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Fernando Vizcaíno Casas (Valencia, 1926 – Madrid,2003) fue el autor preferido del lector de “derechas” durante la Transición y el Felipismo. Calificado de “facha” -entre otras lindezas- él mismo se definía como “una persona absolutamente liberal”, pues entendía por “liberal al señor que respeta las ideas ajenas y exige que le respeten las suyas”. Maestro de la ironía, su integridad no le hizo cambiar -como alguno de sus personajes- de “camisa vieja a chaqueta nueva”, en unos tiempos en los cuales ello significaba, como es notorio, ir a la moda. Y no tuvo, además, inconveniente en reconocer que él era “un hombre del 23-F”.

Todavía en vida del autor. En un puesto de libros viejos. En una ciudad mediterránea. Dejé pasar la oportunidad de comprar La senda iluminada, una comedia premiada en el certamen teatral universitario del Colegio Mayor “Pedro Cerbuna”. Se estrenaría en el Principal de Zaragoza el 27 de marzo de 1949. Sin embargo “el éxito de la literatura es siempre fugaz” -le advertiría Alberto Insúa a los pocos meses de su debut-. “Entonces, pecado de juventud, no le hice caso”,  nos confiesa Vizcaíno. Y claro, volvió a insistir con el género dramático pues siguieron Los derrotados y El baile de los muñecos (1950), El tercer hombro (1951), El escultor de sus sueños (1952), Puesta de sol y El fiscal (1956), El sucesor (1963) y Psicoanálisis de una boda (1965).

El hijo del paraguëro

“Ya estamos, señora, frente a Vizcaíno. Mire qué paraguas, mire usted qué bolsos: hoy no hay en Valencia nada más allá…”, se decía en la famosa mazurca publicitaria de ese convulso año de 1934. En efecto, su padre era comerciante, dueño del célebre establecimiento Paraguas Vizcaíno, “para niños de dos a noventa años”. Mirado como era para las fechas, hubo de nacer su único hijo precisamente un 23 de febrero, bien que de 1926, en la plaza de Castelar de Valencia. Vivió su infancia, por tanto, con la inquietud propia de aquellas familias burguesas, testigos del advenimiento de la II República y del traslado del gobierno a la capital levantina durante la guerra civil. En la que es para mí su mejor novela, Zona Roja (1986), vierte sus recuerdos de aquella época, algunos de los cuales ya había esbozado en Chicas de servir (1985) y que completó con La sangre también es roja (1996).

Pero el hijo del paraguëro, como así se proclamaba con orgullo en un artículo de 1980 en Las Provincias, que había estudiado en la posguerra Peritaje Mercantil y parecía seguro sucesor del negocio, está dispuesto a dar un disgusto a don Fernando Vizcaíno Íñigo, pues comienza la carrera de Derecho y la alterna con sus primeros pinitos como cronista cinematográfico y entrevistador, además de tomar el aperitivo en Lara, donde también sacaba a alguna muchacha a bailar el fox o el bolero. Vamos, la vida bohemia y alegre de la cual desconfiaba su padre, que prefería llevar una rutina ordenada con sus paraguas y el vermú en Casa Balanzá.

Madrid

Y sucede lo inevitable. Es el año 1951 cuando se da de alta en el Colegio de Abogados de Madrid y comienza a ejercer. Pronto se especializa en el derecho cinematográfico, y lleva los pleitos de las celebridades en la Magistratura del Trabajo. Para un autor teatral, periodista y escritor imagino que no podía haber mejor práctica forense. ¿No saldrían de todas sus experiencias multitudes de anécdotas y conversaciones interesantes? No hay más que leer El revés del derecho (1973) o Café y copa con los famosos (1975). Porque muchos famosos fueron los que trataron con afecto a don Fernando (y eso en el país, según se dice, de la envidia). Basta repasar los nombres de quienes presentaron sus libros, entre ellos Luis Escobar, Chicho Ibáñez Serrador, José Luis Balbín, Antonio Mingote o Natalia Figueroa, entre otros.

Profesionalmente ya no volverá a Valencia. Hasta su muerte en 2003 trabaja como abogado laboralista, al tiempo que escribe artículos y columnas para periódicos tan opuestos como El Alcázar o Interviú y va agrandando su lista de libros y obras (más de sesenta) con temas que van desde el Derecho al Cine, del Teatro al guion cinematográfico, de la Novela al anecdotario, de la entrevista a la crónica nostálgica o la biografía histórica. Y hasta se estrena como actor, en varias películas de Rafael Gil, basadas en sus novelas.

