Cuando, en 1996, el racial y personalísimo escultor peraltés Joxe Ulibarrena levantó su Monumento a la Batalla de Noáin, se sirvió, entre otros vocablos entonces muy de moda, del término “gudari” para enmarcar y situar mentalmente su obra.

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Ciertamente, el de “gudari” es un concepto moderno, y, por ello, totalmente incomprensible para la mentalidad de las gentes que entablaron aquella sangrienta y decisiva batalla. El de “gudari”, soldado en euskera, se remonta únicamente hasta el Euzko Gudarostea que levantara el autodenominado Gobierno Vasco desde agosto de 1936 hasta julio de 1937; mayormente en Vizcaya, cuya base orgánica era el batallón integrado por militantes o simpatizantes de un partido político concreto. De esta manera, unos 25 batallones, aproximadamente un tercio del total, fueron integrados exclusivamente por gentes del PNV; los comunistas del PCE, 8, a los que hay que sumar los 9 de las sovietizadas Juventudes Socialistas Unificadas; los nacionalistas progresistas de ANV apenas dos; etc.

Años después, ese término fue rescatado por ETA y todas sus facciones escindidas, así como por las numerosas estructuras sociales levantadas desde ETA y su entorno a modo de “contrasociedad” partícipe y anticipadora de la “construcción nacional vasca”.

Efectivamente: en Noáin, en 1521, no combatió ningún gudari. Allí combatieron unos miles de hombres movidos por su fe en Dios, su fidelidad al señor de turno, la milicia de su ciudad, el amor a su “patria chica” y, a lo sumo a su “patria grande”.

Pero, ¿qué sucedió, realmente, aquel 30 de junio de 1521?

La guerra contra Francia

En un contexto de conformación de los nuevos estados nacionales, en una Europa que había dejado atrás la Edad Media, la Monarquía Hispánica se confrontaba militarmente con Francia en diversos escenarios europeos, especialmente en el Ducado de Milán… y en Navarra.

Veamos rápidamente los antecedentes históricos de tan magno evento.

FUENTE: NAVARRA.COM

En 1512 las fuerzas castellanas, vascas y aragonesas, dirigidas por el Duque de Alba conquistaron Navarra, por orden de Fernando el Católico, en apenas quince días, gracias al apoyo mayoritario de los navarros; hastiados de 50 años de guerra civil entre agramonteses y beamonteses.

Los entonces reyes de Navarra, Catalina de Foix y Juan de Albret, en contra de la voluntad de las Cortes de Navarra, habían apoyado al rey de Francia, Luis XII, en su intento de convocar un pseudo-concilio en Pisa al objeto de deponer al Papa Julio II. Excomulgados por ese motivo, los Albret apenas eran marionetas al servicio del rey de Francia, en su intento de proteger sus grandes posesiones en el sur de aquella emergente nación.

Catalina y Juan intentaron recuperar militarmente Navarra, sin conseguirlo, en 1512 y en 1516.

Fue en 1521 cuando el nuevo rey de Francia, Francisco I, envió un gran ejército para conquistar Navarra y penetrar en Castilla; aprovechando que las tropas de Carlos I de España y V de Alemania se encontraban luchando contra las Comunidades de Castilla.

Los franceses, junto a mercenarios alemanes y destacamentos navarros partidarios de Enrique II, hijo de Juan y Catalina, conquistaron Navarra; que se encontraba casi desguarnecida. Es entonces cuando el guipuzcoano Ignacio de Loyola resulta herido el 22 de mayo de 1521, defendiendo Pamplona al servicio de Carlos I de España. Sin embargo, Enrique II no tomó posesión del Reino; es más, los franceses demostraron sus verdaderas intenciones al sitiar Logroño. Allí fueron derrotados, siendo obligados a levantar el cerco; tal es la razón de la festividad de San Bernabé de la capital riojana, rememorando su mayor gesta histórica.

El imperio contraataca

En esta situación, el corregente de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco, IV conde de Haro, una vez derrotados los comuneros en abril en Villalar, organizó un ejército de unos 20.000 hombres, al que se unieron contingentes aragoneses. Destacaban, entre todos ellos, las milicias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, con más de 5.000 hombres. Se sumaron, igualmente, más de 4.000 navarros beamonteses liderados por don Francés de Beaumont. Perseguidos los franceses por los imperiales, la batalla decisiva tuvo lugar entre Noáin y Salinas de Pamplona el 30 de junio de 1521.

FUENTE: REPRODART

Aunque las tropas francesas disponían de la principal artillería de la época y de mejores posiciones estratégicas, el contraataque de la caballería ligera hispánica, la versatilidad de las coronelías castellanas (antecedente de los Tercios), y el ataque envolvente de los vascos de Castillas, volcó rápidamente la situación; siendo su resultado una derrota aplastante de los franceses. Sufrieron 5.000 bajas, entre muertos -acaso unos 800-, heridos y prisioneros. Aquí radica una de las mentiras de los historiadores panvasquistas: es imposible, por simple constatación de los datos demográficos disponibles, que fueran 5.000 los navarros muertos aliados con el francés.

Años después, en 1525, tanto Francisco I de Francia como Enrique II de Albret, mero satélite de Francia, cayeron prisioneros de las fuerzas de Carlos I, en la decisiva batalla de Pavía.

Una Edad de Oro para Navarra

La batalla de Noáin, en definitiva, confirmó la integración de Navarra en la plural y diversa Monarquía Hispánica, en la plenitud de sus Fueros; lo que permitió que los siglos XVI, XVII y XVIII fueran una Edad de Oro para Navarra. Así, en el momento en que los franceses invaden España en 1808, las dos regiones españolas con mayor renta per cápita eran Andalucía… y Navarra.

Los panvasquistas, en su falsificación de la Historia, vienen reasignando a la batalla de Noáin, ante el silencio de cierto navarrismo, una significación victimista y protonacionalista; fruto de su imaginación y de ciertos delirios ideológicos románticos, totalitarios y excluyentes de los siglos XIX y XX.

Los hechos son hechos: Navarra se reincorporó a las Españas conforme los títulos legitimadores y el Derecho de la época. Las demás interpretaciones son simples y llanas mentiras; justificación y coartada de sus apetitos de poder. Cueste lo que cueste; caiga quien caiga.