Hijo de noble linaje, bien pudo Gonzalo Fernández de Córdoba utilizar sus influencias para lograr un puesto en la corte, lejos de los campos de batalla. Prefirió, sin embargo, la carrera de las armas, las marchas fatigosas, las noches al raso, en definitiva, la vida peligrosa.

Al Gonzalo guerrero lo encontramos en el largo asedio a Granada y al Gonzalo diplomático, negociando con Boabdil la rendición del reino. Completada la reconquista, nuestro hombre es enviado a Nápoles, territorio que arrebatará de manos francesas para devolvérselo a su legítima propietaria: la corona de Aragón.

Su fama de gran capitán no defraudará ni a los suyos ni al enemigo durante la revuelta mora de las Alpujarras, la cual sofocó. Al poco, Francia vuelve a sentir la tentación napolitana, ¿y a quién se envía para poner las cosas en su sitio? Al Gran Capitán, efectivamente.

En esta segunda campaña, don Gonzalo hizo de la infantería española un arma de destrucción masiva, no solo potenciando la fuerza de choque, sino, sobre todo, poniendo a funcionar el genio táctico. El de Córdoba aplicó la inteligencia y el método al campo de batalla, superando así conceptos bélicos propios del medievo. También inculcó en sus hombres una férrea disciplina acompañada de un orgulloso sentido de la pertenencia y el honor, haciendo de la milicia una religión de hombres honrados.

Su dominio del arte de la guerra le valdría a España un imperio.