El 14 de octubre de 1888 amaneció frío en Leeds, al norte de Inglaterra. Ese día, el (años después) misteriosamente desaparecido inventor francés Louis Le Prince filmó a su hijo, su esposa y sus suegros en el jardín de la casa familiar. Jamás pensó que “La escena del jardín de Roundhay” (Roundhay Garden Scene, que así se llamó para la posteridad) significaría el pistoletazo de salida para el nacimiento del cine: una industria multimillonaria, fábrica de emociones, usina de sensaciones y, en definitiva, factor fundamental para comprender la existencia humana desde el siglo XX hasta nuestros días.

Resulta prístino a los ojos de cualquiera que todo discurso artístico encierra una potente carga ideológica. No es extraño, pues, que el crecimiento del Séptimo Arte haya acompañado el discurso político imperante en cada etapa histórica que atravesó. Planteado este escenario, el cine (por derecho propio) no sólo le dio un marco al momento sino que, en muchos casos, construyó climas de época.

La corrección política de nuestros días, verdadera censora y moderadora de aquello que los espíritus castos y puros deben ver, leer y entender, tornaría imposible que gran parte del buen cine que marcó nuestra vida (y la de nuestros padres y abuelos) se disfrutara en pleno siglo XXI; para muestra, un botón: El cantante de jazz (The Jazz Singer, Alan Crosland, 1927), la primera película con sonido sincronizado, sería “inestrenable” hoy por la representación que de los negros hace el protagonista mediante la técnica del blackface (en castizo, pintándose la cara), algo imperdonable en nuestros días.

Decía el gran Hércules Poirot que la realidad tiene la obligación de ser interesante. La siguiente lista, arbitraria y limitada como toda nómina circunstancial, contiene algunas gemas audiovisuales que cumplen de sobra esa condición. Indiscutiblemente imperdibles y absolutamente entretenidas, nadie en su sano juicio (y que aspire a pensar libremente) debería dejar de verlas.

1. El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, David W. Griffith, 1915)

Una de las primeras producciones importantes de Hollywood (todavía durante la época “muda”) y un sambenito para su director, quizá el padre de los magnates cinematográficos. Protagonizada por Lilian Gish, quizá la pionera de las estrellas del Séptimo Arte, El nacimiento de una nación narra la historia de los Estados Unidos a partir de la Guerra de Secesión, pero desde el punto de vista sureño, llegando al extremo de mostrar a los miembros del Ku Klux Klan, en el contexto posbélico de revanchismo y desquite, como auténticos patriotas; el Klan utilizó fragmentos del filme a la hora de reclutar seguidores.

Ante la polémica generalizada, Griffith pretendió limpiar su imagen con el estreno, años después, de Intolerancia, venerable filme que describe diversos hechos de injusticia y persecución política. Sin embargo, la suerte ya estaba echada.

2. Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, Victor Fleming / George Cukor / Sam Wood, 1939)

Quizá la primera de las superproducciones que hicieron historia en el sentido real del término y un verdadero icono del cine universal. La adaptación de la novela de Margaret Mitchell, que narra la vida en una plantación de algodón ubicada en Georgia (“Tara”) durante la Guerra de Secesión y las vicisitudes de sus habitantes se convirtieron en parte del acervo cultural occidental. En una época donde las imágenes generadas por ordenador (o el ordenador mismo) no eran siquiera imaginables, Lo que el viento se llevó supuso una revolución narrativa, estética y visual. Con un elenco que puede considerarse un seleccionado (Clark Gable, Vivien Leigh, Olivia de Havilland, Leslie Howard, George Reeves y siguen las firmas), Lo que el viento se llevó arrasó en taquilla (es, con ajuste de inflación, la película más exitosa de la historia) y en los Óscar (ganó ocho estatuillas más dos honorarias). Su legado es evidente en las producciones posteriores, e incluso en la vida cotidiana: frases como “A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre” o “Francamente, querida, me importa un bledo” son hoy muletillas utilizadas por cualquier estadounidense de más de cuarenta años.

