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Hablar de bravura y pericia castrense es hablar del Tercio de Lope de Figueroa, una unidad de infantería española cuya leyenda se ha ido forjando a fuego, pólvora y acero a lo largo de la historia. Muchos fijan su nacimiento el 27 de febrero de 1566, en Cartagena, y afirman que su historial ha llegado hasta nuestros días. Este Tercio ha estado en primera fila de tantas zarandajas y batallas que contarlas todas nos llevaría una vida.

¿Quién era Lope de Figueroa?

El nombre del tercio está asociado a su maestre de Campo, Lope de Figueroa y Barradas, aunque en las crónicas aparecerá citado de diferentes maneras, según la campaña o la situación en la que se encontrase la unidad.

Lope, siendo un chaval de apenas 16 años, partió hacia Milán con la ilusión de meter cabeza en el Tercio de Lombardía. El granadino no iba de farol, se ve que alistó con ansias y se ganó sus galones: Caballero de la Orden de Santiago, Comendador de Montiel, y hasta Capitán General por las Islas Terceras. Y es que, Lope de Figueroa, fue uno de esos soldados cuyo nombre se convirtió en leyenda, cuyas gestas fueron cantadas por plumas tan inmortales como las de Cervantes, Lope de Vega o Calderón de la Barca.

Nació en 1542 en Guadix, Granada, hijo de noble familia, su padre, Francisco Pérez de Barradas, alcaide de La Peza, y su madre, Leonor de Figueroa, le dieron una herencia de honor y valor que él se encargaría de llevar a nuevos horizontes. Cuando siendo tan joven zarpó hacia Milán, ansioso de abrazar la carrera de las armas bajo la sombra del Virrey Fernández de Córdoba, pocos podían imaginar la popularidad que alcanzaría en el Tercio de Lombardía.

La fama de Lope de Figueroa trascendió su época, y su vida se convirtió en materia de la que los poetas y dramaturgos del Siglo de Oro tejieron sus historias. Su figura se encarnó en las páginas de «El asalto de Mastrique» de Lope de Vega, y Calderón de la Barca lo inmortalizó en «El Alcalde de Zalamea». Luis Vélez de Guevara también le rindió tributo en obras como «El águila del agua» y «El cerco del Peñón».

Las letras de estos autores no solo nos hablan de un hombre, sino de un ideal, de la encarnación de virtudes que el pueblo español ha valorado y admirado a lo largo de los siglos. Es en esos versos y diálogos donde el eco de su espada y su coraje resuenan con una fuerza que ni el paso del tiempo ha logrado aplacar.

Cuentan los cronistas que Figueroa era de una estirpe distinta, de aquellos hombres que no conocían el miedo y cuya sola presencia en el campo de batalla infundía ánimo en los corazones de sus camaradas y temor en el de sus enemigos. Su liderazgo, forjado en la estricta disciplina y el honor de los tercios, se convirtió en un modelo a seguir para generaciones de soldados.

Al hablar de Lope de Figueroa, hablamos también de un legado que trasciende la pura anécdota bélica. Nos encontramos ante un ejemplo de lealtad al rey y al imperio, de un compromiso inquebrantable con los ideales de su tiempo y de una valentía que le hizo merecedor de ser una fuente de inspiración para aquellos que tomaron la pluma y, por supuesto, para los que tomaron la espada.

Los tercios españoles, esas formidables unidades militares que dominaron los campos de Europa durante más de un siglo, encontraron en Figueroa a uno de sus más brillantes representantes. Su vida es testimonio del esplendor de una época en la que España se hallaba en el cenit de su poderío, y sus hazañas son una muestra palpable de la calidad y el coraje de los hombres que la hicieron posible.

Quizás sea ese el mayor tributo que podemos rendirle a este gran soldado de los tercios de España: recordarle no solo como un guerrero sin par, sino como un hombre cuyo espíritu sigue vivo en nuestra memoria colectiva. Mientras haya quien recuerde sus gestas, como la asociación Tercio de Granada, Lope de Figueroa seguirá siendo mucho más que un nombre en los libros de historia.

Será en Monzón, un pueblo aragonés, donde Lope de Figueroa, tras 27 años de servicio, entregó su alma al cielo, vencido no por espada alguna, sino por unas fiebres que lo tomaron prisionero en 1585. Su cuerpo fue sepultado inicialmente en el convento de San Francisco de Mozón, para luego ser trasladado a Guadix, descansando al fin junto a sus antepasados en la iglesia conventual de San Francisco.

