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En la última edición de los premios Feroz de cine ocurrió una anécdota curiosa. Tan curiosa que me hizo levantar la ceja. Un conocido artista del cine español dedicó el premio recibido a las “mariliendres”. Luego explicó que él tenía una novia y que un día, viendo una película juntos en el cine, comprendió que él era gay. Desde entonces los dos presumen de tener una relación de amistad especial.

Este comentario al aire pudo haberme pasado desapercibido en medio del rito litúrgico de la ceremonia progresista. Pero, por algún motivo, esa condescendencia con las mujeres me pareció oportunista y sesgada.

Una “mariliendre” es una mujer que frecuenta la amistad de hombres homosexuales. En ocasiones está (o ha estado) enamorada de uno de ellos. Otras veces simplemente se encuentra a gusto en su compañía o le fascina el aura del ambiente gay. Este año 2024 se espera el estreno de la serie de televisión ‘Mariliendre’, con temática LGTB.

Obviamente, la palabra “mariliendre” tiene un origen peyorativo. Las liendres nunca son oportunas ni especialmente bienvenidas. En el diccionario gay anglosajón también se les llama “moscas de la fruta” o “ricitos de oro”. Pero, como es habitual en el ambiente, el término se ha “resignificado” para lucir como un galardón lo que había nacido como un insulto. Y eso hasta el punto de que la anterior ministra de Igualdad llegó a posar con una camiseta con el lema “Orgullo mariliendre” en las vísperas de la semana santa del Orgullo. Así, todos y todas contentos y contentas.

Y es esa alegría exhibida ante la cámara lo que más me molestó de la ceremonia del cine. Lo reconozco. Porque ocultaba una realidad sombría que nunca se quiere poner ante los focos. Un buen cineasta sabe cómo dirigir la atención del espectador hacia donde él quiere.

Y que todo lo demás quede fuera de escena.

Las que no tienen nombre

El artista galardonado en los premios Feroz asumió su verdadera orientación durante el noviazgo. No llegaron a comprometerse ni a cruzar promesas de amor. La relación con su novia varió para sustituir un tipo de intimidad por otro. Nos alegramos por ellos. Pero muchas otras mujeres a lo largo de la historia no han tenido tanta suerte. Resulta que muchas estuvieron casadas con hombres que no amaban a las mujeres.

Últimamente el lobby LGTB está empeñado en sacar del armario a personajes ilustres de la Historia. Pintores, escritores, políticos, militares. Y no tan ilustres. Personajes cotidianos de nuestro entorno más inmediato. En el Siglo de Oro. En el siglo XIX. Durante el régimen de Franco. Ese profesor del colegio que dirigía el grupo de teatro. Ese hombre del pueblo que nunca le gustó la labranza y disfrutaba más jugando al chinchón con las mujeres. Ese sargento que retaba a los novatos a una prueba de flexiones. Tu tío que siempre llevaba los zapatos limpios, hablaba con corrección y era muy pulcro en la mesa. Y el hecho de que estuvieran casados o tuvieran hijos no juega ni siquiera como presunción en contra.

El activismo del lobby ha cogido una deriva “arqueológica” para detectar códigos de lenguaje secreto en los mundos varoniles. Un cuadro en el que se representa la anatomía masculina con más vigor que lo que exige el canon de la época. Un guiño sutil en la descripción del protagonista de una novela. Una noticia sospechosa sobre un ajuste de cuentas en un periódico provincial. O un rumor maledicente que siempre ha perseguido a una determinada persona. Pocas palabras que bastan para el buen entendedor.

Y no podemos ser ingenuos y pensar que la inclinación de esos hombres se limitó al amor platónico, nos sigue diciendo el lobby. Recordemos que en esas épocas la mayoría de los clubes y sociedades eran estrictamente masculinos. Los lavabos públicos y los vestuarios tuvieron una segunda vida oculta a la mirada de la mayoría.

Si la tesis del lobby gay es cierta, el reverso de esa realidad es muy tenebroso. Porque implica que multitud de mujeres han sido traicionadas por sus hombres. Y, peor aún, fueron traicionadas para que ellos pudieran encajar en la sociedad o trepar posiciones en ella. Esas mujeres (¿miles, millones?) fueron instrumentalizadas por los hombres. Parasitadas por ellos. Tomadas como rehenes en un matrimonio en el que no podía haber una verdadera comunión de almas. Las liendres eran ellos.      

Pero nadie quiere hablar de esas mujeres.

