso fin a la monarquía isabelina, y con ello, la familia real tuvo que empacar sus vidas en maletas y cruzar la frontera hacia la incierta Francia. De las comodidades de un palacio a la provisionalidad de un castillo en Pau, la vida de Alfonso y su familia se convirtió en un peregrinar de exiliados, en busca de un hogar y de un destino que parecía haberles dado la espalda.

París se presentó como un refugio dorado, donde la aristocracia del exilio tejía sus telarañas de intriga y esperanza. En la avenida Roi de Rome, el Palacio de Castilla se erigió como un pequeño reducto de la España borbónica perdida, un lugar donde Alfonso, ya adolescente, comenzó a vislumbrar que su papel en la historia de su patria estaba lejos de haber concluido. Con el apoyo de figuras como el marqués de Alcañices, la idea de una “restauración borbónica” empezaba a cobrar forma, y con ella, el destino de un joven que aún no conocía el peso de una corona.

La forja de un rey

Mientras su país experimentaba los vaivenes de una república con gran inestabilidad política, en la penumbra del exilio se dibujaba el perfil de un rey constitucional. Alfonso se educó en la disciplina y los valores de un monarca del siglo XIX, con la mira puesta en una nación que lo reclamaba sin saberlo aún. El heredero al trono de España creció al amparo de una madre destronada y de un mentor que veía en él la esperanza de una dinastía que se negaba a quedar en el pasado.

El reloj de la historia marcaba los segundos con precisión, y cada tic-tac resonaba como el eco de un futuro posible. La Restauración borbónica no era aún más que un sueño, pero en los salones parisinos, entre conversaciones susurradas y planes trazados con la delicadeza de un espadachín, Alfonso se iba convirtiendo en la pieza clave para devolver a España el esplendor de una monarquía que, a pesar de sus defectos, muchos añoraban.

El camino de Alfonso XII desde el exilio hasta el trono fue un tejido de circunstancias y ambiciones, de lealtades y traiciones. Una danza delicada en la que España se disponía a dar un nuevo giro, con él como protagonista inesperado de un tiempo nuevo.

Mientras se formaba en los códigos y las artes de la realeza, España vivía inmersa en un torbellino de cambios y efímeras esperanzas. Tras la efervescencia de la Primera República y la inestabilidad que la caracterizó, el país se encontraba en una encrucijada, buscando una salida al laberinto de sus propias desdichas. No en vano, el eco de los cantos republicanos todavía resonaba en los oídos de una población marcada por las cicatrices de los enfrentamientos políticos y la crisis económica.

Los arquitectos de la Restauración

En este contexto, personajes como Antonio Cánovas del Castillo, artífice y maestro de la política, tejían bajo la media luz de los despachos de la capital la trama de un retorno monárquico. Cánovas, con la perspicacia de un ajedrecista, consciente del tablero en el que jugaba, movía sus fichas con la convicción de que solo un Borbón podría traer la estabilidad que España necesitaba. Alfonso XII se perfilaba como la promesa de un reinado moderno, que aunara las tradiciones monárquicas con el espíritu de la constitucionalidad.

En el exilio, mientras tanto, Alfonso se convertía en un joven culto y decidido, formado en la rigidez militar y en el conocimiento de las lenguas y la diplomacia. Pero, sobre todo, se educó en la resiliencia, esa capacidad para resistir los embates del destino y para entender que, a veces, el camino al trono no es directo ni sencillo.

El retorno del rey

El día en que Alfonso XII cruzó la frontera de regreso a España, se cerró un capítulo de su vida tan intenso como formativo. Era el 9 de enero de 1875; ese día, la ciudad de Barcelona abrió sus puertas al joven monarca, recibiendo al heredero de la corona en medio de una mezcla de expectativas y anhelos de un pueblo que se debatía entre el recuerdo de luchas fratricidas y la sed de un porvenir próspero y estable.

