Horas después de que el Papa Francisco diera a entender este miércoles que Benedicto XVI había entrado en la fase final de su vida en la tierra, su secretario personal, arzobispo Georg Gänswein, confirmó la noticia y añadió que Ratzinger «se apagaba como una vela: lenta y serenamente».

Así pues, el Papa de Baviera se nos ha ido como vivió, sin estridencias pero con un elocuente testimonio de amor a la Iglesia. En estos momentos, es de justicia hacer balance y homenajear a un pontífice que sin duda ocupa un puesto de pleno derecho en la brillante sucesión de obispos de Roma a la que hemos asistido en el último siglo.

Los años de Ratzinger en la silla de Pedro se iniciaron precisamente tras el largo y luminoso pontificado de ese titán llamado Juan Pablo II. Muchos vaticanistas de barra de bar compararon entonces a ambos con ánimo de restar peso al alemán, obviando que Wojtyla tuvo en Ratzinger al más estrecho de sus colaboradores. Hasta tal punto llegaba la dependencia que Juan Pablo II le negó en dos ocasiones la jubilación al futuro Benedicto XVI cuando éste se la pidió en 1997 y en 2002.

Antes de eso, había participado como asesor en el Vaticano II, destacándose por defender posturas consideradas entonces progresistas y que hoy forman parte de la doctrina común de la Iglesia. Por esos años desarrolló también una extensa serie de publicaciones teológicas y espirituales con títulos como Introducción al cristianismo.

Se puede decir que, a las órdenes del Papa polaco y desde su cargo como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, fue Ratzinger quien navegó las turbulentas aguas del posconcilio en lo que al dogma se refiere. Además, coordinó la redacción del actual Catecismo, publicado en 1992. Heredado ya el anillo del Pescador, siguió engrosando su lista de publicaciones, por ejemplo con la trilogía de Jesús de Nazaret y sus encíclicas, Deus caritas est, Spe Salvi y Caritas in veritate.

Con semejante trayectoria, no parece exagerado definir a Joseph Ratzinger como el último doctor de la Iglesia. Si San Agustín fue el gran paladín contra las herejías maniqueas y pelagianas, el teólogo alemán, antes, durante y después de su pontificado, tomó la responsabilidad de liderar la gran batalla intelectual de su tiempo, la denuncia del relativismo.

«Un resplandor en las tinieblas»

Dicho todo esto, permítanme adaptar el sentido de una de las frases más conocidas y profundas de Ratzinger a una experiencia colectiva pero también personal. La cita es aquella de la Deus caritas est en la que Benedicto XVI afirma que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

De la misma manera, el primer impacto de este Papa en mi vida no fue, como para numerosísimas personas, intelectual o teológico. Por supuesto, años después mi rico contacto con Ratzinger ha llegado eminentemente entre las páginas de sus libros, pero siempre lo recordaré —y guardará un lugar especial en mi corazón— por una experiencia. Porque Ratzinger ha sido una mente de talla histórica, pero no cabe pensar en él como en un frío intelectual que pontificaba desde su torre de marfil. Cualquiera que pudiera tener esa idea la desechó para siempre si estuvo en el aeródromo de Cuatro Vientos el 20 de agosto de 2011. Aquella noche de vigilia durante la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid, Joseph Ratzinger dio un impresionante testimonio de coraje y devoción.

Casi dos millones de jóvenes llenábamos aquellas pistas de aterrizaje, convertidas por unas horas en el corazón de la Iglesia misma. El día había sido largo y duro. El calor no dio tregua, con temperaturas que llegaron a rozar los cuarenta grados. Y claro, por si fuera poco, en el momento culminante de la celebración se desencadenó una de esas violentas tormentas estivales. Lluvia torrencial, viento huracanado, voló el solideo del papa. Muchos pensamos que alguien sacaría de allí a Benedicto. Era lo razonable a sus 84 años de entonces. La imagen que de aquel momento conservo en la retina me recuerda a la descripción que Tolkien hace de Gandalf en el momento de enfrentarse al terrible Balrog de Moria: «Era visible como un débil resplandor en las tinieblas; parecía pequeño, y completamente solo; gris e inclinado, como un árbol seco poco antes de estallar la tormenta». Pero el papa, como el mago, no se movió. Entre los tironazos del maestro de ceremonias para sostener el paraguas, un triunfal Ratzinger se dirigió a los jóvenes y exclamó: «¡Gracias por esa alegría y resistencia, vuestra fuerza es mayor que la lluvia!».

Y, para cumplir con el refrán, la calma llegó después de la tormenta. En medio del silencio más ensordecedor que he escuchado nunca, dos millones de jóvenes cayeron de rodillas frente a la custodia, con el Papa como uno más en medio de ellos. Gracias, Santo Padre.