En marzo de 2017, el Foro Económico Mundial (WEF) lanzaba un vídeo con todo el aspecto de ser lo que llamamos fake. El vídeo desgranaba ocho pronósticos para el año 2030, lo cual, en labios del WEF, no es, precisamente, una sutileza amistosa. La primera de sus predicciones asegura: «No poseerás nada, y serás feliz». Otra: «Estados Unidos no será la primera potencia mundial». O sea, que la primera potencia será… Uhm, ¿no será el país aquel cuyo último emperador fue un manchú, un tal Pu–Yi? El país de la Plaza de Tiananmén, y del Gran Salto Adelante… La respuesta del WEF resulta esquiva: «Un puñado de países lo sustituirán». Pero, por si quedaban dudas, luego nos aclara: «Los valores occidentales serán puestos a prueba», fórmula un tanto eufemística. Y el vídeo amplía esta insinuación diciendo que las ideas que sustentan la democracia se van a replantear o reconsiderar.

Pero sigamos con el vídeo: «Comerás menos carne», y explica que «no será un alimento básico, para el bien del medio ambiente y de tu propia salud». Otra: «Mil millones de personas tendrán que desplazarse por el cambio climático». Lo que significa un abrumador incremento de la inmigración; y nos advierten: «tendremos que hacer un mejor trabajo de bienvenida e integración de estos refugiados». Porque todo esto se acompaña de un cambio en la terminología; de inmigrantes se pasó a migrantes, y ahora son «refugiados climáticos».

¿Fake o distopía?

Logo del World Economic Forum

El vídeo tiene toda la pinta de ser fake, o bien el tráiler de una película distópica: el fin de la democracia y de la propiedad particular, el advenimiento de un mundo donde comer carne es un lujo —como sucedía en Soylent Green—, donde los países occidentales quedarán hiperpoblados con inmigrantes, las casas serán angostas —y pertenecerán a un difuso y gigantesco fondo de inversión—, y las grandes instituciones nos bombardearán noche y día con propaganda y con soma. Porque el vídeo también habla de viajar a Marte y de órganos fabricados en impresoras 3D para no tener que esperar un donante. El aroma es demasiado futurista, demasiado Blade Runner, como para tomárselo en serio. Sólo falta el personaje de Ryan Gosling con su novia virtual de Joi. Pero no: el vídeo es real, aparece en cuentas oficiales del WEF, y nos expone lo mismo que el resto de los vídeos que aparecen en su página web. Una página web que alterna el tono catastrofista con la promesa de un mundo mejor salvado y liderado por el WEF y sus medidas políticas y, en especial, sociales y económicas. Ciertamente, todo forma parte de eso que llaman «The great reset», concepto intercambiable con el de «New normal» y que se cuela con frecuencia en las intervenciones del presidente Pedro Sánchez, y de sus homólogos. Llevan un año hablándonos de esto, e incluso han llegado a afirmar que la gripe china —o covid, como cada cual prefiera referirse a la pandemia— es una especie de bendición de la Madre Tierra, una ocasión pintiparada para imponer este sueño húmedo del globalismo.

Pero, por imposible que resulte de creer, el mundo lleva avanzando así desde poco antes de que comenzara el nuevo milenio. Casi todo cuanto hace veinte años se antojaba un disparate hoy cuenta con aval de las instituciones, o incluso es ley. Por ejemplo, la Universidad de Vigo, gracias a la financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación, ha comenzado su proyecto «IgualaMÁS», dedicado a estudiar la conveniencia de que un marido le diga a su esposa: «¡Qué buena estás!». Hemos llegado a un punto en que el Gobierno de España propone a las mujeres este lema: «Sola y borracha». Rafa Núñez Huesca tiene una recopilación en Twitter de noticias publicadas en El País en las que animan encarecidamente a no tener hijos, e incluso, no casarse nunca. Medios como The Economist predican de vez en cuando las supuestas bondades de dejar de comer carne, para empezar a consumir… insectos. Lo mismo aplicado a la vivienda: el esquema vital propuesto, precisamente en estos medios de comunicación, consiste en no formar familia y seguir compartiendo piso con amigos, pasados los cuarenta años. Por su parte, el modelo chino no sólo no recibe críticas, sino que está mereciendo halagos; el arzobispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Pontificia Academia para las Ciencias, ha aseverado que este país comunista es el ejemplo mejor logrado de Doctrina Social de la Iglesia. Con absoluto desparpajo, Xi Jinping inaugura Davos y dice: «El mundo no volverá a ser como antes».

Contemplando el trayecto

Portada del libro “La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales.”

Para ver en qué punto del camino nos hallamos, basta echar la vista atrás, y contemplar entero el trayecto. Pocas semanas después de que comenzara la acampada en Sol conocida como 15M, se presentó en la sede de ESADE en Madrid un libro editado por Javier Solana y Daniel Innerarity, cuyo título era La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales. El libro compilaba pequeños ensayos de algunos de los intelectuales orgánicos del globalismo: Ulrich Beck, Michael Zürn, Elena Pulcini, Andreas Metzner–Szigeth, Gurutz Jáuregui, Michael Wieviorka, Ignacio Aymerich Ojea, y varios personajes más que el votante europeo desconoce con gran fruición. En aquellas 336 páginas se postulaba eso que se llama gobernanza global y que, dicho de manera simple, consiste en acumular más poder en organismos como la ONU y conceder creciente protagonismo a China —sobre cuyo régimen político no se emite comentario alguno. Las excusas de Solana e Innerarity eran variadas, pero se centraban en que, dado que vivimos en un mundo del todo interconectado, los problemas y amenazas afectan a todos por igual y, a fin de cuentas, requieren de un gobierno mundial fuerte —que definían como «una gobernanza sin gobierno»— en manos de políticos con mucho rodaje. No en vano, Solana estuvo sentado en todos los Consejos de Ministros de España desde 1982 hasta 1995, ocupó el cargo de Secretario General de la OTAN, y luego el de Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE. Pasó del «no» a la OTAN a dar la orden de bombardear Yugoslavia en 1999. De Innerarity cabría destacar que, a pesar de su defensa a ultranza del globalismo, siempre se ha identificado con todas las metas del nacionalismo vasco —ha sido varias veces candidato electoral de Geroa Bai.

