El 3 de febrero de 1522 los ejércitos realistas del Prior de San Juan sofocaban en Toledo el último rescoldo de la Guerra de las Comunidades de Castilla. Allí, María Pacheco mantuvo una suerte de resistencia tras la batalla de Villalar, donde habían ajusticiado a su marido, Juan de Padilla.

Batalla de Villalar

Y es que la cosa seguía calentita desde aquel enfrentamiento en Valladolid (23 de abril de 1521). Además de la ejecución de Padilla, habían caído Juan Bravo y Francisco Maldonado, también cabecillas de la insurrección. Otros, como Antonio de Acuña, fueron sencillamente encarcelados y algunos, como Girón, se habían retirado días antes solicitando el perdón del rey. El 25 de octubre, por mediación de Gabriel Merino, arzobispo de Bari y obispo de León, se firmaba un armisticio con el resto de alzados, comprometiéndose los comuneros toledanos a desalojar el Alcázar y a entregar el control de la ciudad al prelado real.

En esos momentos María Pacheco pensaba que era lo mejor, capitular y detener lo que podría derivar en una represión sangrienta. Las Comunidades no tenían sentido, no iban a ganar. Además, los acuerdos de paz eran muy beneficiosos; delitos tan graves como rebelión y sedición, en cualquier otro estado de Europa, eran castigados con el destierro de la familia de los condenados, cosa que no aplicó don Carlos. Quizá esa decisión tan benévola se debió a unos problemas en Navarra con los franceses, que obligaron  al monarca a tomar una solución expedita y sencilla, buscando la aceptación automática para garantizar una retaguardia tranquila.

A espadazos por Toledo

Pero poco a poco el ambiente en Toledo se fue volviendo desconfiado. Entre la burguesía urbana comenzaba a correr el rumor de que el rey no iba a respetar lo firmado, de que finalmente los iba a desterrar o a someter por la fuerza. No lo iban a consentir y comenzaron a salir agitados a las calles. Hubo detenciones y gritos de ¡Comunidad, Comunidad! El arzobispo tuvo que poner en alerta a sus hombres e intentó poner orden hablando con los notables de la ciudad, pero no le hicieron caso. En última instancia, subió al balcón del ayuntamiento para leer en voz alta el tratado que habían firmado esos mismos que volvían a sublevarse.

Pero esto solo sirvió para echar gasolina al fuego. Los comuneros, con María Pacheco a la cabeza, prácticamente mandaron callar al padre Merino y comenzaron a exigir la liberación de un preso que había sido detenido la noche anterior por gritar proclamas en contra del rey. A los pocos minutos, cientos de comuneros toledanos armados partieron en dirección a la prisión. Otros, también toledanos, pero realistas, intentaron detenerlos gritando “¡Muerte a los traidores!”.

María Pacheco disfrazada huyendo a Portugal

La cosa se fue de madre. El preso fue ahorcado antes de que pudieran liberarlo, la facción realista se encerró en la casa de María Pacheco y comenzaron los espadazos por las calles de Toledo. Algunos a caballo, otros a pie, unos fueron a buscar artillería… Cerca de cuatro horas de reyerta hasta que los comuneros se calmaron. María Pacheco, no sintiéndose segura, aprovechó las refriegas para escapar de Toledo marchando al exilio a Portugal. Tras su condena a muerte en 1524, se verá impedida de regresar a Castilla, falleciendo en Oporto en 1531.

Pero, ¿sabemos por qué se llega a este extremo? ¿O todavía nos creemos el cuento romántico de que lo de “los comuneros” fue un alzamiento popular?

Orígenes del conflicto

El detonante es, obviamente, la llegada de Carlos de Gante a España para hacerse cargo del trono de Castilla. Hijo de Juana y Felipe el Hermoso, se había educado en los Países Bajos, por lo que para la nobleza castellano-leonesa no dejaba de ser “un extranjero”.

Además, Felipe y Juana tenían otro hijo, Fernando, del que poco se habla. Un español que llegó a ser Archiduque de Austria y sucesor de su hermano como Emperador del Sacro Imperio Romano. Este infante, nacido en Alcalá de Henares, había sido educado en la corte de la importante familia de los Guzmanes, designados “preceptores” del príncipe por su abuelo Fernando el Católico; es decir, eran los encargados de la educación del muchacho. Esto colocaba a esta influyente familia en una inmejorable posición: serían los “padrinos” del futuro rey de España. Como no podría ser de otra manera, los Guzmanes serían los culpables de aunar a la nobleza leonesa en la aventura comunera.

A la muerte de Isabel, en 1504, la corona recae sobre su hija Juana, pero Felipe parece no querer relegarse a ser consorte. Esta actitud le genera problemas con su suegro y con gran parte de la nobleza, lo que da paso a un periodo de inestabilidad en Castilla que parece solucionarse en la Concordia de Villafáfila, en junio de 1506, donde se reconoce la supuesta enajenación mental de Juana. Esto daba legalidad absoluta para que el Hermoso ejerciese como rey “iure uxoris” de Castilla, retirando también Fernando la protección sobre su hija.

No obstante, este acuerdo fue efímero, pues Felipe muere en septiembre de 1506 y Fernando el Católico toma las riendas de Castilla como regente con la ayuda del cardenal Cisneros.

