La Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) fue, sin duda, la gran victoria naval de nuestra Historia. Soldados de leyenda se batieron en aquellas aguas del Golfo de Corinto y consiguieron frenar, al menos durante un tiempo, las agresiones turcas por el Mediterráneo. No se trató solamente de una victoria militar. Los logros fueron más allá: occidente se impuso a la imparable potencia de oriente.

Lepanto inspiró a generaciones de artistas y literatos muy variados. Desde nuestro querido Miguel de Cervantes, soldado a bordo de la galera Marquesa que entró allí en combate, hasta el rey Jacobo VI de Escocia, que le dedicó un poema, pasando por Lope o el portugués Corte-Real. Los de la “Sublime Puerta”, por su parte, no dados a exaltar sus victorias, también mantuvieron la calma tras esta derrota, aunque se conocen varias anotaciones de cronistas turcos que, básicamente, achacaron al “plan de Dios” la destrucción de la flota otomana. Un castigo por los pecados de los musulmanes.

Literatura épica

En los años siguientes al triunfo de la Santa Liga comenzaron a publicarse narraciones de corte épico, en Europa, de entre las cuales se suelen destacar las de Fernando Herrera (Relación de la guerra de Chipre y suceso de la batalla naval de Lepanto) impresas en Sevilla en 1572; las aparecidas en Barcelona, también en 1572, firmadas por Jerónimo Costiol (Primera parte de la crónica del muy alto y poderoso príncipe don Juan de Austria) y la crónica del portugués Corte-Real coetánea de las anteriores (Felicissima Victoria Concedida del Cielo al Señor D. Juan de Austria en el golfo de Lepanto de la Poderosa Armada Otomana en el Año de Nuestra Salvación de 1572).

Fernando Herrera, uno de los grandes escritores del Siglo de Oro, afamado poeta y muy conocido por su retórica religiosa y pensamiento político, destacó también en prosa siendo su texto a Lepanto considerado como una de sus piezas más destacables:

Estaban en esta agrupación, doscientas ocho galeras reales, seis galeazas, cuarenta fragatas, y bergantines, veintisiete naos bien cargadas de munición y soldados -al mando de César de Ávalos-

(…)

El de Austria estaba en la hermosa galera Real, que tres años antes había mandado terminar en Barcelona don Diego Hurtado de Mendoza -duque de Francavilla y virrey de Cataluña- de aquel liviano pino de los montes catalanes. Su popa la labró en Sevilla Juan Batista Valques, escultor, y la adornó de ingeniosas y varias historias y figuras egipcias Juan de Malara, hombre elegante, pulcro y docto en letras.

Sobre Jerónimo (o Gerónimo) de Costiol poco sabemos. Catalán de nacimiento, su estilo de relato fue copiado por autores posteriores como Pedro Manrique. En su escrito sobre los combates de Chipre (1570) se afanó en utilizar el punto de vista del enemigo para dotar de dramatismo a la derrota. De su narración en Lepanto, asombra el detalle con el que describe la singladura de la Real, la galera de Juan de Austria, y sus avatares:

 (…) Y fue tal el golpe, que el espolón de la de su Alteza se rompió en mil pedazos. De lo cual fue libre la del contrario, porque siendo mucho mayor y más alta, le metió el espolón sobre el segundo o tercer banco.

En la galera de su Alteza, esperaban cuatrocientos arcabuceros venidos del Tercio de Cerdeña, los cuales estaban a cargo del Maestre de Campo Don Lope de Figueroa, allende de muchos caballeros valerosos que en ella van. Uno de ellos era don Bernardino de Cardenas y el otro don Miguel de Moncada, y habiendo Fe (como digo) envestidas las Reales, comenzó el Maestre de Campo (que permaneció de pie en proa) a moverse muy valerosamente con los suyos.

La Real enemiga se defendía de tal forma que no parecía que se pudiera abordar, a lo cual don Miguel y el Castellano Salazar hicieron gran obra matando gran número de trucos. Y como de una parte y de otra caía gente, acudió a esto don Bernardino de Cardenas, con tanta gallardía y valor -como ningún otro de la galera- consiguiendo llevar la lucha fuera de nuestra Real.