Curiosamente y pese a las críticas recibidas por su retrato de los negros como serviles y mansos subordinados del hombre blanco, fue la primera película en obtener un Óscar para un intérprete afroamericano (Hattie McDaniel, Mejor Actriz de Reparto).

3. Sólo se vive dos veces (You Only Live Twice, Lewis Gilbert, 1967)

Es probable que el comandante James Bond, reservista de la Marina Real británica y miembro de la Distinguidísima Orden de San Miguel y San Jorge, agente secreto 007 del MI-6 (actualmente, SIS) y uno de los pocos súbditos de Su Graciosa Majestad con licencia para matar, no resistiera vivir el mundo de hoy.

Imagen de Bond tomando un baño rodeado de geishas

Cultor del tabaco fuerte, las mujeres bellas y el Martini con vodka (“agitado, no mezclado”), este bon vivant letal creado por el novelista Ian Fleming sacudió las conciencias biempensantes desde su primera aparición cinematográfica, en Agente 007 contra el Dr. No (Dr. No, Terence Young, 1962).

Protagonista de más de veinte películas hasta la fecha y encarnado por numerosos actores, en Sólo se vive dos veces nuestro héroe debe viajar a Japón para colaborar con el jefe del servicio secreto de ese país (El Tigre Tanaka), encarnado por el inquietante Tetsurō Tamba. En una de las escenas más memorables de la película, Bond (personificado aquí por el legendario Sean Connery) toma un baño rodeado de geishas ante la atenta mirada de Tanaka quien, didáctico, le explica: “En Japón, los hombres vienen primero; las mujeres, después”. Todo el filme es un despliegue de imperdonable virilidad y demostración de fuerza, así como de defensa del estilo de vida occidental.

No es casualidad que, más de medio siglo después, comience a plantearse la aberrante posibilidad de que quien interprete a James Bond sea una mujer o un miembro de alguna etnia exótica.

4. Boinas Verdes (The Green Berets, John Wayne / Mervyn LeRoy, 1968)

Si John Wayne, nacido Marion Robert Robinson, puede considerarse (más que un actor) un símbolo de la cultura estadounidense es, en parte, por sus firmes posiciones en defensa de “lo americano” y las tradiciones culturales de su país. Luego de ponerse a las órdenes de los más importantes directores de cine de Hollywood (sin ir más lejos: John Ford, Henry Hathaway, Howard Hawks, Josef Von Sternberg, Michael Curtiz y un larguísimo etcétera), Wayne decidió colocarse detrás de las cámaras para dirigirse a sí mismo en Boinas verdes, un potente filme de finales de los ’60.

Concebida como un “aliento moral” a la intervención estadounidense en Vietnam iniciada a finales de los ’50 y que terminaría abruptamente en 1975, la película se estrenó durante el apogeo de la movilización castrense y contó con el apoyo decidido del presidente Lyndon B. Johnson en forma de material, personal y locaciones.

El largometraje (vertiginoso y anticomunista en grado sumo), destrozado por la crítica pero un auténtico éxito de taquilla, describe la actividad de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos (coloquialmente llamados “Boinas Verdes”) en el Sudeste Asiático. Contó con la presencia de primeras espadas del cine de acción de los ’60 y los ’70, entre los que podemos mencionar a David Janssen, Aldo Ray, Jim Hutton y, curiosamente, Patrick Wayne, hijo de John.

Como nota de color, podemos mencionar el tema musical de cierre, la Balada de los Boinas Verdes (Ballad of the Green Berets), que lanzó a la fama al sargento Barry Sadler, uno de los pocos militares (sino el único) en triunfar como intérprete musical.

5. Bananas (Woody Allen, 1971)

Si Woody Allen es la incorrección política por antonomasia, Bananas es probablemente su obra más cáustica (para el contexto en el que fue filmada) y menos conocida por el público actual.

