Tiempos complicados para el flirteo. Ligar se ha convertido en un campo de minas. Hay que pisar con cuidado, pues nos hallamos en arenas movedizas en el arte del cortejo y de las relaciones. Las reglas están cambiando, en parte porque la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres está poniendo patas arriba los códigos de seducción.

David Hume argumentaba, allá por el siglo XVIII, que cualquier forma de relación social requiere de reglas necesarias para la vida en común, incluidas las normas de cortesía que prohibían el uso del lenguaje grosero. Para el filósofo escocés, fuese cual fuese la cultura de un determinado pueblo, debían mantenerse en todos ellos ciertas pautas acerca de lo que es o no adecuado en el trato entre los sexos. Solo así podía haber comunicación mutua, convivencia pacífica y relaciones.

Que un hombre mire de manera insistente o lasciva a una mujer hasta el punto de intimidarla, que mantenga un contacto físico innecesario y no deseado por ella, que le haga bromas sexuales, comentarios ofensivos sobre su cuerpo o su vida privada, o se le insinúe de manera inapropiada, humillante, intimidatoria u ofensiva a través de las redes sociales son algunos de los comportamientos que en la España de hoy en día acaban de incluirse en la categoría de acoso sexual.

Está claro. El juego de la seducción va a cambiar, está cambiando ya. Hay que buscar códigos de comunicación alternativos y respetuosos para ambas partes. Aquellos con los que hombres y mujeres nos sintamos libres y seguros en nuestras relaciones.

Códigos de seducción

Se me ocurre que podríamos volver a ponernos en la cara lunares postizos, o sacar del bolso el abanico, no solo para aliviar acalorados sofocos, o volver al lenguaje del coqueteo a través de los ojos. Si, lo sé, son técnicas de cortejo de otros tiempos y épocas. Pero eran respetuosas, divertidas y me atrevería a decir que eficaces en la mayoría de las ocasiones. Un lenguaje silencioso utilizado en otras épocas, aquéllas en que las mujeres tenían que ingeniárselas para comunicarse con los hombres sin la presencia de un familiar.

Lunares postizos utilizados en la época. Fuente: Early Modern Medicine

La epidemia de viruela que afectó a Europa en el siglo XVII dejó una gran cicatriz en la sociedad de su época al llevarse por delante numerosas vidas, y marcó a quienes lograron superarla. Lunares falsos en forma de corazones, círculos o triángulos comenzaron a ser utilizados por las damas europeas para cubrir las señales que había dejado la viruela en sus rostros.

Con el tiempo, aquellos lunares falsos, de diferentes tamaños, fabricados en seda, satén o terciopelo se convirtieron en un medio de comunicación en el arte del coqueteo. Si un hombre veía a una mujer con uno de ellos colocado en la mejilla derecha o izquierda sabía que poco o nada podía hacer con la dama en cuestión, pues informaba que estaba casada o comprometida. Colocado junto a la boca, abría las puertas al caballero indicándole que la dama quería ligar y estaba dispuesta a tener citas.

Si el lunar viajaba a una esquina del ojo, el romance tenía vía libre para acabar en la alcoba. Las más osadas u osados, pues estos mouches, moscas en castellano, los usaban ambos sexos, se los colocaban en la nariz o llevaban uno en forma de media luna. En ambos casos, predisponía a citas nocturnas.

Era tan cotidiano su uso que a mediados del siglo XVII se publicó en Francia un ensayo titulado Loterie d’Amour. La vie privée d’autrefois donde se hacían observaciones exactas de su tamaño y forma, según los lugares donde eran colocados, fuera en el rostro, en el cuello o en el escote.

El abanico

Igual de eficaz que el lunar en el arte del coqueteo fue el abanico, un complemento que en manos de una dama del siglo XVIII, y bien entrado el XIX, se convirtió en una fabulosa herramienta como arma de seducción.

Su versatilidad fue detallada por un escritor del siglo XVIII llamado Julio Janin: “se sirven de él para todo; ocultan las manos o esconden los dientes tras su varillaje si los tienen feos; acarician su pecho para indicar al observador lo que atesoran; se valen también de él para acallar los sobresaltos del corazón, y son pieza imprescindible en el atavío de una dama. Con él se inicia una historia galante, o se transmiten los que no admiten alcahuete”

Su lenguaje secreto sirvió para comunicarse con discreción. Hay quien opinaba que no se concebía el cortejo ni el amor sin la presencia de un abanico.

Mal asunto si la dama se abanicaba despacio, pues el caballero que intentaba acercarse a ella no le interesaba lo más mínimo. Si desconfiaba de él le bastaba con apoyar los labios sobre el artilugio aventador. Si carecía de novio, se abanicaba lentamente sobre el pecho, y si lo había, nada mejor que abrirlo y cerrarlo rápidamente.

Cuando a una mujer le interesaba un hombre daba un primer paso acariciando con su dedo índice las varillas del abanico: “tiene usted permiso para hablar conmigo”. Si aquel primer encuentro era satisfactorio y se querían citar para otro día, el abanico hacía las veces de reloj abriéndose un determinado número de varillas.

La relación se convertía en secreta, nadie podía enterarse. Si se intuía que había alguien observándoles se agitaba el abanico con la mano izquierda o se cubrían los ojos con éste abierto.

Te quiero y te lo digo cubriéndome los ojos con el abanico abierto. Me ama con locura pues acaba de apoyar el abanico sobre el corazón. Si lo cierra y lo toma con la mano izquierda, soy el hombre más feliz del mundo, acaba de decirme que se casará conmigo. Si se lo da a la persona que le acompaña en el paseo, todo ha terminado entre nosotros.

Al amparo del abanico cada pareja se hacía sus confidencias. Puede que cada una utilizara su propio código o que éste fuera conocido por toda la sociedad de la época. Hay interpretaciones para todos los gustos. No podía ser de otra manera. Decenas de ojos les observaban.

Los ojos también hablan

Dicen que la mirada es la más asombrosa técnica humana del cortejo. En 1891 el periódico Herald de Plymouth, Nueva Zelanda, publicó bajo el título, Eye Flirtation, las claves del lenguaje del coqueteo con los ojos.

Guiñar el ojo derecho quería decir: te quiero. Hacerlo con el izquierdo: te odio. Guiñar uno detrás de otro: sí. Hacerlo a la vez: nos observan. Guiñar el ojo derecho dos veces: estoy comprometido; hacerlo con el izquierdo: estoy casado. Bajar los párpados: ¿puedo besarte? Levantar las cejas: bésame. Cerrar el ojo derecho lentamente era decirle a una mujer lo bonita que era; y colocar el índice derecho sobre el ojo izquierdo, decirle a él que era guapo. Si la pregunta era “¿me amas?” el índice, esta vez, debía colocarse sobre el ojo derecho. Y si alguien se había pasado de la raya, ponías el meñique derecho sobre el ojo derecho: “¿¡no te da vergüenza!?”. En definitiva, era incompatible mantener una relación y jugar al mus, si se me permite la humorada.

Las nuevas formas de ligar en uso no significan que se tengan que eliminar usos pasados. Con respeto todo se puede. Gentileza y cortesía son sinónimos que conllevan actos que no tienen por qué caer en desuso. Sin embargo, estamos en un cambio de época en el que los códigos culturales propios del cortejo andan revueltos.

Adolescente de 15 años en la era de las redes sociales: “punto y digo si me lío”. Un código del flirteo del siglo XXI.