Como bien recogen las crónicas de este periodo, empiezan aquí a gestarse dos bandos: quienes acataban el mando del rey Fernando y los que no, criticando cada actuación del aragonés sobre Castilla; entre estos últimos ya destacan figuras que luego protagonizarán la Guerra de las Comunidades, como Pedro Girón, que ponían en duda su autoridad. Pese a lo que pasó después, en inicio prevalecía la primera postura.

Concordia de Villafáfila

Durante la regencia de Fernando, muchos nobles habían ignorado llamamientos del rey a las armas y otros se habían encerrado en sus villas, armados y preparados para lo que se venía. Pedro Girón protagonizó una insubordinación que derivó en la ocupación de las tierras del duque de Medina Sidonia, su cuñado. En Córdoba, el marqués de Priego había arrestado a un alcalde puesto por el rey, causando su destierro y desmoche de fortalezas. En los textos de los procuradores de las Cortes de Castilla se lee claramente la situación: “grandes cavalleros provocan muy grand daño e prejuyzio”.

El detonante sería la llegada de Carlos, pero la pólvora ya llevaba mucho tiempo puesta. Los líderes comuneros pertenecían a las aristocracias locales y a la mediana nobleza con unas ambiciones personales heredadas del feudalismo, al que pretendían aferrarse.

Aprovechamiento político

Probablemente el estudio de Nuria Corral (Discursos contra los nobles en la Castilla tardomedieval, Ed. Universidad de Salamanca) sobre los textos habidos desde el reinado de Juan II hasta la Guerra de las Comunidades, en tiempos de Carlos I, es de los pocos trabajos donde se puede ver, sin manipulación ideológica alguna, lo que pasó realmente. Cuando un suceso histórico está demasiado manido, las fuentes primarias son las mejores para desaprender y volver a entender lo sucedido.

Como bien sabemos, este conflicto ha recibido demasiada atención política, con lo que eso implica: perspectivas distorsionadas, buenos y malos, subvenciones para imposición de las ideas, presentismos… incluso se ha transformado en una supuesta revolución liberal o una “revolución burguesa” (en sentido contemporáneo), siendo mucho más correcto decir que se trató de la última insurrección medieval con un apoyo popular muy posiblemente movido por la propaganda —cosa obviada en la mayoría de tesis sobre los acontecimientos—; algo que en Castilla llevaba sucediendo desde que los Trastámara aparecieron en el tablero de juego, allá por 1350.

Los pasquines antimonárquicos distribuidos por la ciudad eran claros. Este circuló por Valladolid al poco de la llegada de Carlos a Asturias:

Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor.

Estatua de Juan de Padilla en Toledo. Fuente: ABC

Pero, ¿de dónde nos viene este presentismo sobre las Comunidades? Respuesta: ¿qué hay más romántico que unos rebeldes “del pueblo” enfrentándose a un poderoso rival extranjero? Cuando en 1821 —gobernando el Trienio Liberal— se celebró el tricentenario de Villalar, el fantasma de Napoleón todavía bullía por las cabezas de los españoles, apenas lo habían expulsado 7 años atrás. Era un “emperador” que venía de fuera a imponer su régimen por la fuerza sobre los cadáveres del pueblo.

Luego, durante el siglo XX, escritores y políticos avivarán esa llama romántica convirtiendo al toledano Padilla de noble, que pretendía conservar sus privilegios —o aumentarlos—, a revolucionario contra el imperialismo extranjero.

Mitos y realidades

Seguramente 500 años no basten para entender que nada tenemos que ver en la contemporaneidad con los procesos de cambio de la España del siglo XVI y que hay gente que no quiere entender que las Comunidades de Castilla estaban dirigidas por una burguesía urbana que veía peligrar sus posiciones y se negaron a acatar el poder real. Y si Carlos, como rey, trajo a “su propio equipo” de confianza, fue porque la mayoría de sus asesores le recomendaban recelar de la nobleza hispana. Por eso puso en puestos clave a extranjeros, a los hombres en los que confiaba. Por este motivo nombró arzobispo de Toledo a un flamenco o a Adriano de Utrecht como Inquisidor general y regente de Castilla.

La realidad es que lo que Carlos quería era alcanzar la paz en sus nuevos reinos. Necesitaba a esa nobleza, pero sometida, sin excederse en sus condenas. No quería guerras extendidas en el tiempo, como las que todos sus antepasados habían sufrido en España. De ahí que no tardase mucho en promulgar varios “Perdones reales”, como el del 1 de noviembre de 1522, en el que eximía de los delitos a villas y personas implicados en la Guerra de las Comunidades.

Luego vendrían otros, como el de 1526, con los que, poco a poco, iba indultando a la hidalguía que había tenido un mayor grado de implicación en los sucesos. Algunos se suicidaron antes de recibir estos perdones, pero la mayoría, con el tiempo, fueron recuperando sus posiciones y privilegios, aunque ahora supeditados a una soberanía mucho más centralista que no iba a permitir más desórdenes. Quizás, el 3 de febrero de 1522 la nobleza española entraba en la Edad Moderna; un poquito a la fuerza, pero aceptando una nueva forma de monarquía cuya sede imperial fue, curiosamente, la levantisca Toledo.