Otro gran exponente literario sobre Lepanto es la comedia que el dramaturgo ecijano Luis Vélez de Guevara escribe para las compañías de teatro madrileñas: El águila del agua y batalla naval de Lepanto (1633), de la que conservamos un manuscrito original en la Biblioteca Nacional. Es una obra que, a través de dos pícaros sevillanos que llegan a Madrid, repasa las figuras de Felipe II, don Juan de Austria y Lope de Figueroa, exaltando el valor del ejército español y su nobleza. No en vano, el propio Luis Vélez había servido a las órdenes de uno de los veteranos de aquella gesta, Juan Andrea Doria, combatiendo en Italia y Argel hasta que se estableció en la Corte en 1607. La obra está llena de guiños al autor del Quijote, al que seguramente conocía y tenía en estima. Fue también la obra que inauguró el centro simbólico del poder imperial de España: el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, el 4 de diciembre de 1633, ante la presencia de toda la Corte. Entre otros pasajes destacables está el discurso imaginario de “Luch Alí” (Uluj Alí) que, según se cree, no volvió a incluir en siguientes representaciones:

Jenízaros valientes,

de Marte belicosos descendientes,

de Alá azote arrogante,

rayos de Europa, soles de Levante

que de las turcas lunas

habéis adelantado las fortunas,

cuyos corvos alfanjes

fueron cometas del Danubio al Ganges (…)

Crónicas desde Portugal

¿Quién podría imaginar a un portugués de finales del XVI narrando un triunfo español? Pues por eso el mismo Felipe II valoró sobremanera la narración que sobre el combate publicó Jerónimo Corte-Real, llegando incluso a visitarlo en Portugal. Nacido en las Azores, había servido al rey Sebastián de Portugal en África y Asia, aunque no acudió a la famosa expedición en la que el monarca portugués perdió la vida por haberse ya retirado a una mansión en Évora, su auténtica cuna artística. En su retiro se dedicó a la pintura, pero sobre todo a la épica poética, narrando numerosas hazañas portuguesas de su tiempo ocurridas alrededor del mundo. Muy influenciado por los autores clásicos, su épica baila entre los relatos heroicos mitológicos y la magnanimidad cristiana:

Llueven nocivas flechas venenosas con que muchos, al fin, pierden la vida. Los pesados alfanjes en las armas descargando su fuerza, el cielo atormentan.

Las limpias espadas afiladas en roja sangre ya todas se bañan. El joven valentísimo Duque de Parma (Alejandro Farnesio) esclarecido, osado y fuerte, dentro salta ligero, revolviendo su espada vencedora por doquier. Con señalados golpes va mostrando la virtud y el valor de su fortaleza.

Los turcos a sus pies tendidos quedan y las armas se tiñen de sangre. Los enemigos huyen de su furia, del vigoroso brazo y dura espada, tienen la muerte asegurada. Procura cada cual apartarse.

Cual águila real, con repentino vuelo, se abalanza sobre los turcos batiendo al aire sus recias alas como si cayese sobre un grupo de palomas amontonadas.

(…) La fama mira su bondad y esfuerzo y al mundo por mil bocas lo divulga.

Estrellas que guían al cielo de la honra

Hablar de Lepanto y literatura sin citar a Cervantes podría, incluso, invalidar cualquier trabajo medio serio. Miguel de Cervantes Saavedra es el que dota a esta gran batalla naval de su frase más definitoria, la que todos conocemos: “La más alta ocasión…” Pero el contexto en el que aparece, de la parte II de su Quijote, también es digno de rememorar:

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, si no en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.

Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que, si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella.

Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

Cervantes publicó esta segunda parte hacia 1615. Su vida fue un tanto ajetreada, pero por su prosa es evidente que nunca olvidó sus experiencias en las aguas del mar Egeo. Poco después de salir de la imprenta este libro, Lope de Vega, lanzó “La Santa Liga” (1621), una obra de teatro que, ya en nuestro tiempo, es utilizada para analizar la visión que se tenía del mundo musulmán en la España del Siglo de Oro, más en concreto del Imperio Otomano.