En aquel entonces, la ristra de amenazas que —según los promotores del globalismo— justifican el gobierno mundial era muy parecida a la que hoy se esgrime: el desarrollo sostenible, la limitación de recursos naturales, el cambio climático, la gestión de la tecnología… y, por si las moscas, un cajón de sastre denominado «riesgos posibles aun improbables» en el que entraban «pandemias globales como el SARS» (página 115). Por supuesto, otra de las amenazas era eso que se cataloga en un nuevo cajón de sastre etiquetado como «populismo», y que ya entonces comprendía desde el Tea Party en EEUU hasta los «indignados» que vivaqueaban entre tresillos, flautas y simpáticas pulgas en Sol, o un reciente referéndum en Suiza que limitaba la construcción de mezquitas. Según los intelectuales orgánicos del globalismo, se debía aspirar a una nueva forma de democracia, caracterizada por el voluntarismo político de las instituciones que ellos dominaban y dominan. En el turno de preguntas, durante la presentación del libro, quedó todo claro como el agua del Lozoya. Incluso se negaron a admitir autocrítica alguna, a resultas de los tejemanejes multimillonarios del hijo de Kofi Annan y de otros escándalos relativos a esos organismos en los que debíamos delegar nuestras libertades, en aras de la gobernanza del planeta.

Algunos ejemplos más

Otro ejemplo; en 2016 se publicó en Princeton The Curse of Cash, de Kenneth S. Rogoff, profesor de Harvard famoso, entre otras cuestiones, por un ambicioso libro de 2010 cuya tesis se fundamentaba en un error en una hoja Excel. En The Curse of Cash —publicado un año después en España con el título Reduzcamos el papel moneda—, Rogoff demandaba que casi todas nuestras transacciones se realizaran online o con tarjeta de crédito, no en billetes o monedas. ¿Por qué? Tras muchas excusas sin ningún dato que las razonara, admitía que el dinero en metálico supone libertad para el ciudadano y limitación de poder para los estados. Algo que le resultaba incómodo en un «mundo global».

Otro caso. En los últimos años, y gracias a empresas pantalla, Bill Gates se ha convertido en uno de los principales terratenientes agrícolas de EEUU. Es decir: hablamos de fincas de labor, no para especulación inmobiliaria, sino de acaparamiento de parcelas donde se cultiva maíz o trigo. Según el suplemento económico de Libertad Digital —que cita a la revista The Land Report—, se trata de un total de 108.000 hectáreas, lo que equivale a más de la mitad de la extensión de la provincia de Guipúzcoa. Lo llamativo de este tipo de operaciones legítimas e inteligentes es que su promotor sea uno de los impulsores de esa idea de «no tendrás nada en propiedad». Por no tener, ni siquiera tenemos en propiedad las licencias del Office, puesto que la mayoría hay que renovarlas año a año. Otro tanto podría decirse del interés de casi todas las instituciones en restringir el uso popular del avión o del coche privado.

Sin tener nada, pero con póker genderless

Repartidor de Glovo

En todo caso, no estamos ante un plan perverso pergeñado en oscuros salones, no estamos ante villanos que acarician un gato de angora en su regazo. Todo esto se ha dicho y se dice en público. A mediados de 2018, en una entrevista para Itnig (organización centrada en compañías tecnológicas e inversión) con el patrocinio de Estrella Damm, Sacha Michaud, cofundador de Glovo, glosaba la dicha de ser un repartidor en bicicleta. Michaud venía a decir que el repartidor glover disfruta mucho de su trabajo, no quiere atarse a la seguridad de un contrato laboral, ni tener casa en propiedad ni familia, ni raíces, ni coche, y tampoco disponer de otra opción que vivir de alquiler en donde pueda. A la hora de concretar los números de esta felicidad, y tras mucho tirarle de la lengua, Michaud reconocía que, a lo sumo, un repartidor no puede ganar más de diez euros brutos la hora, en el mejor de los casos. Por término general, la mitad o menos. Parafraseando el título de aquel cuadro, aún dicen que ser repartidor es precario: dentro de poco serán sustituidos por esos robots que llamamos drones. Efectivamente; los drones son los que realizan los repartos en el vídeo del WEF que comentábamos al principio.

Eso sí, desde el propio WEF nos han diseñado una baraja de naipes sin sota, caballo y rey —mejor dicho, sin reina, rey ni el cortesano Jack—, porque ahora nuestras timbas de mus y póker serán genderless. ¿Quién quiere tener una casa en propiedad o un coche, cuando se puede jugar a las cartas con perspectiva de género, o de no–género?

Vídeo completo del WEF: