¡Notición! Amazon Prime incluye la serie “V” en su catálogo. Desde aquí animamos a la plataforma a que se atreva -si no lo ha hecho ya- con estas otras, un chute de nostalgia para nosotros, los talluditos alumnos de la EGB.

“V” (1985)

Si anda como un nazi, viste como un nazi y mata como un nazi… ¿seguro que es un nazi? No siempre. Los sábados por la tarde de los 80 podría haber sido un visitante, un reptil de apariencia humana llegado de otro planeta con el propósito de esquilmar los recursos de la Tierra y someter a sus habitantes por la fuerza de las armas y el apoyo de las grandes corporaciones y los medios de comunicación (alquilados al mejor postor, igual que hoy). Siempre cabía unirse a La Resistencia, uno de cuyos grupos autónomos capitaneaba Mike Donovan, un guapo de serie B. Los compañeros de clase que en el recreo se pedían ser los malos, en los 90 se raparían la cabeza, se enfundarían en una bomber, se calzarían unas Dr. Martens y saldrían de cacería urbana los fines de semana, acojonando al personal. A los que se enamoraron fatalmente de Diana, la morenaza en jefe de los malos, no les fue mucho mejor: desarrollaron extrañas parafilias.

“El Equipo A” (1985)

“En 1972, cuatro de los mejores hombres del ejército americano, que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el Gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizás pueda contratarlos…”. Así empezaba cada episodio del Equipo A. Y, la verdad, no se nos ocurre una sinopsis más acabada. ¿Qué podemos añadir? Los nombres de los protagonistas: Hannibal Smith, el jefe del comando; M.A. Baracus, el sargento negro cachas; Murdock, el piloto loco; y Fénix, el playboy. Cómo nos encantaba que los planes les salieran siempre bien.

“El coche fantástico” (1985)

A nosotros, los de la EGB, no nos sorprenden los últimos avances de la robótica aplicados a la industria del automóvil. Supimos de ellos hace 35 años. Kitt, un Pontiac Firebird del 83, nos anticipó un futuro en el que los coches se manejarían solos, entre otras virguerías. A los últimos modelos todavía les queda mucho para parecerse a Kitt. Y aunque algún día lo alcancen -que lo alcanzarán- nunca podrán sustituirlo, al menos en nuestro recuerdo. Kitt, no importa el desguace en el que descansan tus restos, tenemos un mensaje para ti: te seguimos necesitando, igual que te necesitaba el hortera de tu dueño, Michael Knight, agente especial de la Fundación para la Ley y el Orden. (¿Ley y orden?… ¿Ley y orden?… ¿Dónde hemos escuchado eso hace poco?)

“Canción triste de Hill Street” (1986)

El título original era Hill Street Blues. El sentido de “blues” era doble: una canción triste o el nombre con que se conoce a los policías en Estados Unidos, por el color del uniforme. El juego de palabras era intraducible al español. Así que la serie se llamó como se llamó. Y, la verdad, acertamos. La musiquilla de arranque, a cargo de Mike Post, todavía nos transporta a aquellos domingos por la noche, cuando después de cenar, patrullábamos las calles más peligrosas de la ciudad -¿Chicago?- o rellenábamos atestados en una comisaría donde el trabajo se amontonaba, los teléfonos no dejaban de sonar y las únicas pausas que permitía el cumplimiento del deber eran para ir a la máquina del café. Poco nos repetimos a diario la frase del sargento Esterhouse a sus hombres al comienzo de cada episodio: “Y recuerden: tengan cuidado ahí fuera”.

“La hora de Bill Cosby” (1986)

Cuando Bill Cosby presentó el argumento de su serie a varias cadenas, todas se la rechazaron: ¿A quién podría interesar el día a día de una familia de negros pobres? Además, no corrían buenos tiempos para la comedia de enredo, un formato ya agotado, decían los expertos. Finalmente, la NBC apostó por el proyecto, con una condición: la residencia de los Huxtable no podía estar en un gueto, sino en la mejor zona de Brooklyn, como correspondía a un reputado especialista en obstetricia, Cliff, y a una abogada de prestigio y competencia, Claire. ¿Quién fue el listo que dijo que las sitcom habían pasado de moda? Durante cinco temporadas consecutivas, “La hora de Bill Cosby” fue el programa más visto de la televisión en Estados Unidos. El éxito aquí en España no fue menos. El doctor Huxtable fue nuestro auténtico médico de familia. Por eso, años después, nos resistimos a creer que Cosby fuera un tipo sin escrúpulos, un depredador sexual. Culpa nuestra por confundir la ficción con la realidad.