Los Orígenes de la Fama del Tercio de Lope de Figueroa

Se suele admitir que Tercio de Lope de Figueroa fue formado en febrero de 1566 en Cartagena, al mismo tiempo que el Tercio de la Armada del Mar Océano con el que comparte historia; pero lo más posible es que este tercio se formase en 1569 para combatir en la rebelión de las Alpujaras. Es lo que tienen las unidades legendarias, puesto que los de Lope de Figueroa no eran un grupo de hombres cualquiera. Imaginad que con unas cuantas prendas de hierro y bajo el estandarte del gran Figueroa, estos tipos se lanzaban a los embrollos más peliagudos del siglo.

Pero hablemos primero de su cuna de fuego: la rebelión de los moriscos del antiguo Reino de Granada en 1569. Don Lope de Figueroa y Barradas, nombre que se debería pronunciar con respeto ahora que conocemos un poco su vida, fue el artífice detrás de la creación de este tercio. Con la bendición del rey Felipe II, este maestre de campo, que más parecía sacado de las novelas de caballería, levantó un tercio con sus respectivas compañías para aplastar la sublevación. Su bautismo de fuego tuvo lugar cuando, bajo la égida de Don Juan de Austria, asediaron y tomaron el pueblo almeriense de Galera en enero de 1570, mostrando desde entonces la fiereza y destreza que les caracterizaría.

Cuando la furia de la rebelión en las Alpujarras se extinguió, el destino llevó al Tercio de Figueroa, que aparece en las fuentes de este conflicto como «Tercio de la Costa de Granada» , a unirse a la Santa Liga, preparándose para una de las más legendarias contiendas navales de la historia: la Batalla de Lepanto. En 1571, embarcaron en Cartagena y, tras reunirse en Barcelona con el resto de la armada, zarparon hacia Italia. En aquel entonces, la unidad de Figueroa, que aparece en las fuentes como «Tercio de Granada» , contaba con entre 1.885 y 2.259 soldados repartidos en catorce compañías, 8 españolas y 6 napolitanas, listos para enfrentarse al enemigo otomano.

El 7 de octubre de 1571, en la embocadura del golfo de Corinto, los españoles y sus aliados avistaron las velas turcas. En aquel día, la historia se escribió con sangre y pólvora, y el tercio de Figueroa luchó con bravura junto a Don Juan de Austria en la galera Real. La victoria de Lepanto no solo fue un golpe a la supremacía otomana en el Mediterráneo, sino que también marcó el punto de inflexión en la historia del Tercio, que absorbió los restos de las compañías del tercio de Miguel de Moncada pasándose a conocer como «Tercio de la Liga» o «de la Sacra Liga» , obviamente por ser el aglutinante de los soldados veteranos de aquel despliegue, es así como aumentó sus filas con hombres como el insigne Miguel de Cervantes.

El Tercio de Figueroa, siguió combatiendo en la región integrado en la flota de la Santa Liga, y participó en la persecución de los restos de la armada otomana. A pesar de no lograr capturar las ciudades de Modona y Navarino, su presencia y su valor fueron incontestables.

Más allá de Lepanto

Pero su historia no terminó en las aguas azules del Mediterráneo. Sus campañas se extendieron después al norte de África y a los campos de Flandes, donde el acero español se midió contra la soberbia de los rebeldes holandeses. Cada paso que daban, cada batalla, cada asedio, eran páginas gloriosas escritas con su sangre y sudor. En el norte de África, el tercio mostró su pericia en el asedio y toma de la Goleta y Túnez en 1573.

La Goleta, una fortaleza cerca de Túnez, era una espina clavada en el costado del cristianismo, un nido de corsarios y piratas al servicio del sultán otomano. Con Figueroa al mando, nuestros valientes tomaron la fortaleza en una operación relámpago y pusieron la guinda al pastel con la captura de Túnez. Aquel fue un verano que marcó el dominio español en el norte de África, aunque, como la arena del desierto, la fortuna siempre está en movimiento.

Dejando atrás las cálidas arenas africanas, el Tercio de Figueroa fue llamado a filas para una empresa aún más ardua: la Guerra de los Ochenta Años. Allí, en las tierras bajas y pantanosas de Flandes, estos guerreros ibéricos mostraron su valía en el fangoso suelo europeo. Desde 1574 el tercio participó en las campañas contra los rebeldes holandeses, una lucha que se prolongaría por años. Su disciplina y resistencia de estos hombres, que no se amedrentaban ni ante las inundaciones, ni ante el frío del norte, ni ante el fuego enemigo, fue un ejemplo para todas las tropas del imperio.

Tras su actuación en la Guerra de Flandes, el tercio fue enviado a Portugal como parte de las fuerzas que intervinieron en la crisis de sucesión portuguesa de 1580. La crisis surgió tras la muerte del joven rey Sebastián I de Portugal en 1578 y la posterior desaparición de su sucesor, el cardenal Enrique I de Portugal, en 1580. Esto dejó un vacío de poder que varias casas reales europeas trataron de aprovechar. Entre los pretendientes al trono estaba Felipe II de España, quien argumentaba su derecho a través de su madre, Isabel de Portugal.