El feminismo ante la infidelidad

La infidelidad es un tema de moda para el feminismo oficial. Este feminismo parte de una teoría materialista de Engels. Para el copiloto de Karl Marx, el matrimonio monogámico tradicional es una institución de poder masculino con una finalidad económica. Pretende asegurar la fidelidad de la mujer para garantizar la paternidad indiscutible de los hijos (sus herederos), regulando, coartando y anulando la sexualidad femenina. La cosa es así de fría. No hay nada sacramental ni un proyecto de vida en común basado en el amor. Puro materialismo histórico.

El feminismo oficial cogió los cimientos de esta teoría de Engels y le añadió el constructo del patriarcado. Así, el matrimonio monogámico estaría sustentado sobre relaciones de poder exclusivamente patriarcales. Y la infidelidad conyugal sería una construcción sociocultural que reprime a la mujer y a la vez legitima la infidelidad del hombre exaltada mediante mitos de masculinidad hegemónica (virilidad constante, búsqueda del placer, etc.). Por decirlo ya en palabras normales, en caso de adulterio, el hombre casado sería un “campeón” ante sus amigos y la mujer amante una “zorra”. En cambio, si la infiel es la mujer casada ella sería una “destrozafamilias”.

Me diréis que esta teoría está basada en la caricatura de un “machote” y en una distorsión de la moral tradicional. Ningún hombre decente aplaudiría los cuernos de un amigo. Y mucho menos un hombre tradicional. Pero así plantean la partida. Con cartas trucadas. Y cada vez son más las feministas que quieren combatir el fuego con fuego. Por eso proclaman que ser ellas quienes ponen los cuernos es un acto feminista de liberación lleno de un sentido político.

Laura Gutman, sostiene que la infidelidad define fundamentalmente una relación amorosa en términos de dominación, porque los secretos y las mentiras son una información no compartida y solo la tiene quien detenta el poder (Amor o dominación: los estragos del patriarcado).

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando el amante del hombre casado es un hombre y no una mujer? Todo este esquema doctrinal se desmonta como un castillo de naipes. Nadie conoce a alguien que vaya presumiendo ante los colegas del fútbol de poner los cuernos a su mujer con otro hombre.

Aquí se produce un choque frontal entre el pensamiento feminista hegemónico y el del colectivo gay. Volvamos a los ejemplos históricos. En la hagiografía LGBTIQ+, el hombre casado que tuvo una doble vida es hoy admirado por su heroísmo pionero y clandestino. Sin embargo, bajo la perspectiva feminista deberíamos estar ante un caso de dominación del hombre sobre la mujer para que el primero pueda cumplir con las expectativas de la sociedad.

El “heteropatriarcado” es una construcción abstracta que ha inventado el feminismo progresista para referirse a un sistema sociopolítico en el que, según sus teorías, el hombre heterosexual ejerce una supremacía sobre otros “géneros” y otras orientaciones sexuales. En este esquema, las mujeres y las personas LGTB serían colectivos discriminados y victimizados. Y el constructo ideológico del “heteropatriarcado” no les permite analizar correctamente la infidelidad causada por un hombre gay.

Estuvo delante y nadie lo quiso ver

En el ilusionismo, la distracción (en inglés misdirection, ‘desvío’) es una forma de engaño en la que el artista atrae la atención de la audiencia hacia una cosa para distraerla de otra. Controlar la atención del público es el objetivo de todo teatro y es el requisito principal de todos los actos de magia. Ya sea en un simple truco de bolsillo o en una gran producción escénica, el secreto central es la distracción.

En la magia del cine ocurre lo mismo. Brokeback Mountain fue un gran éxito mundial. Todos conocemos la película sobre los dos cowboys gays que viven una historia de amor intermitente a lo largo de unos veinte años. Como su relación es imposible en la América profunda de los años sesenta, deben conformarse con encuentros esporádicos en los que poder consolarse y ser ellos mismos. La empatía y la compasión por el dolor de esos dos hombres eclipsó el sufrimiento que ellos causaron a sus esposas.

