A sus padres les sorprendía la vehemencia con la que el pequeño Joe seguía los partidos del Chelsea desde el salón de casa. Al fin y al cabo, era un niño sin mayores travesuras en su haber que saltar con sus amigos las vallas de los vecinos, encaramarse a los árboles de los jardines y atiborrarse de la fruta que allí crecía. ¿Pero qué niño no lo hacía en Haverhill, el pueblito de Suffolk en el que Joe vivía con su familia? Cosa distinta eran sus modos de hooligan frente al televisor, una prefiguración de la que sería su vida cuando, años después, los Pearce empaquetaran sus escasas pertenencias en una furgoneta y se mudasen a Londres.

La culpa la tuvo el padre, todo el día dándoles la tabarra a Joe y a su hermano Stevo con que los Pearce no eran mascazanahorias de Suffolk, sino orgulloso cockneys, habitantes de los bajos fondos londinense. Y también la madre, que en la apacible y campestre Haverhill suspiraba con reunirse algún día con los miembros de su extensa parentela, vecinos todos del East End londinense. Si los padres de Joe se habían afincado en Suffolk nada más casarse fue por no poderse permitir un alquiler en la gran ciudad. Por eso, tan pronto les surgió la oportunidad de volver, no la dejaron escapar.

Lo que más llamó la atención a Joe fue la inmensidad del instituto Eastbury, en el que se matriculó; inmensidad en lo que a extensión de terreno se refiere y también por el número de alumnos. Él estaba acostumbrado a la escuelita de pueblo de Haverhill, donde todos se conocían y se llamaban por el nombre. Aquí no. Aquí eras uno más. O uno menos, como los matones de los cursos superiores se fijaran en ti y la tomaran contigo. Joe dejó claro desde el primer día que para malotes, él. Que lo dijera, si no, el joven profesor de matemáticas al que Pearce hizo la vida imposible por convertirle en blanco de sus burlas. No fue casual que el profe fuese de origen paquistaní.

El National Front

Joe Pearce en una charla sobre literatura

Por esos días, década de los setenta, hacía furor en Inglaterra un nuevo partido político, el National Front, nacido como reacción a la llegada masiva de inmigrantes a los barrios populares. En el inicio, la vanguardia del National Front la formaban veteranos de la II Guerra Mundial. Pronto los reemplazaron jóvenes de clase obrera, con la cabeza rapada y botas de punta de acero, mejor preparados para disputar la calle a los elementos de la izquierda violenta que saboteaban los mítines y las marchas del National Front. Sin llegar a adaptar del todo la estética skin, Pearce formó parte de la vanguardia de choque, llegando a acaudillar a las juventudes del partido.

Todo empezó a los 14 años, con el joven Pearce garabateando en los cuadernos y las paredes del instituto el logo del National Front y, ocasionalmente, alguna esvástica. Un año después, ya militaba en el partido, donde no pasaría desapercibido a los mayores.

Por iniciativa propia, Pearce comenzó a editar un fanzine, ‘Bulldog’, que luego repartía a la salida de los institutos de su barrio. El formato estaba inspirado en los tabloides británicos, con artículos cortos y directos. Pearce ideó algunas secciones que hicieron las delicias de la juventud violenta. Una fue la Lista Negra, donde se publicaba el nombre completo, la dirección y el número de teléfono de aquellos profesores acusados de rojos por los alumnos ultras. Otra sección llevaba el nombre de Liga Racista, una suerte de ranking en el que se premiaba el ingenio de las hinchadas de fútbol a la hora de idear cánticos que tuvieran como blanco a los inmigrantes. Y no solo cánticos, también palizas. Los hooligans del Chelsea, el equipo de los amores de Pearce, siempre ocupaban los primeros puestos de la clasificación.

El éxito de “Bulldog”

“Bulldog” fue un éxito; tanto, que pasó a distribuirse no solo en los institutos del East End, sino de todo el país. También en los estadios de fútbol. Los mayores de Pearce en el National Front, lejos de amonestarle por el tono beligerante del panfleto, le hicieron una oferta que no pudo rechazar: incorporarse como trabajador a jornada completa en las oficinas centrales del partido en Teddington, Londres. El joven Pearce aceptó.

Joe Pearce leyendo “El viaje de Bilbo”, uno de sus libros

Cada día, para ir al trabajo, Pearce tenía que coger un autobús y tres trenes, e igual para volver a casa; en total, cuatro horas que dedicaba a la lectura. Leyó todo lo que un joven racista tenía que leer: por supuesto, ‘Mi lucha’, de Adolf Hitler, pero también ‘Imperium’, de Francis Parker Yockey, ‘El gen egoísta’, de Richard Dawkins, ‘Revolución mundial’, de la muy conspiranoica Nesta Webster y, cómo no, ‘Los protocolos de los sabios de Sión’, entre muchos otros títulos.

Rock contra el Comunismo

¿Pearce un ratón de biblioteca? Cualquier cosa menos eso. Allá donde hubiera una pelea, un disturbio, una barricada, allá estaba él, recitando para sí el poema ‘La carga de la caballería ligera’, de Tennyson, con el que se infundía ánimos en los momentos previos a la batalla. Él era, ante todo, un soldado político. Y también un agitador y un propagandista, pues además de ‘Bulldog’, editaba otras publicaciones del partido. Y todavía sacaba tiempo para organizar Rock contra el Comunismo, una especie de festival itinerante y underground de música skin.