El humor, la ternura, la nostalgia

Si “el humor es la penicilina del hombre moderno”, la obra de Vizcaíno, rebosante de este antibiótico, fue un magnífico tratamiento para las infecciones de su época. Desde luego no sólo está presente en sus más celebradas novelas, ya que el sentido del humor obedece a un talante, a una forma de comportarse y de afrontar la vida. Y a menudo, cosa rara, a reírse de uno mismo.

Si las alarmantes distopías de Orwell o de Huxley van tomando forma en la actualidad no veo por qué no podemos disfrutar -quizá como antídoto- de la España disparatada de Vizcaíno… hoy tan necesitada de un humor -como quería Lorenzo Villalonga– “desprovisto de agresividad”. Para ello habría que releer Las autonosuyas (1981), uno de sus más aplaudidos títulos, premonitorio de tantas actualidades: En plena Sierra de Madrid, el alcalde de Rebollar de la Mata, Austrasigildo López Roncero, pretende constituir un Ente Autónomo, en igualdad de condiciones que Euzkadi o Cataluña. Ello da lugar a descacharrantes situaciones que eran una crítica a los excesos del incipiente proceso de las autonomías y nacionalidades. Todo ello con una prosa sencilla y divertida, fruto del ingenio de don Fernando.

Pero había también otros lectores, había quienes buscaban la añoranza de otros tiempos, acaso de su juventud. Libros como Mis queridas nostalgias o Contando los cuarenta (1971), La España de la posguerra (1978) o Personajes de entonces (1984) contribuyeron a que ese público, asociado al llamado “franquismo sociológico” viera en Vizcaíno Casas al cronista de una época feliz (con sus dificultades, pero dichosa) y a un defensor de lo que ya se iba diluyendo con la llegada de la democracia. En este sentido no es raro que …y al tercer año resucitó (1978), al partir del supuesto absurdo (y no por ello menos deseado) de la resurrección del Caudillo, se convirtiera en su novela de “historia-ficción” más vendida y significara para Vizcaíno su confirmación como escritor de masas, un auténtico fenómeno sociológico. Con ocasión de una firma en Valladolid, y al final de la larguísima cola, un señor tuvo que aclarar a su esposa: “No, mujer; quien está firmando no es Franco…”.

Si se buscaba el humor o la nostalgia, con sus adiciones de crítica social y política, según los casos y las obras, no menos característica fue la ternura en muchas de las historias y de los personajes. En novelas de carácter sociológico o generacional (por decirlo de algún modo) como Hijas de María (1983), donde vuelve a su Valencia natal o Hijos de papá (1979), con su propia experiencia ya de padre de familia. Personalmente confieso mi debilidad por Entremeses variados (1991), que son las historias noveladas de la serie de televisión El Orgullo de la Huerta, emitidos por Antena 3 en 1990.

El felipismo (1982-1996)

También se ocuparía de él con su acostumbrado humor en novelas como Cien años de honradez (1984), Los descamisados (1989),  …y los 40 ladrones (1994) o Todos al paro (1995). Y para chinchar más a Felipe se animó incluso a escribir una biografía suya, El señor de los bonsáis (1991), donde sostenía la teoría de que a medida que avanzaban las legislaturas la nariz del presidente iba creciendo, igual que le sucedió a Pinocho, el muñeco de Collodi. Para ello documentaba el hecho con un conjunto de fotografías.

Navacerrada

Como sabrán los más fieles lectores, en su casa de Navacerrada hallaron forma sus más grandes novelas, todas ellas bendecidas por el éxito (y consecuentemente la inquina ajena). Algo tendrían de salutíferos los aires serranos, pues allí acudía los pocos días de asueto que le dejaban sus muchas obligaciones. Hoy cumpliría 98 años. Desde su muerte, en el Día de los Fieles Difuntos,  las noches de verano no han tenido ya la banda sonora de su máquina de escribir ni el aroma de sus cigarros puros (Montecristo del 4), ni han vuelto ya a cantar las ranas, cuyas ancas se servían en La Fonda Real. Pero algunos volvemos de vez en cuando una mirada a nuestra biblioteca para ponernos luego en camino hacia la Sierra y poder llegar a tiempo a esa partida de dominó en las tardes estivales…