El Tercio de Granada, bajo el mando de Don Lope, participó en la invasión de Portugal liderada por el Duque de Alba. La campaña resultó en la victoria de las fuerzas españolas y la posterior anexión de Portugal al imperio español bajo el reinado de Felipe II, conocido en Portugal como Felipe I.

Se suele decir que la campaña de Portugal fue una de las últimas acciones importantes del tercio de Figueroa ya que Felipe II nombra a su Maestre de Campo general de la gente de guerra de Portugal y capitán general de la costa de Granada, empleos en los que sucedía a Sancho Dávila, fallecido en Lisboa el 8 de junio del mismo año, por lo que tuvo que embarcarse en Cádiz el 26 de octubre hacia Lisboa.

El Tercio es enviado a Flandes en junio de 1584 donde acudirá, prácticamente para ser «reformado» por Alejandro Farnesio finalizando allí su historia. La «reforma» de un tercio es algo así como una desintegración de la unidad pasando las compañías a otros tercios o unidades, estando considerado como algo deshonroso. Un triste final para una unidad veterana.

Un Nombre que Cambia, un Espíritu que Permanece

Precisamente, por ser una unidad legendaria, es normal que muchas unidades posteriores quisieran ser sus herederas. Diferentes autores han querido seguir la trayectoria de la mayoría de las compañías del Tercio llegándolas a enlazar con el Tercio de la Mar Océano, unidad fundacional de nuestra Infantería de Marina creada 3 años antes, pero de la que afirman pudiera recoger su historial.

No obstante, otros, sentencian que el Tercio de Figueroa se extinguió en Namur por aquella «reforma» y que no tuvo ninguna solución de continuidad, teoría apoyada por gran cantidad de documentación de la época.

No se puede obviar que los mandos del Tercio de Granada fueron muy cotizados, por ejemplo, el sargento mayor Hernán Tello se incorporó tras la reforma al Tercio de Bobadilla (o Tercio de Zamora) quedando en una compañía a las órdenes del capitán Manuel de Vega Cabeza de Vaca que también procedía del Tercio de Figueroa, pero que después de la campaña de las Azores había tomado el mando del Tercio de Agustín de Zárate (como si de una «comisión de servicio se tratase»), durando poco en el cargo y pasando directamente luego al de Bobadilla. Es pues, el de Bobadilla, posiblemente el que aglutina los más destacados soldados del Tercio de Figueroa; otra unidad legendaria que engrosará la leyenda de la infantería española saliendo victoriosa de la Batalla de Empel en 1585.

Pero el historial del Tercio de Figueroa sigue una trayectoria más compleja. Se suele aceptar que muchas de sus compañías, más allá de sus mandos, pasan al Tercio de la Mar de Nápoles, el que será después conocido como Tercio Viejo de la Armada que embarcará en 1588 a bordo de la Armada de la Empresa de Inglaterra (la llamada «invencible»). Tras reponerse de la derrota, en 1603, se reestructura en el Tercio Viejo de la Armada del Mar Océano interviniendo en México y la Habana, llegando a combatir contra los holandeses en 1635 en la Bahía de Todos los Santos.

En Europa combatirá también contra Francia (1639) o los rebeldes portugueses (1657) hasta reorganizarse en Córdoba como su Tercio Provincial, perdiendo aquí su carácter marítimo por un tiempo, ya que, en 1672 vuelve a combatir con la Armada recuperando su nombre de Tercio Viejo de la Armada del Mar Océano que, en 1700, es conocido como Tercio de la Armada. Con la reforma borbónica de regimientos se integró dentro del Regimiento de Bajeles nº1 hasta el final de la Guerra de Sucesión que regresará a Córdoba como Regimiento de Infantería perdiendo, ahora sí, totalmente su carácter marino.

A lo largo del torbellino del tiempo, las unidades militares españolas han escrito páginas memorables, adaptando sus nombres y estructuras a los vaivenes de la historia. El Regimiento de Infantería Mecanizada Córdoba nº 10, es hoy el custodio del legado del Tercio de Figueroa. Las opiniones divergen; es un tema que despierta debates acalorados entre expertos y aficionados a la historia militar. Pero si hay algo indiscutible, es que preservar tal herencia es crucial. Ya sea en Córdoba, entre los muros del TEAR de San Fernando o bajo la sombra de Sierra Nevada en Granada, mantener la continuidad de este historial es una tarea de reverberante eco a lo largo de la historia.