Todo lo que hacía lo hacía con un fin: provocar a las autoridades. Si le metían en la cárcel, en aplicación de la leyes antirracistas vigentes en el país, redundaría en beneficio del National Front; si no, Pearce demostraría que dichas leyes eran papel mojado, letra muerta, en un país de tradición y mayoría blancas. Finalmente, tras mucho tensar la cuerda, el joven nacionalista salió esposado del tribunal de Old Bailey hasta el penal de Chelmsford, a sesenta kilómetros al este de Londres, donde cumplió una condena de seis meses por incitar al odio racial. Corría 1982.

El tiempo entre barrotes, Pearce lo planteó como un servicio a la raza y a la nación, repartiendo las horas en la celda entre ratos de estudio y flexiones contra el somier metálico de la cama. Si se venía abajo, cosa que rara vez sucedía, solo tenía que pensar en los sacos con cartas y más cartas de apoyo que llegaban a su nombre y en las pintadas con las que sus camaradas de partido habían embadurnado los muros del país: ‘Libertad para Joe Pearce’.

Libre de nuevo

Cuando pisó de nuevo la calle, lo primero que hizo, después de saborear una pinta de cerveza en un pub, fue retomar su labor de propagandista del National Front, con entusiasmo redoblado. Una vez asegurados los cimientos de su odio racial, Pearce buscó argumentos para rebatir la idea extendida por sus enemigos de que los jóvenes ultras eran, en realidad, las tropas de asalto del capitalismo. Él odiaba tanto a los comunistas como a las grandes corporaciones. Y fue así, tanteando una tercera vía, que cayó en sus manos un autor al que solo conocía de nombre y que sería determinante en su vida: Gilbert Keith Chesterton.

Joe Pearce en una entrevista

Es curioso, pero la lectura de Chesterton se la recomendaron a Pearce dos camaradas suyos de partido, Nick Griffin y Andrew Brons. Griffin y Brons serían noticia años después, en 2009, por haber logrado sendos escaños en el Parlamento Europeo como cabezas de lista del British National Party. Por ese entonces, Pearce ya se ganaba la vida como profesor de Literatura en la Ave Maria University, en Naples, Florida, y era una autoridad mundial en Chesterton y otros autores británicos conversos al catolicismo. Él mismo había sido bautizado años atrás en la fe de Roma. Pero no adelantemos acontecimientos.

En busca de argumentos, el Pearce recién salido de la cárcel devoró a Chesterton, que le llevó a Belloc y a Tolkien y a Newman y a Benson y a tantos otros. Sin darse él cuenta, aquellos autores plantaron en él la semilla de la conversión. ¡En él, cuyo odio por el catolicismo le había llevado a ingresar en la muy protestante, unionista y violenta Orden de Orange!

Vuelta a la cárcel

No fue un proceso inmediato, sino paulatino. Durante un tiempo, Pearce trató de compatibilizar su credo supremacista con lo que leía en las páginas de aquellos libros nuevos para él. En mitad del inútil esfuerzo de este doblepensar, hubo de afrontar una segunda condena penal por la causa de siempre: incitar al odio racial. Era 1985 y en esta ocasión le cayeron doce meses. A diferencia de la vez anterior, entró en la cárcel hecho un lío. Cuando el funcionario encargado de las fichas de ingreso le preguntó su religión, Pearce, sin saber cómo ni porqué, respondió: católico. Y eso que no había sido bautizado. Todavía.

Su primera noche en la prisión de Wormwood Scrubs, Pearce la pasó tratando de rezar, sin éxito, un rosario que alguien le había regalado. No se sabía ni el padrenuestro. Ya lo aprendería. Los meses que pasó preso, empezó a tratar con el capellán de la cárcel y a asistir a misa los domingos por primera vez en su vida. Mucho tuvieron que ver Chesterton y compañía, pero no solo ellos.

En la soledad de la celda, vinieron una y otra vez a su memoria pequeños actos de amor que personas que él consideraba enemigas habían tenido con él, descolocándole: el policía que le prestó dinero para la entrada de un partido de fútbol del que había sido expulsado, el solista de un grupo punk que le invitó a una cerveza a la salida de un debate de radio, el judío activista de las libertades civiles que dimitió de sus cargos porque la organización de la que formaba parte se había negado a defender a unos militantes del National Front -Pearce, entre ellos- a los que la policía había conculcado sus derechos….

Y llegó a casa

Joe Pearce en un evento sobre literatura

Entre rejas, Pearce tomó la decisión de abandonar la política tan pronto pisara la calle. No le iba a resultar fácil. Los últimos diez años había dedicado su vida en cuerpo y alma al National Front. Todos sus amigos militaban allí. Era la razón por la que todavía le dio una última oportunidad al partido. Este se hallaba en guerras intestinas, con unas facciones enfrentadas con otras, y unos íntimos le pidieron que encabezase una lista electoral y Pearce aceptó… a regañadientes. Significa volver a las andadas, enzarzarse en batallas campales, pronunciar discursos que se sabía de memoria, pero en los que ya no creía. Hasta que se le hizo insoportable, abandonó Londres y se mudó al sur de Norfolk, no lejos de Haverhill, el pequeño reino afortunado de su infancia.

En su nueva vida se empleó en un mayorista de 9 a 5. Las noches las pasaba en el pub, donde bebía hasta caer redondo. Para compensar, los domingos asistía a misa, si bien no podía comulgar por no estar bautizado. Pronto cambió su desmesurada afición a la cerveza por la escritura. No sospechaba entonces que algún día viviría de los libros, traducidos a varios idiomas y publicados por los grandes sellos editoriales. Antes fue su incorporación a la Iglesia Católica.

El 19 de marzo de 1989, festividad de San José, Joseph Pearce fue bautizado en la fe de Roma. En la parroquia le invitaron a decir unas palabras. Por primera vez en su vida, no supo que decir. Únicamente, que por fin había llegado a casa.