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Hayao Miyazaki (Tokio, 5 de enero de 1941), cuya filmografía es una cordillera, ha dirigido una nueva cumbre, digo, película, diez años después. Se rumorea que puede ser la última. Ojalá sí, porque El chico y la garza es una despedida perfecta. Ojalá no, porque todo Miyazaki es poco. Como enamorados, decimos: «Cuelga tú, no, no, cuelga tú…».

La historia se diría un homenaje a la madre, como El viento se levanta lo fue a su padre. En la nueva película hay quizá menos atisbos biográficos (hasta donde sé), pero la trama se teje sobre el significado de la maternidad, del recuerdo, del don inconmensurable de la vida. Por tanto, hay dolor, ternura, madurez y responsabilidad a partes desiguales: gana la luz. El padre, en cambio, no se entera de la misa la media, hace gala de una gran firmeza errática y muestra una obsesión por el trabajo y la fábrica (de aviones, por supuesto). Se le respeta y se le quiere, no hay mofa ninguna contra el heteropatriarcado, pero él vive instalado en el presente y está fuera del misterio, que se transmite a través de la casa de la familia materna y, sobre todo, de la sangre. Resulta magistral el juego con los tiempos que propone esta película, quizá queriendo decirnos que también la maternidad nos libera de la degradante esclavitud de ser hijos de nuestro tiempo, como la Iglesia –según Chesterton– y la literatura –añado yo–.Los demás temas de Miyazaki son fácilmente reconocibles, uno tras otro. El amor por una naturaleza trascendente y tradicional, ofreciéndonos un modelo hondo de conservacionismo conservador. La obsesión por el vuelo. Aquí también por la vela, en unas maravillosas imágenes de navegación. La ciencia ficción. El amor por los pájaros, aunque con un inquietante toque Hitchcock. Hay un protagonismo de las estrellas que recuerda a Dante. En la Divina comedia, al final de cada cántica, los viajeros alzan los ojos a las estrellas. Aquí, igual. No es el único eco dantesco. Impresionan esos muertos que no pueden matar, pero tienen que comer, en una laguna casi Estigia. Nuestro don Quijote también hace acto de influencia en esos libros que leídos compulsivamente hicieron que el antiguo señor perdiese la cabeza… para alcanzar un grado superior de existencia. Otra característica de Miyazaki es el protagonismo de los personajes secundarios. Kirico, criada en dos mundos, es una delicia. Su agilidad vigorosa en el manejo del barco de vela es un canto a la juventud, como hay que hacerlo, sin ponerlo en el centro, sino accesorio, pero igual de atractivo. Su vejez es un canto a la fidelidad, sin perder el alma libérrima de cuando joven.

A Miyazki le interesa muchísimo el heroísmo. Tal vez el título en inglés de la película lo evoca: The Boy and the Heron. Miyazaki da mucha importancia a una pelea infantil, como ya había hecho en El viento se levanta. Ambos son niños valientes, aunque allí el protagonista ganó y aquí el protagonista pierde, y no sabe perder. Tampoco ha sabido perder a la madre. La madurez consistirá en aprender a perder (que es ganar).La belleza del dibujo convierte la película en una oda a la materialidad. No es puro regodeo artístico o técnico, sino que contribuye al espíritu de la historia y a su mensaje. El muchacho tiene que vérsela con la materia, eso tan manifiestamente maternal. La muerte ha de asumirse con normalidad. La sangre de la herida en la cabeza impresiona realmente. El despiece del pez es una escena muy anti-vegana, de una evidente violencia (buena). También se avisa de que el mal crece. Los periquitos, tan monos e inofensivos en su tamaño, sin embargo… Pero la materia en su sitio ordinario es extraordinaria. Qué belleza la escena de la tostada de mermelada, tan luminosa, o el chapoteo en todos los fotogramas con el agua, jamás tan bien dibujada como en El chico y la garza.

El momento crucial de la película es cuando le explican al niño: «Tu nombre significa “verdad”, por eso hueles tanto a muerte». Ese es el nudo del heroísmo. Pero toda la película se resume en esta réplica implícita: «Mi nombre significa “verdad”, por eso huelo tanto a madre». Estamos, por tanto, ante un canto a la vida, donde es imprescindible reconocer la culpa (en el último momento el protagonista confiesa que fue el causante de la herida en su cabeza), enfrentar el mal, y añadir a la estructura del mundo siquiera un solo bloque, pero que la haga mejor. A pesar de todo por lo que tendrá que pasar, lo esencial es, como exclama ella: «Lo maravilloso que será llegar a ser tu madre».