La obra de Lope comienza en la corte de Constantinopla, planeando Selim la toma de Chipre. Más adelante trata la formación de la Santa Liga por iniciativa papal, para luego dar paso a las figuras alegóricas de Venecia, España y Roma que narrarán el combate naval terminando con la victoria de Don Juan de Austria mostrando, con su literatura, la superioridad moral y militar de España. Lope transmite gran realismo en su obra, con detalles que ocurrieron y personajes reales. Pero su intención no era narrar el acontecimiento histórico, sino retratar la superioridad occidental frente al mundo islámico:

VENECIA: Huyendo sale Uchalí.

ROMA: Ya toma puerto en la playa.

ESPAÑA: Ya el gran don Juan va diciendo: «Ayudadme, Virgen santa».

ROMA: Ya abaten el estandarte del turco y la cruz levantan.

ESPAÑA: Vamos a hacer fiesta, amiga, que ya la victoria cantan:

Disparen muchos tiros y canten: «¡Victoria, victoria, victoria! ¡España, Roma, San Marcos!»

Un evento liberador

Italia, partícipe necesaria de aquella victoria, se encontraba dividida entre Repúblicas, Reinos y Ducados. Cada uno tenía sus propios intereses, pero la Santa Liga logró unirlos en uno solo: derrotar al turco en sus aguas. El discurso que prevaleció en Italia tras la batalla era sencillo: Lepanto había sido un evento liberador porque encarnó el fin del mito de la invencibilidad turca y el triunfo del cristianismo. Las repúblicas marítimas italianas, en especial Venecia, incluso recuperaron su prestigio naval, ya muy decaído a lo largo del siglo XVI.

Desde el principio, la guerra contra el Imperio Otomano tuvo una gran repercusión en las artes. Se produjeron infinidad de escritos, octavillas con iconografías y poemas, historias de protagonistas militares, sátiras en torno al evento… Pero la posición estratégica de los italianos, en la red comercial del Mediterráneo, hacía necesario mantener “buenas” relaciones con los turcos, y los Venecianos firman un tratado de paz en 1573. A partir de esto prevalece un discurso neutralista, impuesto por la “razón de estado”, dejando de lado el mito de la cruzada.

Pero hay relatos que, con el paso del tiempo, se convierten en necesarios para demostrar que la unión hizo aquella fuerza. Por eso, a mediados del siglo XIX, a la par que se desarrollaba la Unificación italiana (Risorgimento), se recuperaba para la literatura el eco de aquella batalla en la que las fuerzas italianas unidas derrotaron al mayor imperio de su tiempo. Esa literatura desembocará en una suerte de historiografía de corte ultra nacionalista como la publicada por Antonio Gramsci, secretario del partido comunista de Italia que escribirá:

De los más de 200 barcos que participaron en la batalla, solo 14 eran españoles, todos los demás italianos. De los 34.000 hombres armados, sólo 5000 infantes “venían de España” (…)

De la lista de “oficiales, aventureros y soldados” distinguidos según la nacionalidad y, “en lo que respecta a Italia” también según las regiones y ciudades de origen, /se/ deduce que no hay parte de la península y las islas, desde los Alpes hasta Calabria, incluyendo Dalmacia y las islas de dominio veneciano, desde Sicilia a Cerdeña a Córcega a Malta, que no participa.

La gran epopeya

Lepanto, a sus 450 años, sigue siendo la gran Jornada naval de oriente contra occidente. Y parece que no ha caído todavía víctima de los sangrantes revisionismos. Los literatos de todos los tiempos, de diferentes estilos, ideologías y condiciones han tratado con épica este suceso, usándolo desde un simple, pero noble, fondo en alguna de sus obras, como hizo Shakespeare con su “Otelo”, o haciendo un uso político, como aglutinante nacional, como hemos visto en Italia.

Los autores españoles siempre han mantenido una posición equidistante, destacando el papel de las flotas italianas, e incluso han tenido en cuenta la participación griega; pero es innegable que España estaba a la cabeza de aquella enorme flota, con don Juan de Austria al mando secundado por los almirantes Farnesio, Requesens y Álvaro de Bazán. Nombres que evocan épica, como en otro tiempo hicieron Aquiles, Fénix, Áyax Telamonio o el mismo Odiseo. Quizás Lepanto sea nuestra epopeya, como para los griegos lo fue Troya, pues no cabe duda de que fue cuna de semidioses.