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Sí Vd. es joven de veintipocos o treintañero, o si avanza en los cuarenta o cincuenta, peina canas (o no peina ya nada), y no ha oído aún ningún podcast del Club Dalroy, no sabe lo que se pierde: una hora de conversación de amigos que le harán sentir precisamente así, en «casa»: bienvenido y cómodo, escuchando algo siempre interesante. Porque hace ya dos años varios profesores ligados a la Universidad Francisco de Vitoria pusieron en marcha un podcast de carácter semanal que cuenta en su haber con 52 episodios (posiblemente más cuando se publique este artículo) accesibles en diversas plataformas (youtube, ivoox, Spotify, google entre otros). Y, sobre todo, con un público cada vez más grande de incondicionales: porque quien prueba, repite, se hace un entusiasta.

Familia, cultura e Iglesia: el tono y estilo Dalroy

¿Otro podcast… más? En absoluto, los Dalroy cubren, para empezar, un espacio importante y, posiblemente, necesario: el de esa triada que podríamos resumir como «familia, cultura e Iglesia».  Para muchos, el hueco estaba ahí, con una alta demanda, tanto por el tipo de formato (los podcast son siempre «cómodos», te permiten escuchar mientras conduces, cocinas o no duermes, por poner varios casos) como por los temas que permanecen a veces opacos o mal tratados -superficial o de modo simplista a menudo- para un público variado con inquietudes que quiere solomillo, no comida rápida o sucedáneos.

 

 

No hay así nada igual en nuestro país. Tampoco lo hay en el ámbito hispano hablante. Y no sólo en cuanto a temas, sino también en ese estilo y tono que los Dalroy han logrado y que es ya un sello, precisamente, de «la casa».

Como mucho, para los familiarizados con Estados Unidos, el Club Dalroy recuerda algo al Pints with Aquinas (el podcast de Matt Frad), aunque los españoles tienen un carácter propio, que es esa mezcla de sus componentes originarios y también de quienes se van sumando cada semana y dejan su impronta: cada Dalroy se hace con sus invitados.

 Con fundamento, sin solemnidades ni alardes

Santiago Huvelle, Juan Serrano, Javier Rubio, Ana Martínez, Ignacio Pou y David García son, en sus propias palabras, un grupo de amigos que abordan junto a los invitados todo tipo de cuestiones desde una mirada que aúna filosofía, teología, literatura, cine y un largo etcétera anclado también en su propia experiencia vital. Y ahí, en esa mezcla, está la clave.

En el Club Dalroy se habla con fundamento, pero sin solemnidades ni alardes, también, oh, gracias, sin postureos ni cursiladas, algo hoy a menudo excepcional y por eso especialmente agradable (porque sí, se puede ser intelectual y hasta católico y un auténtico cursi o petardo). Católico de universal, de humano y comprensible, cabeza y corazón, testimonio y vida, no teorías o declaraciones.

Una hora que se hace corta

Sobre familia en el programa se ha hablado mucho de paternidad y maternidad, de educación de los hijos, teología del cuerpo, qué hacemos en verano, noviazgo, discapacidad y un largo etcétera, pues los Dalroy son en su mayoría jóvenes padres y madres.

En cultura y libros, desde René Girard explicado para no versados -y comprensible, gracias, gracias- hasta Santo Tomás (también para legos), para qué la universidad, el silencio de Dios en el cine, transhumanismo, ecología, el duelo y el sufrimiento, ciencia y fe, temas variados ampliando horizontes y las ganas de aprender tengas la edad y la formación que tengas.

Dentro de Iglesia han sido especialmente notables los programas dedicados a los tiempos litúrgicos en Cuaresma, Adviento, Pascua o Navidades; también se han tratado temas de espiritualidad, el escándalo del mal, testimonio y vocación martirial (así, sin anestesia) y la dirección espiritual entre otros.

Compañía… y mirada

La declaración de los propios Dalroy «Queremos acompañar a todos los católicos que quieren mantener una mirada cristiana sobre el mundo y a todos aquellos que se sientan atraídos por esta mirada. Todos sois bienvenidos» se hace realidad en cada programa.

Dalroy tiene ante sí un amplio recorrido tras dos sólidos años y un gran público potencial que aún no lo conoce: familias buscando recursos o referencias, jóvenes y profesionales, universitarios, curiosos también, inquietos, personas hartas de superficialidades. Son motivo por eso de mucha alegría y  esperanza y, sí, de un confesado entusiasmo por el solomillo de primera que nos sirven cada semana.