Skip to main content

Yo crecí (¡respetadme!) con Calamaro. Corría 1999 y en las excursiones del colegio, yo tenía apenas 14 años, escuchábamos unas cintas de cassette que grabábamos directamente de la radio.

En la mía grabé, sobre otras canciones ya entonces pasadas de moda, los primeros singles de Honestidad Brutal (1999), que ahora cumplen 25 años: Te quiero igual y Cuando te conocí. Desde entonces, puse a Andrés Calamaro en un altar junto San Joaquín Sabina, forjando ambos mi incipiente personalidad en una adolescencia en la que aquellos gustos musicales me diferenciaban del resto de la clase.

La forja de El Salmón

En aquellos años Calamaro gravitaba en una atmósfera autodestructiva. En un pozo anímico, entregado a las sustancias, se convirtió en un eterno insomne que no paraba de componer, un demiurgo capaz de sacar un doble disco con 37 canciones, casi todas buenas, hoy muchos auténticos himnos, seleccionadas de entre centenares de obras escritas en una noche blanca perpetua entre Madrid, Buenos Aires, Miami y Nueva York.

Málaga (España) 25/06/2024 Concierto de Andrés Calamaro en el Teatro Cervantes dentro de El Terral 2024.
Foto: Daniel Perez / Teatro Cervantes

Luego llegaría El Salmón (2000), un Apocalipsis Now de la música, una locura materializada en un disco quíntuple, con 103 canciones donde las hay muy buenas, reguleras, y otras que no sabemos a ciencia cierta si son genialidades o tomaduras de pelo. Un récord Guinness, que casi le lleva al cementerio, del que salió reforzado para volver varios años después como un creador más completo, llenando en los trabajos posteriores su obra de multitud de sonidos populares que le hicieron un cantante, un crooner, más allá del músico, del escritor y del rockero.

Porque Calamaro es una multitud.  Antes de todo esto, con apenas veinte años, en Argentina ya aportaba letras frescas a grupos como Los abuelos de la nada, colaboraba con el mítico Charly Garcia y ya había sacado sus primeros discos en solitario antes de desembarcar en España para  reventar las listas de ventas y los estadios con Los Rodríguez.

Hoy es considerado una leyenda del rock y un maestro para jóvenes como Tangana, y estos discos, entonces vilipendiados y ridiculizados (no ayudaron esas míticas entrevistas, por ejemplo en Caiga quien Caiga, donde Calamaro parecía un boxeador sonado que hablaba en clave) hoy son historia de la música en español.

 La renuncia al progresismo

Cuando conocí a Calamaro nadie hablaba de sus opciones políticas. En los inicios del 2000 no existía eso de la cancelación, al menos no recuerdo algo parecido. El debate, lejos de sus canciones, se centraba en su amistad con las drogas, con Maradona, que podían ser la misma cosa en algunos momentos, y su mimetización con Bob Dylan, al que hizo de telonero también en aquel año de 1999.

Málaga (España) 25/06/2024 Concierto de Andrés Calamaro en el Teatro Cervantes dentro de El Terral 2024.
Foto: Daniel Perez / Teatro Cervantes

Hace bastante tiempo, en el programa de Buenafuente, perpetró unos versos (los ripios son el lado oscuro tanto de Calamaro como de Sabina) en los que declaraba su renuncia a su estatus de progre. Hasta entonces, había defendido la legalización de la marihuana, el aborto en su país y, por supuesto, se había posicionado en contra de la dictadura argentina y en apoyo de las Madres de la Plaza de Mayo. Se definía siempre como un obrero, y hasta dice la Wikipedia que una hermana suya fue de Los Montoneros. Pero ya no quería ser de izquierdas. El detonante de tal declaración fue la obsesión de la progresía española por prohibir los toros, que ha aprendido a amar hasta el punto de convertirse en un aficionado destacado.

En un texto publicado en 2016 en ABC Calamaro se mete en el charco hasta el fondo para hacer una denuncia contra la «izquierda de papanatas». En el artículo habla de su tránsito desde una izquierda revolucionaria hasta su odio visceral actual hacia a una izquierda de narcisistas, charlatanes, inquisidores, puritanos y moralistas, previo paso por una posición de cantante progre y privilegiado desde el barrio de Malasaña.

Hoy Calamaro es un creador maduro pero en forma, como demuestran sus últimas giras en directo, que podría dedicarse a facturar ahora que sus canciones son clásicos y puede llenar cualquier recinto. Sin embargo, el Salmón, que nadó a contracorriente de la industria con sus ciclópeos discos, lanza ahora periódicamente alguna opinión que sabe que va a disgustar a parte del personal, aún a riesgo de ser cancelado por parte de la opinión pública.

Hace  unos años, mientras grababa un disco en directo en Barcelona, pidió a los catalanes presentes que defendiesen el castellano. Se armó la de San Quintín, sonó un «boludo» desde el escenario dirigido a un espectador contestatario… Hace solo un año, en el Starlite de Marbella, al igual que hizo en otros conciertos de esa gira, y antes de sacar un capote para torear a lo Raúl en Cibeles, coreó un «Qué te vote Txapote» como parte de los coros de uno de sus clásicos…

Días atrás, en el teatro Cervantes de Málaga, el cantante se presentó para rendir homenaje a los éxitos de Honestidad Brutal, un espectáculo soberbio en el que el argentino estuvo contenido en lo que a los comentarios se refiere. Se limitó a tirar de oficio y a ganarse al respetable con su nervio rockero. Cuando se encendieron los focos, para poner fin a la fiesta, sonó un pasodoble taurino que Andrés correspondió con varios pases de pecho con una muleta improvisada. El público reaccionó como si viese a Morante en un día bueno. Lo que podría ser una anécdota sin importancia, en la España en la que vivimos se trata de un acto sin igual de rebeldía cultural y política.

¿Qué lleva a Calamaro a hablar o actuar como un kamikaze social? Lo mismo que le incitaba a cantar contra la dictadura argentina: enfrentarse con la palabra a aquellos que le dicen cómo ser y cómo vivir, porque para Andrés la palabra más hermosa siempre será la Libertad y la cultura un arma de defensa personal que debe hacer que nos cuestionemos todo.

Fotografías: Daniel Pérez (Teatro Cervantes Málaga)