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Como siempre me había costado trabajo encontrar una agenda que se ajustara a mis gustos, hace unos años –después de ver en Instagram y Pinterest muchas fotos de “bullet journals”– cogí un cuaderno precioso de hojas blancas que me habían regalado, compré algunos rotuladores de colorines y me tragué algunos vídeos de YouTube con ‘tips’ sobre colecciones y cómo decorarlas. No indagué más allá de algunos conceptos muy generales que acompañaban esos consejos artísticos y, aunque usé esa agenda hecha a medida, pronto empecé a ser inconstante hasta que terminé por abandonarla del todo.

Como no hay mejor publicidad que la propia realidad, volví a interesarme por el bullet journal cuando vi el uso que le daba L. Entonces supe que ese despliegue de creatividad artística lleno de caligrafías especiales, colorines y dibujitos con el que relacionaba yo el bullet journal (y, en efecto, con lo que uno se encuentra si busca en Google imágenes) no era intrínseco al método. Porque sí, el bullet journal es un método de organización que desarrolló Ryder Carroll para él mismo primero y que dio a conocer en 2013.

Ahora que llevo unos meses beneficiándome de su uso y aprovechando que es febrero (es decir, el mes de rescatar los propósitos de año nuevo), me ha parecido un buen momento para hablar de él.

Carroll describe el bullet journal como un método para «examinar el pasado, organizar el presente y diseñar el futuro». Resumiéndolo mucho, el bullet journal es un cuaderno que engloba calendario, agenda, diario y todas las demás cosas que uno pueda necesitar (desde listas de la compra hasta reflexiones metafísicas). Aunque tener todo unificado en un lugar y siguiendo el orden del cuaderno en vez de andar separando por apartados pueda sonar a caos (o, por lo menos, a mí me lo parecía) resulta muy ordenado y es un reflejo fidedigno de cómo está tu vida en conjunto. Al fin y al cabo, aunque el bullet cumpla la función de lograr una productividad mayor, me parece que sobre todo es una manera de hacer el foco más amplio, de conectar con aquello que queremos, con nuestros valores y cómo los ponemos en escena.

Estamos más o menos todos de acuerdo en que lo digital es una fuente interminable de posibles distracciones. Así, el uso de una libreta nos permite centrarnos con facilidad, distanciarnos de la mentira del multitasking y del ritmo del ya en el que vivimos inmersos. El BuJo nos da la oportunidad de pararnos y ese espacio sin tentaciones de dispersión se hace nuestro, se vuelve un lugar personal, de introspección. Lo analógico es en un desintoxicante digital. Ya hemos hablado aquí de las bondades de la escritura a mano: el bullet journal también bebe de esta ventaja.

Al echar una ojeada a cuando empecé a usarlo, me doy cuenta de que ha habido una evolución en la forma en la que organizo mis días. Al principio, encuentro unas listas de cosas por hacer muy extensas que, con frecuencia, se quedaban prácticamente todas pendientes otra vez. A medida que avanzo en las semanas, se acortan esas listas, hay un creciente realismo y, en consecuencia, alcanzo mucho más. El bullet te empuja a filtrar las tareas, a reflexionar por qué quedan pendientes: ¿esto es de verdad relevante?, ¿por qué no lo hago?, ¿lo quiero? Y, así, poco a poco, los días se echan menos encima porque desaparecen las montañas imposibles y las aspiraciones quiméricas. Con esa intencionalidad de fondo, se para el piloto automático. “Es en el momento presente donde empezamos a conocernos a nosotros mismos”, escribe Ryder Carroll.

Lo esencial de un bullet journal es un índice, un registro futuro (una visión amplia de los próximos meses), un registro mensual y un registro diario (al que puede preceder uno semanal). Después, y esta es una de sus grandes virtudes, cada cual añade aquello que le es relevante en la época en la que se encuentra. Una lista de los libros leídos, inspiraciones de la oración, notas de lecturas, ideas de recetas, una lista de caprichos, registro de cuentas, diario y reflexiones, notas de un viaje, proyectos laborales. No hay más regla que los intereses de uno mismo.

Para empezar, sólo se necesita un cuaderno (A5 de hojas blancas punteadas son los que funcionan mejor) y un bolígrafo. La leyenda de los símbolos es simple y fácil de aprender y, después, se trata de ir adaptándolo a tu día a día. Es importante encontrarle al bullet journal un huequito por la mañana y otro por la noche, además de un rato al terminar o al empezar la semana. En mi experiencia –y soy el antónimo personificado de las rutinas–, es un hábito amable de incorporar.

A pesar de que no es necesario leerlo, el libro que publicó Ryder Carroll con el título El método Bullet Journal se lee con facilidad y, además de explicar bien en qué consiste, te da una visión panorámica de las ideas de fondo que lo configuran y, por lo tanto, resulta de ayuda.

En definitiva, usar un bullet journal engloba muchas cosas bonitas: la escritura a mano, la introspección, el refugio de la instantaneidad de nuestra época y la búsqueda de aquello que de verdad nos mueve con tal de erguirlo en motor principal. Y, bueno, no sé si añadirlo como bonito pero, desde luego, también conlleva un impulso en la productividad.