La historia es simple: un neoyorquino tímido y apocado (Allen, como siempre, haciendo de Allen) se ve envuelto en la revolución socialista que tiene lugar en una republiqueta caribeña (de ahí el título). Estrenada en pleno apogeo del castrismo y en el marco de la Guerra Fría, Allen se mete con todas las instituciones venerables de la época. Nada queda en pie: los revolucionarios barbudos, el lobby judío estadounidense, el foquismo guerrillero alentado por la Unión Soviética y el estilo de vida americano. El director de joyas como Annie Hall, Manhattan o Match Point aprovecha el filme para meterse con todas las “vacas sagradas” del pensamiento sesentista: entre los personajes desfilan pensadores existencialistas, intelectuales jipis, gurúes new age y demás fauna. A casi cincuenta años de su estreno, continúa siendo fascinante. Mención aparte merece la aparición, en sus primeros pasos cinematográficos, de un imberbe Sylvester Stallone.

6. Defensa (Deliverance, John Boorman, 1972)

De un tiempo a esta parte se afincó en nuestras mentes la firme creencia de que la vida silvestre es amable, el campo es hospitalario y la naturaleza es innegablemente simpática. Walt Disney, ese gran demiurgo de nuestras vidas, tuvo mucho que ver con eso.

A contradecir esta hipótesis vino John Boorman a principios de los ’70, un injustamente minusvalorado cineasta inglés que cuenta en su filmografía con títulos como A quemarropa, Zardoz, El exorcista II, La selva esmeralda o El sastre de Panamá, entre otras.

Defensa, su quinto largometraje, cuenta con un título original mucho más inquietante y clarificador (Deliverance): una palabra que, como en aquella canción de Paul McCartney (“Hope and deliverance”), significa más bien “liberación”; liberación ya veremos de qué.

Escena de Deliverance en la que se toca “Dueling Banjos”

El filme describe las desventuras de un grupo de urbanitas (Jon Voight, Burt Reynolds, Ned Beatty y Ronny Cox) que deciden emprender una excursión de pesca en una zona que desaparecerá durante la construcción de un embalse. Mal recibidos por los lugareños, el viaje se convierte en una lucha por la supervivencia y, filosofía mediante, en una lucha entre la ciudad y el campo desde sus sentimientos más atávicos. Algunos prevalecerán y otros caerán en una batalla sin cuartel donde no habrá piedad y cada quien revelará su verdadera esencia.

El guión de James Dickey, sobre su propia novela, presenta un descenso a los infiernos que perturbó y perturba a cualquier espectador sensible. Sin ir más lejos, Ned Beatty interpreta al primer personaje masculino violado explícitamente en la Historia del Cine.

Con una música adaptada a la tradición sureña (Dueling banjos quedó en la épica de las bandas de sonido del siglo XX), Defensa es un título imprescindible a la hora de entender el cine áspero y duro de la década del ’70.

7. El justiciero de la ciudad (Death Wish, Michael Winner, 1974)

Cuando Bernhard Goetz abordó un vagón del Metro de Nueva York, en las vísperas de la Navidades de 1984, jamás pensó que el día terminaría como terminó. Con tasas de delito imparables y con el Bronx convertido en una jungla urbana, sufrir un robo o una agresión en el suburbano no era improbable: defenderse a tiros de cuatro vándalos, sí. La acción de Goetz que (vale aclarar) terminó en los tribunales, recordó a todos un oscuro filme estrenado diez años atrás, que relanzó la carrera de su protagonista (Charles Bronson) y que derivó en una saga compuesta por la película original, cuatro secuelas y un inquietante remake estrenado en 2018, dirigido por Eli Roth y protagonizado por Bruce Willis.