En todo el metraje apenas hay unos segundos dedicados a las consecuencias de sus infidelidades. En una escena se ve cómo Alma sorprende a través de la ventana el apasionado reencuentro de su marido con su viejo amigo. En ese momento a la mujer se le parte el corazón. Casi podemos escuchar cómo se hacen añicos sus sueños de una vida feliz. A partir de ahí vendrán los secretos, las mentiras, el distanciamiento, el divorcio y la ruptura de la familia. Años después volveremos a ver a una Alma llena de culpa, angustia y reproches por el daño causado a ella y a las hijas comunes. Al otro matrimonio no le va mucho mejor. Entra inevitablemente en estado vegetativo. Nuestra vida matrimonial podría hacerse por teléfono, dice Jack Twist a su confidente en una de sus escapadas de pesca. Y es que para que unos puedan llevan llevar una doble vida las otras deben perder las suyas.

Brokeback Mountain fue usada con habilidad por el lobby LGBTIQ+ para avanzar su agenda y abrir los debates que más le interesaban. Sin embargo, las feministas radicales no dijeron nada. No quisieron ver el juego de manos del truco. No hubo sororidad para las mujeres humilladas. Las activistas de Hollywood y, en general, de la cultura callaron. Optaron por el feminismo del silencio.

Michelle Williams, la actriz que encarna a Alma Beers, destacaba el mes pasado en una entrevista en Vanity Fair la valentía de los dos actores que aceptaron sus papeles protagonistas en una película que iba a ser transgresora y controvertida. Punto. Ni una palabra hacia el colectivo de mujeres al que ella daba vida.

Un tabú progre

Hay centenares de estudios científicos que estudian los efectos de la infidelidad en las víctimas. Daño psicológico, depresión, desvalorización, pérdida de autoestima, sentimientos de culpa, autocrítica, menoscabo de la propia valía como mujer en la relación de pareja y un largo etcétera.

Teniendo en cuenta los daños que produce, la Dra. Chu Amaranto sostiene que la infidelidad es un “acto de violencia”. Por eso, sorprende que la “perspectiva de género” censure como “micromachismo” la gentileza de ceder el paso, pero lleve décadas guardando silencio ante una injusticia clamorosa.

En el diccionario gay anglosajón “beard” (barba) es la mujer usada como camuflaje por un hombre gay. “Pobre Jenny, no tiene ni idea de que ha sido la ‘barba’ de Allen estos últimos cinco años”, dice Meadow Soprano en un episodio de 2005.

En otros países el fenómeno adquiere magnitudes colosales. Un estudio del año 2020 (Behind the Rainbow) estima que en China existen catorce millones de mujeres casadas con hombres homosexuales. Tongqi es el neologismo creado para referirse a ellas. Según muestra el estudio, esas mujeres experimentan sentimientos de rabia e impotencia al descubrir que han sido engañadas y atrapadas en sus matrimonios. Y miedo al contagio de enfermedades venéreas. Ante la falta de apoyos, esas mujeres han optado por organizarse a través de plataformas on-line como Tianya Luntan y Tongqi Ba y crear una asociación propia (“Tongqi Family”) para prestar apoyo psicológico y legal. Esta resistencia de las humilladas no es el tipo de empoderamiento femenino del que oirás hablar el próximo 8 de marzo. Los hombres dominantes no son blancos, occidentales ni heterosexuales. De hecho, ni siquiera pertenecen a una cultura judeocristiana.

Un retorno a la virtud

Existen relaciones de mujeres con hombres que pasan de ex pareja a mejor amigo. El de Freddie Mercury y Mary Austin es un caso muy conocido. Pero por cada “mariliendre” feliz hay miles de mujeres victimizadas. Que la industria cultural ponga el foco en las pocas y mantenga en la sombra a las muchas es un truco burdo de prestidigitación.

Por mucho que la ideología de género quiera darle un tinte de rebeldía, no hay ningún heroísmo en la infidelidad. Tampoco hay nada liberador en ello. Toda infidelidad esconde una falta de voluntad, de compromiso, de coraje y de fe (fidelitas). Y toda ideología que aspire a presentar lo malo como bueno es perversa.

La revista femenina Evie Magazine da en el clavo:

“Engañar a tu cónyuge está mal. Punto. Cuando le das a alguien tu palabra y le prometes tu corazón, es inmoral romper ese compromiso. (…) Necesitamos desesperadamente un retorno a la virtud. No importa cuántas diatribas feministas intenten afirmar que la moral arcaica y anticuada se utilizó como herramienta patriarcal para controlar a las mujeres. El hecho de que en buena parte de nuestra historia haya habido opresión y discriminación contra las mujeres, así como contra innumerables hombres que fueron esclavizados y poseídos como propiedad, no significa que debamos descartar por completo toda moral objetiva que enseñara a las mujeres a honrar sus cuerpos, proteger sus niños y valorar su sexualidad”.