No es común que la política urbanística ocupe la atención de las portadas, las columnas de opinión y las tertulias de la tele. La llamada «ciudad de los 15 minutos», etiqueta política importada en España por Más Madrid, ha desatado furiosas discusiones: para algunos es un inocente intento de aproximar los servicios a los ciudadanos, para otros un peligroso proyecto de control social. Paradójicamente, en otros países el concepto de ciudad de proximidad, densa y caminable, está ligado desde hace tiempo al conservadurismo. ¿Debe tener la derecha un discurso urbanístico propio o basta con oponerse a las ideas del adversario?

A finales de los 80, Le Plessis-Robinson, un pueblo a las afueras de París con poco más de 20.000 residentes, era, resumiendo, un lugar rabiosamente feo. Cuatro décadas de gobierno municipal comunista lo habían convertido en una ciudad dormitorio planificada en cuadrícula, llena de edificios casi idénticos -más de un 70% de vivienda social-, con escasos servicios y sin un centro reconocible, dependiente en todo de la gran urbe. Cuando Philippe Pemezec, un treintañero conservador -entonces gaullista, después cercano a Phillipe de Villiers, en las últimas elecciones avaló a Eric Zemour– ganó las elecciones por la mínima, pocos imaginaban la transformación que iba a experimentar el municipio.

Pezemec contrató a un arquitecto con fama de dinosaurio, Francois Spoerry, para cambiar la estructura urbana. Y vaya cambio. Le Plessis-Robinson transformó las rectas y antipáticas vías asfaltadas, casi autopistas urbanas, en calles estrechas, curvas y amables para el peatón, llenas de fuentes, jardines y adoquines. Se construyeron edificios de corte tradicional, empezaron a florecer los pequeños negocios -tiendas, restaurantes, cines- y mejoró el nivel de renta, sin expulsar a los residentes anteriores. Hoy la ciudad se parece mucho a las viejas ciudades europeas, y quizás por eso es una de las más dinámicas demográficamente de la periferia de París. Este breve documental explica bien uno de los proyectos más sorprendentes del Nuevo Urbanismo en Europa.

Como otros experimentos similares -en esta misma revista hablé de Poundbury, pero hay muchos-, Le Plessis-Robinson nació de la mano de la derecha política y escandalizó una izquierda que hasta hace poco todavía se aferraba a la utopía de Le Corbusier. Durante muchas décadas, de hecho, la tendencia de progreso en las ciudades occidentales fue la segregación de usos. Zonas separadas en las que los habitantes dormían, trabajaban, compraban, se divertían. Las avenidas, calles y bulevares se fueron convirtiendo en grandes arterias para los coches. El modelo denso y de uso mixto que hizo florecer a la ciudad desde la Edad Media se convirtió en un fósil.

La vieja dama del Nuevo Urbanismo

Le Plessis-Robinson

No todos los padres del Nuevo Urbanismo fueron conservadores: en realidad, cuando la corriente nació en los 80, supo aprovechar muchas preocupaciones de la nueva izquierda, empezando por el ecologismo. Pero indudablemente la nueva ola de urbanistas de la proximidad tuvo un carácter reaccionario, opuesto a las ideas utópicas de posguerra que habían fracasado después de décadas de intentos.

En un interesante artículo en The American Conservative -publicación, por cierto, que cuenta con una excelente sección sobre planificación urbana-, James Howard Kunstler resume bien lo rompedor del movimiento. «Diseñaron nuevos proyectos de ciudades y barrios, desarrollaron ingeniosas regulaciones para reemplazar las estúpidas reglas de zonificación de único uso que habían destruido gran parte del territorio estadounidense», explica, «y abrieron el camino para revivir los cascos antiguos de prácticamente todos los pueblos y ciudades del país que todavía tenían pulso». Un soplo de aire fresco anclado en la tradición.

Si hay que elegir a un personaje para condensar el aliento del Nuevo Urbanismo, hablemos de su gran precursora, Jane Jacobs. Anticomunista declarada, pero opositora a la Guerra de Vietnam, fue una hater de Le Corbusier y luchó contra la renovación urbana de Nueva York impulsada por los alcaldes del Partido Demócrata -en 1968 llegó a ser arrestada por su activismo contra la destrucción de Greenwich Village. Su legado más perecedero fueron sus intuiciones teóricas, condensadas en Muerte y vida de las grandes ciudades (en España lo ha editado hace poco Capitán Swing). Su tesis: el modelo de los suburbios infinitos, los centros comerciales y los scalextrics no era orgánico, sino fruto de una peligrosa planificación centralizada. Su propuesta: una vuelta a los barrios densos, diversos y dinámicos.

El cuarto de hora de la discordia

Paradójicamente, hoy la izquierda parece haber abrazado algunos principios de Jacobs y del Nuevo Urbanismo. Hace pocos años, el colombiano Carlos Moreno, asesor de la Alcaldía de París, acuñó el término de Ciudad de los 15 minutos para aludir a un modelo urbano en el que cada habitante tiene cerca, idealmente a un cuarto de hora a pie o en bici, todos los servicios que necesita a diario: tiendas, colegios, centros médicos, etc. La idea, con distintas denominaciones, se ha ido extendiendo por otras grandes ciudades de Occidente. La reacción ha sido feroz.

