Profesionalmente, Leopoldo Fernández Pujals lo ha logrado todo. Antes de cumplir los 40, dejó su trabajo de ejecutivo en una multinacional para abrir un negocio propio: una tienda de reparto de pizzas a domicilio en el barrio del Pilar, Madrid. La idea -Telepizza- le hizo inmensamente rico, más todavía cuando vendió la empresa. ¿Qué hizo con el dinero, retirarse? Invertir en otro negocio, este de telefonía -Jazztel-, que también vendió después de llevarlo a lo más alto. Lo dicho: Pujals lo ha logrado todo, con mayor plenitud todavía después de quitarse una espinita a sus setenta y tantos años: ser productor de cine.

Este viejo cubano, recriado en los Estados Unidos -a cuya bandera sirvió en la guerra de Vietnam- y español de adopción, siempre quiso contarle al mundo una historia. ¿La suya propia, ciertamente cinematográfica? Eso ya lo hizo en un libro, de regular factura: ‘Apunta a las estrellas y llegarás a la luna’. La película que el magnate siempre soñó ver en las pantallas era, más bien, la de su tío Pepe Pujals Medero, preso de Fidel Castro durante 27 años.

Fotograma de “Plantados”

La de Pepe Pujals no es una epopeya individual, sino colectiva. La coprotagonizó con otros hombres, cubanos también, enfrentados todos a la dictadura castrista. Les llamaban los plantados por su actitud vertical durante sus largos años de cautiverio. Supusieron un corte transversal perfecto de la Cuba de la época. Entre ellos los había de la buena sociedad habanera, como era el caso de Pepe Pujals, pero también de origen campesino y obrero y, por supuesto, de clase media, como certifica la cantidad de estudiantes universitarios y profesionales liberales que militaron en las filas de los plantados. Puestos a no hacer distintos, los había blancos, negros, incluso amarillos (como el Chino Tang, sádicamente asesinado por un guardia). De todos los colores salvo uno: rojo.

Que no hubiera comunistas entre los plantados no significa que carecieran de conciencia social. Precisamente por estar concienciados se levantaron contra el comunismo. Muchos habían visto con buenos ojos la llegada de la Revolución y no pocos habían colaborado activamente a su advenimiento. El caso paradigmático fue el de Huber Matos, uno de los dos comandantes revolucionarios -el otro era Camilo Cienfuegos- que entró con Fidel Castro en La Habana a bordo de un jeep, en enero de 1959. La osadía de denunciar públicamente la deriva marxistoide del proceso revolucionario le valió a Huber una condena de veinte años. Sobra decir que Fidel reservó para su viejo compañero de armas toda clase de tormentos.

Otro que cumplió una larga condena fue el español Odilo Alonso, de los primeros siempre en todos los bretes, como plantar el trabajo forzado -de ahí el término plantado-, ponerse en huelga de hambre, protestar ruidosamente desde las celdas por cualquier atropello de la guarnición o quedarse en calzoncillos durante meses y años por negarse a vestir el uniforme azul de los presos comunes.

Solo la historia de Odilo da para una película, igual que la de Huber Matos, la de Pepe Pujals o la de cualquier preso político de entonces. Y como todas no se pueden contar en dos horas, qué mejor que resumirlas en unos pocos caracteres de ficción. Es la magia del cine.

‘Plantados’, la película patrocinada por Leopoldo Fernández Pujals, está dirigida por el cineasta Lilo Vilaplana. Pero ni el de Pujals ni el de Vilaplana son los nombres clave de los títulos de crédito. Tampoco lo es el de ninguno de los actores. Sí lo son los de Ernesto Díaz Rodríguez y Ángel de Fana, asesores del guión y del rodaje.

El primero, un humilde pescador mulato de Cojímar, fue dirigente de Alpha 66, la organización que encuadra a los duros del exilio. Su osadía de infiltrarse fuertemente armado en Cuba con el propósito de derrocar al tirano le supuso una condena de casi treinta años. Ernesto fue el penúltimo plantado en salir en libertad (el último fue Mario Chanes de Armas, compañero de Fidel en la aventura del Granma y el preso político con más años de condena de todo el siglo XX). En la oscuridad de las celdas de castigo, Díaz Rodríguez se reveló -y se rebeló- como un esforzado poeta.

El otro asesor de la película, Ángel de Fana, es una leyenda viva del clandestinaje, la cárcel y el exilio. A sus 84 años, veinte de los cuales los pasó entre rejas, De Fana es de los cubanos que más se han significado en la lucha contra el castrismo. Desde que siendo un joven profesional de la industria del calzado ingresó en el Movimiento Demócrata Martiano hasta hoy, Ángel ha dedicado su vida por completo a la causa de una Cuba libre. Su penúltimo servicio ha sido poner su experiencia y conocimiento al servicio de la narración de una historia, aquella que cuenta la odisea de unos hombres que, en el empeño de restaurar en su patria los conceptos de familia, decencia y Dios, se jugaron y perdieron los mejores años de su vida. No hay noticia de que ninguno se haya arrepentido.