El justiciero de la ciudad (basada en un libro escrito en 1972 por el popular novelista Brian Garfield) se transformó en el paradigma de lo que en Estados Unidos se llama vigilantism y nosotros conocemos como “justicia por mano propia”. Su trama es de sobra conocida: Paul Kersey, un arquitecto liberal (en el sentido estadounidense del término, claro), de espíritu alegre, tranquilo y pacifista (participó en la Guerra de Corea pero, en tanto objetor de conciencia, cumplió el papel de paramédico) sufre el asesinato de su esposa y la violación de su hija. Estos hechos lo convierten en una fría máquina de matar que, con cierta aquiescencia de la Policía de Nueva York y el predecible apoyo popular, se lanza a limpiar las calles de la Gran Manzana.

El justiciero de la ciudad fue dirigida por Michael Winner, un artesano del cine de acción y suspenso que fue sucedido por J. Lee Thompson, otro grande del cine británico de tiros y persecuciones. La película estimuló toda clase de debates (a favor y en contra del personaje) e incluso provocó que Charles Bronson tuviera que aclarar, pública y televisivamente, que asesinar delincuentes (por malvados que fueran) estaba fuera de discusión. Con la participación de leyendas del celuloide como Vincent Gardenia, Hope Lange o Stephen Elliott, la película marcó el debut cinematográfico de un jovencísimo Jeff Goldblum.

Posdata para economistas: cuenta la leyenda que, en cada retransmisión de la saga, aumentan las ventas de las armas que el protagonista utiliza; verbigracia, el revólver Colt Police Positive o la pistola Wildey.

8. El fuera de la Ley (The Outlaw Josey Wales, Clint Eastwood, 1976)

Hasta mediados de la década del ’60, la cultura popular estadounidense lo llevaba claro. La Guerra de Secesión (1861-1865) había enfrentado a los unionistas del Norte (buenos, industriales y antiesclavistas) con los confederados del Sur (malvados, agricultores y esclavistas). Esta versión de los hechos impregnó las artes en general y el cine en particular. Pocos directores, Clint Eastwood entre ellos, se atrevieron a discutir la idea.

Basada en una novela escrita por el autor cheroqui Forrest Carter, el guión de Philip Kaufman da cuenta de la vida de Josey Wales, un granjero arrancado de su vida pastoril mediante el asesinato de su esposa e hijo por parte de soldados unionistas (sí, los supuestamente buenos). Esto, inmediatamente, conlleva su incorporación a las filas de los inminentemente derrotados sudistas, su conversión en fugitivo errante y su relación con diversos personajes del camino (nativos, mujeres, estafadores y demás fauna). Eastwood aprovecha estos sucesos para describir la decepción y el desengaño que los años de la posguerra (la etapa históricamente denominada “Reconstrucción”) provocaron en los estadounidenses en general y los habitantes del Sur, en particular.

Nota aparte merece la historia de Forrest Carter, que no era indio, no se llamaba Forrest, había sido dirigente del Ku Klux Klan y escribió varias soflamas para George Wallace, sempiterno gobernador segregacionista de Alabama que luego de un atentado que lo alejó de la carrera presidencial se convirtió en ferviente defensor de los derechos de los negros.

El fuera de la Ley fue un auténtico éxito de crítica y taquilla, consolidó a Clint Eastwood como uno de los grandes artesanos del cine moderno estadounidense y figura, con brillantez, en cualquier selección de westerns filmados en el siglo XX.

9. Amanecer rojo (Red Dawn, John Milius, 1984)

Imagine el lector una invasión de los Estados Unidos por fuerzas combinadas del comunismo ateo, materialista y totalitario, específicamente rusos y cubanos. Piense ahora en un pueblo típico del centro-oeste del país: digamos Calumet, en Colorado. ¿Tiene en su cabeza el centro urbano, con sus bares, restaurantes, oficina del sheriff, escuela, correos y equipo de fútbol americano? Excelente. Ese es el escenario de una de las mejores películas de acción que en los ’80 han habido. Hablamos de Amanecer rojo.