Su entrada triunfal en Madrid, que tuvo lugar el 14 de enero, fue la culminación de un retorno cuidadosamente preparado y deseado, especialmente por aquellos que veían en él la posibilidad de una nueva era de concordia y avance. La proclamación de Alfonso XII como rey no fue meramente un acto ceremonioso, sino el comienzo de una suerte de «cura» que cicatrizaría las heridas de su reciente historia convulsa y haría que la mirada de España se fijase hacia un horizonte de regeneración y progreso. Al menos eso deseaban.

La historia de Alfonso es, sin duda, la de un viaje desde la inocencia de una infancia palaciega hasta la madurez de un monarca que, a pesar de las adversidades, supo ganarse el corazón de la gente. El rey, a su regreso, no solo tuvo que enfrentarse a los fantasmas de un pasado monárquico cuestionado –se ve que su madre no había hecho las cosas tan bien como ella le había contado-, sino también a las expectativas de su pueblo, siempre observante.

Un reinado entre luces y sombras

Al asumir el poder, Alfonso XII se encontró con una España dividida, tanto en la península como en los territorios ultramarinos. Los carlistas, que no habían cesado en su empeño por una monarquía tradicionalista y absolutista, veían en el nuevo rey una figura demasiado contemporánea y liberal. Por otra parte, los republicanos, aún con el sabor amargo de sus efímeras victorias, desconfiaban de cualquier corona, incluso una que se presentaba bajo la promesa de una monarquía parlamentaria.

Cuba era otro problema a parte. El ambiente en la isla era un caldo de cultivo para la insurrección, alimentado por el descontento y los clamores de independencia que retumbaban más allá del Atlántico. La Guerra de los Diez Años (1868-1878) había dejado una Cuba exhausta, pero en sus cenizas persistía la brasa de la rebeldía. El joven monarca, consciente de la importancia de las posesiones ultramarinas para la economía y el prestigio de la nación, se enfrentó al dilema de cómo aplacar las llamas de la guerra sin avivarlas con medidas demasiado severas o concesiones excesivas.

Los carlistas, atrincherados en su visión de una España imperial y omnipotente, criticaban cualquier atisbo de debilidad que pudiera interpretarse como un paso hacia la pérdida de aquella España ultramarina. Los republicanos, por otro lado, cuestionaban la misma esencia de aquellos territorios y proponían soluciones que oscilaban entre la autonomía y su independencia.

Sin embargo, Alfonso, se dispuso a gobernar con un espíritu conciliador y reformista. Su carisma y su disposición para escuchar a todo el mundo le ayudaron a cimentar la legitimidad de su reinado en un terreno que, hasta entonces, parecía hostil; así, tomó decisiones difíciles, intentando equilibrar las demandas de los insurrectos y las presiones de aquellos que en la metrópoli se aferraban a la visión de un imperio español indisoluble. Su reinado sería testigo de cómo la cuestión cubana se convertía en un tema central de la política española, siendo un constante recordatorio de que el poder de la corona se medía tanto por la estabilidad interna, como por la capacidad de mantener la integridad nacional de los territorios más alejados.

La consolidación de un legado

El reinado de Alfonso XII fue también el de consolidación de un sistema político que buscaba combinar la tradición con la modernidad. Las reformas que emprendió, aunque limitadas por las circunstancias de la época y las presiones políticas, sentaron las bases para una España más contemporánea.

Fue con Alfonso XII cuando la figura del rey se convirtió en un símbolo de unión nacional, y su capacidad para navegar las aguas turbulentas de una política llena de retos y peligros demostró que, a veces, la juventud y la voluntad pueden ser tan poderosas como la experiencia y la astucia.

Alfonso XII, pues, no solo recuperó un trono que muchos creían perdido, sino que también logró que su nombre se asociara con un periodo de relativa calma y progreso a pesar de su prematura muerte. Con la partida del rey, España perdió a su rey, pero también al un símbolo de una época. Sin embargo, la semilla de la restauración borbónica que Alfonso XII plantó florecería en años sucesivos, dando forma a un país que, aunque lejos de ser perfecto, se esforzaba por reconciliar su pasado con las aspiraciones de modernidad.