Ben Fogle tiene la vida que todos querríamos vivir: viaja a los puntos más exóticos del globo de aventura en aventura, se codea con la Familia Real británica y convierte en un éxito cualquier programa de televisión que dirige. No exento de frivolidad, resulta uno de los personajes televisivos más interesantes de nuestro tiempo.

Salvaje e inhóspita, la isla de Taransay, en el archipiélago de las Hébridas exteriores, frente a la costa noroeste de Escocia, lleva deshabitada desde 1974. Playas de arena blanca, praderas, gaviotas, algún ciervo, mucho frío y humedad perpetua. En 2000, coincidiendo casualmente con el estreno de Náufrago de Tom Hanks, 36 personas pasaron un año en la isla para construir una comunidad sin ayuda exterior, cultivando sus propios vegetales, cazando y pescando. El motivo: un programa de televisión llamado Castaway 2000, que se emitió en la BBC y fue uno de los primeros reality shows británicos.

Entre los aventureros, todos anónimos, estaba un joven llamado Benjamin Myer Fogle. Oficial de la Royal Navy con experiencia en misiones internacionales, Fogle había pasado un año sabático en Ecuador, dando clases de inglés en un orfanato, y otro en la Costa de los Mosquitos, entre Honduras y Nicaragua, dedicado a la conservación de las tortugas. De modales y acento inconfundiblemente pijos, pronto sintonizó con la audiencia gracias a su capacidad de adaptación, su generosidad con los otros participantes y su simpatía.

Con el príncipe en Botswana

Como tantos otros concursantes de realities, Fogle pudo haber acabado como un juguete roto, vociferando en algún Sálvame británico. Pero optó por otro camino: su experiencia en Taransay fue el inicio de una estelar carrera de presentado y aventurero mediático que le ha llevado a presentar espacios en BBC, ITV, Channel 5, Sky, Discovery o National Geographic, entre otras cadenas. También ha publicado una decena de libros, es columnista de varios periódicos y dirige un festival literario.

Ben Fogle con el Príncipe Guillermo

Su imagen creció notablemente en 2010, cuando acompañó al príncipe Guillermo en un viaje de aventura a Botswana, que se plasmó después en un documental. Fue el principio de una íntima amistad entre ambos. Sus relaciones con  la Familia Real van más lejos: asesora al duque de Edimburgo en sus premios juveniles y es patrono del Prince’s Trust –entidad benéfica fundada por el príncipe Carlos. En el último cumpleaños de la reina Isabel, en pleno confinamiento, Fogle organizó en las redes sociales, siguiendo la idea de su hija, una suerte de karaoke patriótico: a las nueve de la noche, miles de personas se asomaron a las ventanas para cantar el cumpleaños feliz a la soberana.

En sus dos décadas de presencia mediática, Fogle no se ha aburrido ni un minuto: ha cruzado a pie el desierto del Sahara y la Antártida, ha nadado con cocodrilos del Nilo y ha coronado el Everest y el Kilimanjaro. Entre otros lugares, ha visitado en el Principado de Sealand -una plataforma petrolífera abandonada que se ha proclamado Estado independiente- o la isla de Tristán de Acuña, el lugar habitado más remoto del globo. Ha convivido con personas -y animales- de los cinco continentes, ha sido detenido, ha enfermado de leishmaniasis y ha sido confundido con un espía, entre otras peripecias. Todo ello con una gran sonrisa y sin tomarse a sí mismo demasiado en serio.

Ben vs. Greta

Nadie podrá cuestionar su compromiso medioambiental. Ha defendido con especial ardor la fauna salvaje -ballenas, elefantes o serpientes-, la limpieza de los océanos y la conservación de las selvas tropicales. Todo muy razonable. Pero, a diferencia de otros activistas, Fogle sabe defender la causa de forma divertida, sin vociferar ni proclamar el fin del mundo. Muy distinto, claro, de la táctica apocalíptica de Greta Thumberg.

Partidario de la permanencia de Escocia en el Reino Unido -tiene un cuarto de sangre escocesa- y de la continuidad de la monarquía, Fogle no suele opinar de política e intenta no meterse en muchos líos.

La excepción exótica es su implicación con los nativos de la isla de Chago, en el Océano Índico. Pese a ser nacionales británicos, fueron expulsados de su isla en los 70 para dejar espacio a una base militar estadounidense y todavía no han logrado regresar a su lugar de origen. Fogle defiende sus derechos con pasión y aprovecha sus plataformas mediáticas para demandar un arreglo.

Noblesse obligue en la era de los realities

Menos explícito, pero acaso más eficaz, resulta su compromiso con los valores familiares. Su esposa, Marina, muy atractiva, de familia aristocrática, suele acompañarlo en sus apariciones públicas. La conoció, como en el comienzo de 100 dálmatas, cuando ambos paseaban sus perros en un parque londinense. Tienen dos hijos, más un tercero que nació muerto en 2014. Su relato público de la tragedia ha ayudado a numerosos padres británicos que atraviesan situaciones similares. La pareja no ha protagonizado ningún escándalo, algo nada común en el mundo de los famosos.

Ben Fogle con su esposa Marina

Ciertamente, nuestro hombre no es un gran explorador, ni parece que aspire a serlo. No se le conocen aportaciones científicas relevantes ni hazañas notables. Sus programas tienen un barniz de frivolidad difícil de negar. Pero, en tiempos de inanidad televisiva, su aportación tiene bastante mérito, aunque solo sea por su pedagogía del esfuerzo, de la solidez del hogar al que volver después de cada aventura y del arraigo a una nación y a una forma de vida. Tampoco es desdeñable el hecho de que se dedique a mostrarnos experiencias exóticas sin darnos demasiado la brasa ni creerse experto en todos los ámbitos, tentación en la que suele caer el famoseo.

Fogle se sabe privilegiado, y nosotros sabemos que lo es, pero ejerce su gran poder con gran responsabilidad. No se pasa de campechano, pero es generoso y cortés. Muestra, en suma, un cierto sentido del noblesse obligue en la era de los reality shows. Por eso cae bien y no genera demasiada animadversión, a pesar de que millones de personas en todo el mundo querrían vivir su vida.