Amanecer rojo fue dirigida por el intransigente John Milius, un amante de las armas y los puros que mantiene una relación de amor-odio con Hollywood desde hace décadas y que participó (como director o guionista) en alguna de las mejores películas de la historia del cine (una apretadísima síntesis debería incluir Harry, el sucio, Tiburón, Apocalypse Now, Conan, el bárbaro, La caza del Octubre Rojo y varias más).

Planteada como un futuro posible para la época (impensable para nuestros días, lo cual hace el asunto aún más interesante), Amanecer rojo supuso el afianzamiento en el cine de varios actores y actrices jóvenes como Patrick Swayze, Charlie Sheen, Jennifer Grey y Lea Thompson, así como la confirmación de sólidos veteranos (Ben Johnson, Harry Dean Stanton y Powers Boothe, por nombrar algunos), todos sólidamente apoyados en un gran guión de Kevin Reynolds, quien luego haría su propia e interesante carrera como director. Pero volvamos al principio.

Luego de la llegada de las fuerzas invasoras a Calumet, la sociedad toda decide tomar partido. Se verifican dos corrientes de opinión: colaboracionistas (sobre todo, los mayores) y rebeldes; específicamente, los miembros del equipo de fútbol americano del pueblo, los Wolverines. Y ya que estamos en el baile, querido lector: “wolverine” no es un “lobezno”, como nuestros amables dobladores nos han hecho creer, sino “tejón”; un simpático y belicoso animal de largas uñas y mirada profunda.

Estos Wolverines, decíamos, se convierten en la Resistencia (al estilo de El Empecinado o el Maquis francés) y mejoran día a día sus tácticas guerrilleras contra los ocupantes comunistas, siempre bajo la inspiración del presidente Teddy Roosevelt y sus legendarios Rough Riders. Poco a poco, la moral de los invasores decae; incluso los militares cubanos, antiguos guerrilleros ellos también, valoran y respetan a los jóvenes estadounidenses.

Amanecer rojo fue inevitablemente vilipendiada por el star system progresista, pero tuvo una gran aceptación por parte del público, tiene uno de los mejores carteles de la historia e incluso generó una muy olvidable remake en el año 2012.

10. Un día de furia (Falling Down, Joel Schumacher, 1993)

En una jornada calurosa y agobiante, un padre de familia intenta volver a su hogar. En pleno embotellamiento de tráfico, harto de todo, desciende de su coche y se va, nadie sabe bien dónde.

Michael Douglas en “Un día de furia”

Esta potente secuencia de imágenes marca el comienzo de Un día de furia, gran película del recientemente fallecido Joel Schumacher (1939-2020), director con muy valorables títulos en su haber (Jóvenes ocultos, Línea mortal, El cliente, 8mm y Verónica Guerin, por ejemplo) y siempre menospreciado por la crítica seria. Michael Douglas, en uno de los mejores papeles de su extensa carrera, da vida a William D-Fens  Foster, un funcionario público (como su apodo lo indica, empleado del Ministerio de Defensa) frustrado que no comprende lo insustancial de su vida cotidiana, no acepta su fracaso matrimonial y decide enfrentarse con todos los que, de una u otra manera, lo perjudicaron y lo perjudican.

Mediante un elenco estelar (Robert Duvall, Barbara Hershey, Tuesday Weld y un sumamente perturbador Frederic Forrest), Schumacher da voz al olvidado ciudadano de clase media que, luego de toda una vida de trabajo, ve que su existencia no tuvo sentido ni aportó nada. Polémica y provocadora, el hilo conductor de la película es la confrontación de Foster con los habitantes de la jungla urbana (minorías étnicas, empleados de restaurantes de comida rápida, neonazis y pandilleros) en su proceloso camino al hogar donde nadie lo espera. Nada cuesta identificar a otros personajes agobiados y deprimidos, como el policía pre-jubilado (Robert Duvall), su esposa dependiente (Tuesday Weld) y la inminente ex pareja de Foster (Barbara Hershey), todos ellos hundidos bajo el peso de una ciudad despiadada que no abarca ni contiene a nadie.