Uno de los críticos más articulados de la idea de Moreno en nuestro país es Miguel Ángel Quintana Paz. En una amplia entrevista en Infocatólica con Javier Navascués, relaciona el concepto con las delirantes, y todavía frescas, restricciones del Covid. Según su visión, «este eslogan esconde una realidad menos benévola: un intento de restringir la libertad de desplazamiento de los ciudadanos. Las ciudades de 15 minutos en realidad deberían llamarse las ciudades de solo 15 minutos. Es decir, ciudades donde si quieres moverte fuera de tu barrio o ir más allá del perímetro que puedas hacer caminando, arrostres serias dificultades». En un interesante debate en Twitter, la escritora Estrella Fernández-Martos se explicaba en la misma línea: «Ya nos han hecho demasiadas como para pensar que esta vez, justo esta vez, están buscando el bien del ciudadano».

Es innegable que algunos defensores de la ciudad de los 15 minutos postulan también en su programa serias limitaciones a la libertad individual, pero no acabo de ver la relación entre ambas cosas. Defender una planificación urbana que prime el uso mixto y la escala humana -es decir, volver al modelo de ciudad orgánico y tradicional- no es incompatible con oponerse a las normas restrictivas para el ciudadano. Cuestión distinta es que la idea de Moreno se haya cargado de elementos ajenos o incluso contradictorios, o que sus ejecutores no hayan logrado, en la práctica, construir barrios más vivibles.

Scruton vs. Moreno

Hay otros referentes, claro. Puestos a buscar un pensador de cabecera para una ciudad, a mí me gusta más Sir Roger Scruton que Moreno (aquí mismo, en Centinela, Eduardo Fernández Luiña contó cómo las ideas del británico han influido en el renacimiento urbano de Budapest). Su principal diferente: el sentido de la belleza que recorre toda la obra del primero.

Sin salirnos de Inglaterra, Create Streets es una fundación empeñada en mejorar las ciudades desde su unidad básica: la calle. «Nuestro objetivo», dicen en su presentación, «es facilitar la creación de lugares bellos, sostenibles, prósperos, económica y socialmente exitosos, con apoyo local fuerte y que puedan ser amados por sus residentes por varias generaciones». Creado en 2012 por el tory Nicholas Boys Smith, el proyecto busca influir en la sociedad y en los gobernantes para mejorar el diseño urbano, ampliar los espacios disfrutables por el peatón y mejorar la estética de los edificios.

Hay mucho espacio para matizar, discutir y rebatir. El problema es que ese debate de fondo apenas se ha dado, en parte porque nuestra derecha de nuestro país no tiene un discurso urbanístico propio, y limitarse a responder a las ideas del adversario tiene el riesgo de verte atrapado en un modelo que no es el tuyo. La alternativa no es la no-planificación, no solo porque esa es una competencia irrenunciable de los gobiernos municipales, seguramente la principal, sino porque, como mostró Jane Jacobs, el modelo de posguerra tiene poco de espontáneo. El debate no es si planificamos la ciudad o no, sino cómo planificamos, con qué objetivos y con qué métodos.

Belleza, límites, fronteras y comunidades

El Tenerife de Krier

Como enseñan Kirk o el propio Scruton, muchos principios conservadores -la importancia de la belleza en la vida cotidiana, lo saludable de las diferencias, la necesidad de límites y fronteras o la importancia de las comunidades sólidas- tienen su expresión más clara en la forma de pensar y construir nuestras ciudades y pueblos. La ciudad de los 15 minutos, aun con sus contradicciones y defectos, se parece mucho más a la idea de un conservador que lo que postulaba la izquierda hace pocas décadas. ¿Hay algo de malo en alegrarse del giro del adversario cuando se aproxima a tus propios postulados?

No digo que haya que comprar en bloque las propuestas de moda -las zonas de bajas emisiones, tan dañinas para las clases medias, o la eclosión de carriles bici poco operativos, por ejemplo-, pero resulta sorprendente que alguien amigo de la tradición se sienta más cómodo con el modelo de las urbanizaciones-dormitorio, las rotondas desiertas y los inmensos centros comerciales que con el esquema tradicional de ciudad, que España, por cierto, exportó con éxito a toda la Iberosfera.

Si bien nuestro país no tiene un Le Plessis-Robinson o un Poundury -¿sabían, sin embargo, que Leon Krier, otro de los padres del Nuevo Urbanismo, diseñó en los 80 un ambicioso proyecto para Tenerife?-, está lleno de ejemplos de vecindarios caminables, densos y de escala humana en los que podemos inspirarnos, desde las ciudades de provincias a las colonias de principios del siglo pasado en Madrid. Lo que no vale es rehuir el tema ni despacharlo con un par de bromas, porque el debate, adelanto, va a durar mucho más de 15 minutos.