“McGyver” (1987)

Si la organización para la que trabajaba Michael Knight, la Fundación para la Ley y el Orden, seguro que hoy hubiese hecho campaña por Trump, la Fundación Phoenix, que tenía en nómina a McGyver, hubiera apoyado a Biden. Por mucho que se licenciara con honores de las fuerzas especiales, McGyver era un progre, siempre inmiscuyéndose en los asuntos de otros países, con el pretexto de los derechos humanos, en lugar de perseguir a los malos en casa. Pero le admiramos igual. ¿Cómo no hacerlo, si era capaz de neutralizar una fuga de ácido con una barra de chocolate?

La familia Seaver de “Los problemas crecen”

“Los problemas crecen” (1988)

Podemos decir que la familia Seaver era como la familia Cosby, solo que blancos en lugar de negros: un matrimonio de buena posición, con hijos todavía en casa. Un chollo para cualquier equipo de guionistas. La diferencia con Cosby es que ningún miembro de la serie dio después que hablar. El que parecía tener todas las papeletas para ser un pieza, Mike Seaver, el guapo de la casa, resulta que en la vida real es un amantísimo padre de familia numerosa, pastor de una Iglesia fundamentalista, que va por los caminos y los platós predicando la castidad. Su mérito es que las sigue volviendo locas, el tío.

“Aquellos maravillosos años” (1990)

La nostalgia no es ningún error. O no necesariamente. Puede ser también un sugerente ejercicio narrativo. Esta serie -de la que la española “Cuéntame” es deudora- es la prueba. Cada episodio narra el accidentado día a día de un chaval de instituto, Kevin Arnold, en la Norteamérica suburbial de los 60, esa que abandonaba las ilustraciones alegres y confiadas de Norman Rockwell para adentrarse en la contracultural y turbulenta era de acuario. Es curioso: quienes vimos la serie en su momento, relacionamos a Joe Cocker, los Beatles, Jimmy Hendrix The Who, The Doors -la banda sonora de “The Wonder Years”- con aquellos maravillosos 90 de nuestro BUP, cuando nos creíamos capaces de cualquier cosa con la sola ayuda de nuestros amigos.

“Farmacia de guardia” (1991)

De las muchas y muy buenas series españolas nos quedamos con esta por ser quizás la más premiada de la historia de nuestra televisión. La dirigió Antonio Mercero, un maestro del oficio con títulos como “Crónicas de un pueblo” y “Verano Azul”. La peculiaridad de “Farmacia de Guardia” es que fue de las primeras producciones de una tele privada: Antena 3. Narraba la vida de un barrio cualquiera, cuyo punto de encuentro y núcleo irradiador -Errejón dixit- era la farmacia de la licenciada Lourdes Cano. Algunos episodios superaron los diez millones de espectadores.

“Sensación de Vivir” (1991)

Reparto de la serie “Sensación de vivir”

El título original era “90210”, que es el código postal de Beverly Hills, uno de las zonas residenciales más exclusivas de Los Ángeles, en California. Hicieron bien en Tele5 en llamar a la serie “Sensación de Vivir”. Porque eso transmitía cada capítulo: una poderosa sensación de vivir. Hasta el punto de que muchos nos empeñamos en que nuestros padres nos mandaran a estudiar COU a los Estados Unidos, por si con suerte caíamos en el instituto West Beverly High, un paraíso de cheerleaders y quarterbacks. No sabemos de ningún feliz compatriota matriculado allí. Pero sí de varios en la fría Minnesota, de donde eran originariamente los gemelos Brandon y Brenda Walsh, protagonistas de la serie. Tampoco debimos de perdernos nada por no ser figurantes de “90210”. De muchos personajes del reparto supimos años después por ver en las revistas su foto de frente y de perfil tras ser detenidos por la Policía conduciendo borrachos o drogados. Sic trasit gloria mundi. También en Beverly Hills.